La ilusión del cambio y crecimiento, que no es
José Elías Sahab

De todo y de nada

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A la larga nadie sobrevive con eso porque nadie come, ni crece con política e ilusiones.

Lectura: ( Palabras)


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#IlusiónDelCambio

El 2018 vislumbraba el inicio de un gobierno muy distinto a los que se habían tenido en los últimos treinta años. La gente que votó por López Obrador tenía la ilusión de que cambiaría todo para bien. Ellos sentían que ahora el país, con un nuevo gobierno, sería más próspero, más igualitario y más fuerte. Todo esto, consecuencia de las buenas políticas públicas que implementaría el nuevo gobierno encabezado por el nuevo presidente, quien en campaña prometió que acabaría con la corrupción, con la inseguridad y que pondría a México en el liderazgo que se merecía. El augurio era crecer rápidamente, no a la mediocridad del 2% que era más o menos el promedio de crecimiento que se había dado en los últimos 30 años. Nada cerca de eso. Se prometía que para el tercer año ya estaríamos creciendo a tasas del 5 y 6%. Los mexicanos estaríamos en paz y felices. Se acabarían las élites políticas, empresariales y sindicales. Bueno, hasta recuerdo que el nuevo presidente llegó a equiparar su modelo político, económico y social con los de los países nórdicos de Europa, como Suecia, Noruega o Dinamarca. ¡Así sería México!

El 2019 no pudo ser más distinto a lo que auguró el nuevo presidente. Por primera vez en diez años, el Producto Interno Bruto sufrió una caída. Esta fue de entre -0.2% y -0.3% (dependiendo quién daba las cifras) en comparación con lo reportado el año anterior. No fue un año de pandemia, no hubo un solo caso de COVID; simplemente, en el primer año de gobierno, se tomaron decisiones que generaron desconfianza entre los dueños de los dineros que, aquí y en China, son quienes arriesgan, invierten, generan empresa y por ende, empleos. Es decir, son los que mueven la economía de los países. A menor confianza, menor inversión, menor creación de empleos, menor capacidad que tiene el ciudadano para gastar, menor consumo y, consecuentemente, una economía estancada. Esa desconfianza genera ruido y el ruido es sinónimo de distorsión, de poco orden, de río revuelto y es caldo de cultivo para que haya más inseguridad, más corrupción y más abusos. Todo esto sucedió en el 2019 y las consecuencias se siguen viviendo al día de hoy.

2020 inició preocupante, pero la gente que todavía seguía ilusionada justificaba el decrecimiento de la economía a los malos manejos de los anteriores gobernantes (el nuevo gobierno fue muy efectivo en taladrar en la mente del ciudadano que los problemas que tenía el país no eran su culpa) y además entendía que el primer año siempre es difícil para un nuevo gobierno. Luego, en marzo, llega la pandemia y el presidente descansó. Palabras más o palabras menos dijo que le venía como anillo al dedo. Me imagino al hombre sentado en Palacio Nacional, respirando profundo y sintiéndose tranquilo de justificar cualquier problema que pudiera surgir, o el poco crecimiento que se pudiera tener, debido a la pandemia. Dicho y hecho, 2020 fue un desastre en crecimiento económico. -8.2% en comparación con el año anterior, y no olvidemos que ya habíamos decrecido. La justificación de que en todo el mundo había estado la cosa igual y que todas las economías habían decrecido, sumada a una fuerte campaña de comunicación por parte del presidente, avivó la ilusión de sus seguidores; a tal grado que al año siguiente, su base de seguidores –para asombro de muchos otros, la mayoría de clase media  que ya habían visto deterioradas sus finanzas, perdido sus empleos o sacado a sus hijos de las escuelas porque de plano no les alcanzaba– le dio un nuevo voto de confianza en las urnas, en las elecciones intermedias.

2021 era año de política. Nada le gustaba más al gobernante que la política. En su forma de ver las cosas, todo se resolvía y se resuelve con política, incluso la economía (tristemente); y por eso, ese año, por lo menos el primer semestre, sería en los terrenos del mandatario. La ilusión de muchos siguió y no importaba si se mataban candidatos, si la inseguridad crecía de forma rampante o si no tenían mejores condiciones de vida, eso no importaba porque todos los días, el presidente se encargaba de decirles que ese no era problema ni de él, ni de este gobierno. Eso era heredado por los gobiernos anteriores o inventado por sus adversarios que lo calumniaban. Sus seguidores pensaban que el cambio vendría y con esa ilusión fueron a votar. El resultado no fue muy distinto a lo que se tuvo en 2018 y la composición política del país se quedó más o menos igual, aunque con más gobernadores del nuevo régimen y una menor fuerza para el grupo en el poder, en la Ciudad de México. La Cámara de Diputados siguió con una mayoría relativa del partido gobernante. La ilusión del cambio persistía entonces.

El efecto devastador de la pandemia en 2020 no fue similar en 2021 y para el final de año, la mayoría de las economías del mundo habían crecido de una forma significativa en comparación con el año anterior. Al menos nuestro país debía crecer arriba del 5.5% o más para compensar la super caída del año anterior. Todas las estimaciones pronosticadas fueron mayores a lo que realmente crecerá el PIB. Ya pronto lo sabremos, pero con la caída del cuarto trimestre del año de -0.1%, creo que apenas estaremos llegando al 5%, si acaso.

Empezamos 2022 con menos ilusiones. Hay un dicho popular que dice que “primero comer, que ser cristiano”. La ilusión se termina si no puedo poner alimento en la mesa, si soy más pobre que antes, si mis opciones son menores y si me siento más desprotegido. Hoy no hay cambio y no hay crecimiento; y si el gobierno no lo entiende, está destinado al fracaso. La economía debe ser la más importante de las prioridades, si no se recompone, todo lo demás se deteriorará aun más.

Sin una economía fuerte, no hay programas sociales o asistencialistas que aguanten, no hay reconstrucción del tejido social, no hay ingresos tributarios suficientes para los programas que deba llevar a cabo el gobierno, en fin, sin una economía fuerte no hay nada, solo la política y las ilusiones. A la larga nadie sobrevive con eso porque nadie come, ni crece con política e ilusiones.

-3.4% es el decrecimiento real que va en el sexenio. Suficiente dato para dar un giro de 180 grados en la forma de gobernar en este país de ilusionados por el cambio y crecimiento, que no es.

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