Paternidad
José Elías Sahab

De todo y de nada

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La pequeña niña lo vio, impresionada de su tamaño, de su talento para trepar árboles y de su sensibilidad para convencer al gato de que bajara de esa última rama a la que se había trepado.

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#Paternidad

La pequeña niña lo vio, impresionada de su tamaño, de su talento para trepar árboles y de su sensibilidad para convencer al gato de que bajara de esa última rama a la que se había trepado. Su héroe, una vez más, había resuelto el problema. Esta vez no directamente de ella sino de su inseparable gato. “Cuando sea grande me casaré con él” ―pensaba la pequeña niña de no más de 6 años, porque además de ser su héroe, era el hombre más guapo que existía sobre la faz de la tierra―. Al tomar su gran mano para regresar a la casa, la pequeña niña se sintió la más feliz, poderosa y emocionada, porque regresaba con su gran amor, su gran héroe, que siempre le resolvía todo. Ya dentro de la casa su madre la mandaría a bañarse y ella se iría un poco triste, porque como cada lunes, su héroe tendría que atender otras llamadas de emergencia y estaría más ocupado que los fines de semana en los que prácticamente lo tenía para ella solita.

 

La pequeña niña ahora tenía 12 años, su héroe ya no aparecía tanto como tal, pero le caía bien. Ya no se casaría con él cuando fuera grande porque era el esposo de su mamá, y además de que estaba un poco gordito, a ella le gustaba un niño de primero de secundaria y se emocionaba porque pronto se graduaría y podría verlo en los descansos. A su héroe de la infancia lo seguía viendo grande y le emocionaba que la acompañara a su graduación de sexto, pero ahora platicaba más con su madre. Eso sí, a él se le llenaron los ojos de lágrimas cuando la vio con el elegante vestido, lista para ir a su graduación.

 

Cuando aquella pequeña niña cumplió 18 le preguntó al ahora ex-héroe, o más bien al anti-héroe, ¿por qué ahora tenía que considerarse adulto? ¿Por qué debía sacar la credencial de elector? Y ¿por qué él nunca entendía lo que ella estaba sintiendo? Por su parte, al paso de los años, él la seguía queriendo igual… ¡pero no le entendía nada! Trataba de estar cerca y ella lo alucinaba. Lo bueno es que no solo a él, también a su esposa. Pero, pacientemente, él aguantaba y nunca cejaba en sus intentos de entenderla, o por lo menos trataba de hacerse presente para no convertirse en un extraño. En su graduación de preparatoria, ella le agradeció que nunca se hubiera alejado, porque ella lo necesitaba. Luego medio reculó para decirle “¿Qué cursi no?”. Él entendió que, aunque parecía que hablaban otro idioma, por lo menos hablaban; y eso hizo que no se cortara la comunicación.

 

La pequeña niña cumplió 24 y ya habían pasado buenos años que le habían hecho ver que los idiomas de ella y de su nuevo amigo dejaron de ser tan adversos. Los temas universitarios, de desarrollo profesional y de fijar objetivos claros, que en años anteriores fueron motivo de discrepancias y enojos, ahora no sólo eran líneas de lenguaje comunes sino que los habían acercado. El shock vino cuando ella se despidió para vivir sola, ahora sí, no de forma temporal sino permanente. Él estaba muy triste pero a la vez orgulloso de cuánto, su pequeña, se había desarrollado en el ámbito personal. Al despedirse, el abrazo fue muy prolongado, y aunque los nudos en la garganta les impidieron cruzar palabra alguna, los dos repasaron mentalmente los miles de consejos que aquel héroe, anti-héroe y ahora nuevo amigo, había externado cuando así lo consideró conveniente.

 

Una vez que la pequeña llegó a la edad de 30 años, habló con su padre para decirle que sería un honor que la entregara en el altar. Que el hombre de su vida estaba listo para casarse con ella. “¿Qué no era yo el hombre de su vida?” ―se preguntaba el padre mientras recordaba a aquella niña a la que tomó de la manita para entrar desde el jardín hacia la casa, el día en que salvó a su gato―. Esos 30 años le parecieron un suspiro.

