No más alto que los zopilotes
Sara Baz

La deriva de los tiempos

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¿Estamos condenados al autoritarismo, al teatro de pésima calidad y a la ficción estúpida?

Ilustración: Alejandro Medina.
Ilustración: Alejandro Medina.

Lectura: ( Palabras)

Me preocupa tanto la situación de mi país, que no sé por dónde abordarla. Reflexiono en torno a algunas líneas publicadas en El colmillo público, en octubre de 1903, en donde aparece un breve relato, que no voy a contextualizar por falta de espacio (“Yo quiero ser diputado”).

Don Anacleto llegó a la estación de San Lázaro, una de esas mañanas de esos albores del siglo XX. Quería ser diputado. ¿Por el bien común? ¿Por hacerle un bien al país? Lo dudo. El texto dice al inicio: «Y bien, Anacleto, tú ya sabes leer en carta y contar, aunque sea con ayuda de los diez mandamientos de arriba y los otros diez de abajo; sabes hablar con el señor cura que nos acaba de venir de España y con el señor “Prefeito”, que nos acaban de mandar de Oaxaca. Ya puedes, pues, soltar el azadón, pelarte la chamarra y el jorongo y largarte á ese México tan hermoso, haciendo la lucha, como aquí la hace el señor Alcalde con el señor Gobernador, para colarte en la Cámara de Diputados…» Y así llegó a la Ciudad de México, sin una maldita idea de lo que era la política, idea que se formó en cinco minutos de conversación con algún metiche que le hizo plática y le dijo que había que allegarse a los que ya estaban allegados.

no mas alto que los zopilotes
Ilustración: Darío Castillejos.

Anacleto –quien compartió un cigarro de hoja de maíz con su interlocutor– quería y se sentía capaz de trascender una condición campesina de pobreza, de marginalidad y de medianía. «¿Pues de dónde viene usté? Uno que quiere ser presidente», le dijo el más experimentado; quien instruyó rápidamente a Anacleto en las artes de «pegarse primer a un candidato a la presidencia» y quien ostenta un conocimiento cosmopolita, que no mella la actitud de nuestro protagonista, mismo que se asume como «conservador». ¿Suena?

A ver: no voy a decir nada nuevo. Pero me martiriza cotidianamente el hecho de escuchar (sin atención, porque no la merece, ni de refilón), fragmentos de los discursos de López Obrador en las consabidas «mañaneras». Ya lo dijo Soledad Loaeza: el estatismo fue una línea de fractura decisiva cuando se construyeron las identidades nacionales. Eso duró mucho tiempo, algo así como siglo y medio, en diferentes regiones del planeta, sobre todo, en el mundo occidentalizado (“Izquierda y derecha en el México de hoy”, Nexos, 1 de enero de 2020). Hace varios sexenios que deploramos el desmoronamiento de un Estado. Del Estado. Y que denunciamos –sin hacer nada más– el papel de saltamontes de aquellos que, al parecer, sirven para la Secretaría de Salud en un periodo, tanto como para la de Energía en el otro; es decir, el de los muchos que buscan reconocimiento político de aquellos a quienes se allegan, como para servirles un puesto de escaño para llegar a otro y no dejar la administración pública federal o local.

Los principios que, de inicio, parece que invaden a todos los que tienen las patotas bien listas para saltar, son morales. La moralidad es un terreno peligroso. En 1734, el Diccionario de Autoridades define moral como «Facultad que trata de las acciones humanas, en orden a lo lícito o ilícito de ellas.» (Aut. Sub voce,). La moralidad es, paradójicamente, lo que ha ostentado y lo que le ha faltado al subsecretario López-Gatell… y qué decir del que ostenta fallidamente el título de presidente de la República, pues no admite acomodo para perfilar el salto al siguiente escaño.

salto de escalño
Ilustración: Darío Castillejos.

Una estrategia tildada de “conservadora” es el esgrimir la moral ante todo. ¿Les suena? López Obrador ha hecho del concepto de moralidad lo que ha querido. Ni mencionar ya el manido episodio de la Cartilla de Alfonso Reyes. Pero no puede haber licitud en el acto de voltear la mirada a la miseria de un pueblo, cuando se ostenta el título de presidente. No la puede haber en el acto de falsear cifras ante la opinión pública, nacional e internacional, ni ante el hecho de fingir que los resultados funestos de una pandemia han terminado en el país. No puede ser moral un discurso divisorio, contradictorio y entimemático basado en dichos populares, porque conlleva la simpatía del “pueblo”, mientras se expone a ese “pueblo” a su propia extinción por negligencia, ignorancia y mala entraña. Si Anacleto quería ser «diputao»; López Obrador aspira a ser un dirigente «moral» sin una directriz más que su afán de poder y dando la espalda a quienes tienen una trayectoria profesional –que no política– y que han desoído a sus propias voces interiores por el ruido que hacen los gritos de la voz más estridente de un interés político.

Frente a una pandemia y a la situación económica, política y social que conlleva, no hay «liberales y conservadores». No debería haber opositores ni «adversarios», pues un gobernante, con toda la altura moral que eso implica, ve por el bien común y no por sus intereses políticos.

Soledad Loaeza argumentaba: «[…] el referente central de la oposición izquierda-derecha ya no era el estado de la Revolución mexicana, sino la democracia pluralista, los derechos ciudadanos y el freno al poder presidencial. Hoy, la división izquierda-derecha nace de la poderosa fractura que opone a quienes defienden el hiperpresidencialismo en construcción, que es la esencia del proyecto de Andrés Manuel López Obrador, y quienes se aferran a los principios del equilibrio de poderes y a las instituciones que fueron diseñadas para acotar el poder presidencial.» (“Como anillo al dedo”, abril 3 de 2020).

no mas alto que los zopilotes
Ilustración: Víctor Solís.

Recientemente, 30 intelectuales firmaron una escueta carta, titulada “Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia”, que buscaba atraer la atención del presidente (y bien que la atrajo) y demandarle recobrar el pluralismo político que, si bien, en sexenios anteriores tampoco era artículo del cual enorgullecerse, en este momento está absolutamente soterrado por las pretensiones de un Anacleto de nuestros tiempos. Lo cierto: el gobierno de López Obrador está deteriorando a pasos acelerados las instituciones. Tal vez lo más desastroso (y el desmantelamiento institucional ya lo es bastante) es la insensibilidad, como decía líneas arriba, a la situación de la población. No de gratis el presidente municipal de Motul lanzó su video, del cual, rescato la frase “Nos está llevando la chingada”.

¿Más claro, Anacleto? Las esferas científicas, artísticas, culturales no tienen esperanza contigo. «¿No hay tantos figurines y figurones en la arena política? ¿Pos por qué no ha de figurar él?», preguntaba el cándido Anacleto a su interlocutor. Claramente más experimentado, él le respondió: «Pero nada más como el “Vulcano” de trapo, sin poder volar más alto que los zopilotes». ¿De veras, no se puede aspirar a más? ¿Estamos condenados al autoritarismo, al teatro de pésima calidad y a la ficción estúpida? Para mi gusto, la demanda intelectual (la cual suscribo) se quedó corta al encerrarse en el peligro que representa la presente administración de hacer retroceder los avances democráticos. Por supuesto que es indispensable recuperar el pluralismo político más allá de la división pueril, que es lo que le funciona a López Obrador. No podemos conformarnos con la victoria pírrica que representan los benditos corajes de nuestro Anacleto. Ni tampoco con quienes busquen un proyecto personal fundado en la capacidad elástica de sus patas.


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