Los peligros de la cancelación
Sara Baz

La deriva de los tiempos

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Mediante la llamada cultura de la cancelación se abren espacios para hacer militancia, sobre todo, en redes sociales.

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Lectura: ( Palabras)

¿Qué sucede cuando la intolerancia es tanta que la abanderamos como una buena causa? ¿Cómo podemos dialogar cuando se radicalizan las posiciones y cuando ideologizamos prácticamente cualquier opinión?

Sin duda cuesta mucho trabajo definir una posición personal frente a dilemas morales o tendencias políticas. Parece que el análisis de las consecuencias que conlleva radicalizar es mucho menos frecuente que la defensa a ultranza de una posición; así por ejemplo, en una discusión, es más sencillo atacar con argumentos de persona o desacreditar a quien está enfrente que comprender y aceptar sus enunciados.

En nuestra cultura occidental y en su construcción historiográfica hay muchos componentes que hoy en día consideramos inadmisibles. La Inquisición, la colonización de los siglos XIV al XIX, los separatismos, el apartheid, la discriminación, la tauromaquia en ciertos sectores y por supuesto, extremos como el Holocausto han merecido ríos de tinta y mucha reflexión porque no podemos volver a vivir eso. Porque es inhumano. En Nuestro lado oscuro, Elisabeth Roudinesco elige ejemplos para bordar sobre ellos y hacernos conscientes del horror que puede desencadenar la maldad de ciertos personajes. No sólo eso, hacemos museos (del apartheid, del holocausto…) para ejercitar la memoria y para encontrar mecanismos que nos ayuden a zafarnos de la revictimización.

El malestar que nos producen estos hitos, el que nos produce una aparente caída en picada de la moral por falta de perspectivas de futuro (ya no digamos de teleología) nos sume en la militancia del presentismo… y como la vida es ahora (así lo decía el anuncio de American Express), pues hay que darle con todo a la defensa de nuestras opiniones. ¿Una falsa militancia? Mediante la llamada cultura de la cancelación se abren espacios para hacer militancia, sobre todo, en redes sociales. Pero ¿Y los espacios?

Pueden ser los ya mencionados museos, o los espacios universitarios o culturales en general; después de todo, son espacios que permiten la interacción y el planteamiento curatorial de temas sensibles con sesgos críticos. Cancelar por cancelar, como sucedió con el Negrito bimbo (que terminó convertido en Nito, un hipster con afro) o Aunt Jemima desterrada de su tradicional caja de harina de hot cakes, no conduce a nada. (Perdonen la auto cita, pero ya he escrito sobre esto en https://nierika.ibero.mx/index.php/nierika/article/view/72/166). ¿Por qué cancelar? En 2020 se comenzó a ver cada vez con más frecuencia el término woke.

Nunca fui muy partidaria de su uso. En principio, se toma como un posicionamiento antirracial y contra las injusticias sociales que devienen de la racialización. The wokeness es un despertar a las implicaciones de la construcción narrativa del racismo, del clasismo, etc. Se trata de una posición avalada sobre todo por “good white people”. Es una posición desde una falsa corrección política que brinda el privilegio y, desde mi humilde opinión de académica mexicana que rasca los cincuenta años, es tan estúpido como el sundrying o el coliving.

No es nuevo, no es distinto: es la misma gata revolcada, solo que ahora en una arena de intolerancia extrema hacia posiciones políticas y/o culturales sin hacer el menor esfuerzo por entender su raíz y su vigencia (que no necesariamente su pertinencia). Hacer discursos curatoriales sobre temas “sensibles” como la tauromaquia, la despenalización del aborto, la legalización de las drogas o lo que se les ocurra no debe atentar contra nadie; es decir: se vale plantear discursos polémicos para disentir (no sé si para ensalzar sin crítica). Pero el disenso siempre será agradecido porque produce discusión, reflexión y quizá, entendimiento.

La censura por motivos de posicionamiento político e institucional es bien comprendida pero, ojo, es ceder a la cultura Millennial del wokeness y la cancelación. Si no lo veo, no está y no me molesta. Pero qué fácil, ¿no? Y ¿si se plantea una exposición, una obra de teatro, una clase y sí me molesta? ¿Me atrevo a pensar por qué y a darle espacio a la argumentación del otro? Pienso que como sociedad todavía tenemos mucho que aprender. Que todavía estamos tanto en lo público como en lo privado muy nerviosxs por lo que digan nuestrxs superiores; por lo que implique en términos de imagen pública lo que hacemos.

Los espacios culturales que dan (o deben dar) cabida a los discursos humanistas, sin importar sus fuentes de financiamiento, deberían estas abiertos a contenidos polémicos, plurales y divergentes y más aún, a acoger el diálogo público, la conversación colectiva, la problematización conjunta. La verticalidad (so pretexto de la salud institucional) ya no tiene cabida. Si seguimos alentando lo woke, corremos el riesgo de continuar por un camino complaciente que evita los estallamientos inmediatos pero que impide pensar y comunicarse.

Favorece juventudes frustradas porque no les sale nada a la primera, intolerantes al fracaso y anula posicionamientos institucionales y personales firmes y argumentados. O sea, no llegamos a nada.

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