 

Vivamos intensamente la paternidad. Gocémosla y sufrámosla a cada momento, con amor y responsabilidad. En la calidad del tiempo que les demos estará la calidad de hijos que tendremos.

 

¡Muchas felicidades!

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Laura Montes de Oca
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( Palabras)

Para todos los varones que, transformando su masculinidad
frente al reto que nos presenta la actual pandemia,
asumen nuevos roles en su paternidad confinada.

La crisis sanitaria que padecemos ha modificado la vida de las familias en el mundo. La cuarentena vivida en varios países ha hecho que padres, madres e hijos se mantengan dentro de casa. Esto ha repercutido en la transformación de roles en el núcleo doméstico. En una contribución anterior a esta columna comentaba cómo las madres trabajadoras, además de su jornada laboral fuera o desde casa, deben hacerse cargo del trabajo doméstico, así como de la crianza y enseñanza de los pequeños que no van a la escuela.

En mayor o menor medida, estos cambios también han impactado la vida de los padres. En esta ocasión, y como parte de la celebración del día del padre, quisiera hacer una reflexión sobre el ser padre durante la crisis sanitaria y lo que esto significa para la masculinidad. Mi reflexión se basa en lo que he visto, vivido y oído en mi cotidianidad confinada.

Transformación de la masculinidad

Un padre, producto de la crisis económica generada por la pandemia, se ha quedado sin empleo. Desde hace unas semanas él y su hija de tres años dependen del ingreso de la esposa, quien tiene que trabajar desde casa. Ella debe atender múltiples reuniones virtuales y preparar documentos de trabajo para ser discutidos con sus colegas y jefes. Tiene poco tiempo para cocinar, limpiar y cuidar a su hija. Entonces él es quien debe cubrir estas responsabilidades. Ante la falta de apoyo externo, el padre debe levantar a la niña, hacerle el desayuno, prepararla para que tenga su clase virtual, jugar con ella, hacer la comida para los tres. Después de comer, nuevamente, debe entretener a la pequeña debido a que la mamá tiene que seguir con su jornada de trabajo hasta las seis de la tarde.

paternidad durante la pandemia
Ilustración: Janna Morton.

Otro padre tiene que modificar su dinámica de trabajo para ayudar a su esposa en la crianza y el cuidado de los dos pequeños que tienen, un recién nacido y una niña de dos años. Él ya no tiene tiempo para hacer ejercicio, leer el periódico o hacer una jornada laboral de ocho horas. Ahora debe sortear el trabajo no asalariado con su trabajo asalariado. Papá y mamá intercambian días y horas, entre el cuidado de los niños y el trabajo de ambos. La madre también trabaja desde casa o, al menos, eso intenta. Un par de horas, por el día o la tarde, él cuida a los niños mientras la mamá trabaja. A la hora de comer él alimenta a la niña mientras la mamá hace lo propio con el más pequeño. En la noche él se encarga de dormir a la pequeña mientras la mamá se ocupa del bebé.

En otra familia, ambos padres han quedado desempleados por la crisis generada a causa de la pandemia. Mientras la madre se encarga del cuidado y la crianza de sus dos hijos, un niño de cinco y una niña de dos, el papá ha estado buscando opciones para generar ingresos. Es buen cocinero, así es que se ha lanzado a hacer conservas y encurtidos para ofrecer en el vecindario. Parece que la estrategia económica está resultando exitosa, ya tiene los primeros pedidos.

Una escena más nos muestra una familia donde el otrora padre ausente ahora está, al menos físicamente, presente en el hogar. En esa familia el padre diario salía a trabajar desde temprano, regresando a altas horas de la noche, por lo que sólo interactuaba con sus dos hijos –uno de seis y uno de tres– los fines de semana. No obstante, ahora, con el confinamiento social, este padre debe trabajar desde casa. Esto ha hecho que su rutina se transforme. Si antes consumía tres o cuatro horas en total para trasladarse a su oficina, ahora ocupa ese tiempo para convivir con sus dos hijos. Asimismo, ahora él desayuna, come y cena con ellos y su esposa. Esto, sin duda, ha transformado su rutina, sus hábitos, sus gustos y disgustos. El padre ausente se ha vuelto un padre presente. Si antes era fácil “escapar” de su dinámica familiar con el trabajo, ahora no hay pretexto para no convivir con sus hijos.

Estas ilustraciones de la vida cotidiana nos muestran cómo se modifica la masculinidad de éstos y otros tantos padres en México y el mundo. Debido a que los que aquí retrato son hombres de entre 40 y 50 años, ellos no fueron educados para cuidar y criar niños. Lamentablemente, los tradicionales roles de género aún marcaron su masculinidad: no jugaron nunca con muñecas, pero ahora deben hacerlo para entretener a sus hijas; y, además, deben asumir las tareas de cuidado y crianza que a las niñas se les suele inculcar desde pequeñas. Para ellos, sin duda, es un reto no menor. Su masculinidad se ve comprometida, amenazada… pero están aprendiendo a que siguen siendo “igual de hombres” si no son ellos los proveedores del hogar, si son ellos los que deben cuidar a los hijos, si son ellos los que han de cambiar pañales, si son ellos los que deben jugar a las muñecas.

paternidad
Ilustración: Sua Balac.

Obviamente estas situaciones dejan fuera aquellas familias donde, lamentablemente, los varones no están interesados en transformar su masculinidad para asumir nuevos roles de paternidad. Ahí están los miles de varones que se tornan en una amenaza para las esposas, los hijos y demás familiares que comparten el hogar. Frente al estrés que puede traer el confinamiento, así como al mal manejo de las emociones, estos varones son el enemigo en casa. De ahí que en esta cuarentena hemos visto de manera alarmante la forma en que, en México y América Latina, han crecido las denuncias por violencia intrafamiliar.

Criando nuevas masculinidades

En suma, estas experiencias nos deben dejar una lección para quienes ahora estamos criando hijos e hijas. No podemos seguir reproduciendo estereotipos de género donde los varones no se hagan cargo de labores domésticas, de la crianza de los niños o el cuidado de adultos mayores y enfermos. No podemos seguir pretendiendo que éstas son labores exclusivamente de las mujeres. Además, debemos trabajar con las emociones de nuestros hijos varones a fin de que en un futuro puedan controlar sus miedos, enojos, angustias. Crisis como la que estamos viviendo nos muestran cuán vulnerable somos como especie. La separación de roles y el encapsulamiento de las emociones no nos sirve cuando nos vemos amenazados por situaciones de riesgo y vulnerabilidad como la actual.

No podría asegurar que los padres que ahora están asumiendo estas labores las disfruten. Lo que debemos asegurar para el futuro es que los varones estén preparados para disfrutar tanto el cuidado de los niños como el trabajo en una oficina. Tendremos que enseñar a nuestros hijos e hijas el valor de ambas tareas: aquellas que se hacen fuera de la casa y aquellas que se hacen dentro. No podemos seguir descalificando el trabajo doméstico –aquel que incluye mantener una casa en orden y también el que se hace con la crianza y cuidado de hijos y otros familiares– a expensas del trabajo profesional o de algún otro oficio extradoméstico. Tenemos que inculcar en las niñas y los niños el valor que tienen ambos esfuerzos.

De esta forma estaremos criando mujeres y hombres más plenos, más completos, capaces de afrontar crisis como la que vivimos.


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La pluma ecléctica


( Palabras)

Ethan y Aiden (Dvash-Banks) son dos hermanitos nacidos en Canadá mediante el procedimiento de gestación sustituta (conocido comúnmente como maternidad subrogada). Canadá tiene varios años que reguló y permitió el que una mujer facilitara el vientre a terceros para gestar un hijo.

Ethan y Aiden son hijos de una pareja conformada por dos varones, uno de ellos con la doble nacionalidad canadiense-estadounidense, Andrew Mason Dvash-Banks, y el otro de nacionalidad israelí, Elad Dvash-Banks, ambos casados legalmente en Canadá.

En este contexto, Andrew y Elad consiguieron que una mujer canadiense les donara sus óvulos, con los que generaron dos embriones, uno con la carga genética de Andrew y otro con la carga genética de Elad, embriones que fueron implantados en una tercera mujer que prestó su vientre para gestarlos. El procedimiento fue un éxito y de el mismo nacieron Ethan Jacob y Aiden James.

Desde la perspectiva de la legislación canadiense, los dos niños son hijos de ambos progenitores, sin embargo, tal parece que desde la perspectiva de la legislación estadounidense las cosas no son iguales.

Familia Dvash-Banks
Familia Dvash-Banks (Fotografía: Jewish Journal).

Cuando Andrew Mason y Elad pretendieron mudarse a Estados Unidos, el primero de ellos como ciudadano americano, acudió ante las autoridades consulares a fin de solicitar el pasaporte de los dos menores, sin embargo, las autoridades norteamericanas se lo negaron.

La pareja argumentaba que ambos hijos debían tener la nacionalidad estadounidense, en la medida en que Andrew es un ciudadano americano y padre de ambos hijos.

Sin embargo, el departamento de estado de Estados Unidos ordenó pruebas de ADN y determinó que únicamente Aiden podía ser considerado como ciudadano americano, ya que las pruebas genéticas determinaban su vinculación biológica con Andrew y que Ethan no podía ser considerado como ciudadano americano, debido a que las mismas pruebas genéticas demostraban que él provenía de un ciudadano israelí.

El caso se judicializó y en una primera instancia Andrew Mason y Elan ganaron la batalla, los argumentos del juez del caso fueron, en general, los siguientes:

a) Andrew es un ciudadano estadounidense nacido en Estados Unidos y físicamente presente en este país por un período de 24 años, a partir del momento en que nació en California en 1981, y hasta el momento en que se mudó a Israel en 2005.
b) Andrew y Elad están legalmente casados entre sí en Canadá desde el 19 de agosto de 2010 y se han mantenido unidos desde esa fecha.
c) Sus hijos, Aiden y Ethan, nacieron el 16 de septiembre de 2016 en Mississauga, Canadá, y nacieron durante el matrimonio de Andrew y Elad.
d) Andrew y Elad son los padres de Ethan. De acuerdo al certificado de nacimiento y ambos son reconocidos como sus padres bajo la ley canadiense.
e) La Sección 301(g) de la INA (Immigration and Nationality Act) es aplicable a la reclamación de ciudadanía en favor de Ethan, ya que éste es hijo de padres que se encontraban legalmente casados entre sí, en el momento de su nacimiento, y uno de los padres de Ethan es ciudadano estadounidense.
f) El artículo 309(a) de la INA es inaplicable a la solicitud de ciudadanía de Ethan porque es hijo de padres casados, y por lo tanto no es un hijo nacido fuera del matrimonio.

Bioetica.
Ilustración: Nexos.

Aquí la sentencia original.

La reflexión en todo caso sigue siendo la siguiente: en casos como éste (independientemente de si se trata de una pareja homosexual o heterosexual) qué es lo que debe primar, ¿únicamente el aspecto biológico, o la voluntad e intención de ser padre? (O madre, ya que ha habido casos similares en donde las protagonistas son mujeres).

Resulta obligado preguntarnos también, ¿cuáles deberán ser las “nuevas” reglas que rijan las relaciones parentales?, porque es evidente que las actuales resultan insuficientes.

La donante de los óvulos (que es biológicamente progenitora también), ¿puede renunciar a sus derechos –si es que los hay– de maternidad?

Y, en términos jurídicos, qué papel juega la gestante, ¿acaso ella también tiene algún derecho filiatorio respecto de los menores?

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