El loco imaginario
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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“No vengo a visitar a nadie. Vengo a internarme voluntariamente”.

Imagen: Matthieu Bourel.
Imagen: Matthieu Bourel.

Lectura: ( Palabras)

—Buenos días. Dígame, ¿a quién viene a visitar? –dijo la enfermera.

—No vengo a visitar a nadie. Vengo a internarme voluntariamente.

—¿Sabe usted que está en un manicomio?

—Precisamente.

—Entenderá que no podemos aceptar a cualquiera así como así. Tendrá que hablar con la doctora.

—Por supuesto. Ya me esperaba que tendría que pasar algún trámite burocrático.

—Espero que también sea consciente de que, una vez dentro, no es tan fácil salir.

— Lo sé, pero como no quiero salir, eso no me importa. Y antes de que lo pregunte, dispongo de medios sobrados para llevar una vida digna allá afuera, por si piensa que lo hago porque no tengo donde caerme muerto.

—Bueno, siéntese en aquel sillón mientras llamo a la doctora Ortiz.

Para pasar el rato, Rubén cogió una revista médica. Le llamó la atención un artículo de la OMS sobre la prevención de suicidios; una de las mayores causas de muerte no natural en el mundo. Según el artículo, los países debían estudiar los medios empleados por los suicidas para ponerles trabas, ya que, en muchas ocasiones, la decisión era fruto de un calentón mental. La idea era que, al serle más difícil el acto, el suicida recapacitase. O sea, que, según estos expertos, hay que hacer desaparecer la herramienta, llámese insecticida o pastillas, en lugar de abordar las razones del individuo. No soy ningún experto, pero me parece que por ese camino poco haremos, pensó mientras depositaba la revista en la mesilla. Al alzar la mirada, se encontró a su lado a la doctora, que se había acercado sin que él se percatase.

imaginario
Imagen: Guim.

—Rubén Amancio Pradera.

—Soy yo.

—Hágame el favor de acompañarme.

Avanzaron por un pasillo mal iluminado y a medio camino entraron en un despacho amplio con un sofá doble y un sillón a mano izquierda y, al fondo, un escritorio con una silla. Un par de estanterías con libros de psicología en las paredes laterales completaban el mobiliario. Tras entrar, la doctora invitó a Rubén a que sentar se en el sofá mientras que ella hacía lo propio en el sillón.

—Le voy a ser sincero. Desde mi punto de vista profesional, el simple hecho de que quiera ingresar en este centro denota que, en efecto, usted no está en pleno uso de sus facultades mentales– soltó la doctora a bocajarro.

—Me alegro de que coincidamos tan rápido en el diagnóstico– dijo Rubén contento.

— No obstante, como se podría tratar de una broma de mal gusto, tengo que conversar una hora con usted antes de rellenar los formularios de ingreso.

—¡Qué disgusto!

—No se preocupe. Sólo será un ratito y para facilitar las cosas dígame. ¿Por qué cree que debería estar aquí?

—Pues verá, la cuestión es muy sencilla. Desde hace varios años he notado que no comprendo este mundo. Durante mucho tiempo he pensado que los demás eran los equivocados, pero finalmente he llegado a la conclusión de que soy yo el que está apartado de la realidad, y por eso he venido aquí.

—¿Qué es lo que no comprende?

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Imagen: Inci.

—Yo he vivido la mayor parte de mi vida en un sistema en el que se premiaba la fidelidad del trabajador para con su empresa, en el que aspirábamos a salir adelante con lo necesario pero sin grandes pretensiones y esperábamos que nuestros hijos y sobrinos llegasen más lejos. Nunca nos faltaba trabajo y cuidábamos de nuestros mayores. Ahora se nos acusa de desquiciar la economía por el simple hecho de vivir demasiado, tener un trabajo de 800 euros es ganarse la lotería y reina el individualismo en todo el mundo.

—Su mundo tampoco era el edén. Vivían con el temor constante de una guerra atómica y en muchos países había dictaduras genocidas, por no contar con los horrores de la Segunda Guerra Mundial que ocurrió en su infancia.

—Sí, es cierto, todo eso existía pero no imperaba la estupidez como en nuestros días.

—¿A qué se refiere?

—Podría hacer una larga lista. Pero sólo citaré tres ejemplos: antes de la aparición de las redes sociales nadie se habría atrevido a decir que la tierra es plana. Hoy no sólo lo aseveran miles, sino que hasta hacen sus congresos. Lo mismo pasa con las mascarillas desde hace años. Sabemos desde que surgió el COVID y sus derivados, han sido una herramienta muy útil para combatirlo. Pues bien, ¿no hay quienes muy estúpidos siguen haciendo sus manifestaciones sin guardar distancia ni cubrirse la boca? Pero eso no sería nada si no fuera porque estamos corriendo desbocados hacia nuestra propia destrucción, o mejor dicho, la del planeta, y lo único que pensamos es “ya le tocara a otro. Yo voy a librarla.” Y si los que hablaran fueran viejos como yo, aún lo entendería, pese a su egoísmo, pero esa es la forma de hablar de jóvenes de 30 años que tienen hijos y les importa una mierda el futuro de sus vástagos, y además, a qué chingados viene ese afán por competir si al final sólo unos pocos se van a llevar el provecho de ese sudor y por unos cuántos años.

Rubén se detuvo jadeante para tomar aire, pero en lugar de continuar su perorata simplemente agregó:

—En fin, ya ve cómo me pongo sólo pensando en esas cosas. Durante mucho tiempo, pensé que los demás eran los locos, pero he llegado a la conclusión de que el orate soy yo si los demás aceptan este sistema sin rechistar.

La doctora se quedó mirando fijamente a su interlocutor. Él agachó la mirada. Sabía que ella estaba analizando su testimonio para finalmente dictar su sentencia.

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Imagen: Nexos.

—Lo siento, pero no podemos internarlo porque no le guste el mundo tal cual es. Nosotros también tenemos cuotas de rentabilidad y, si nuestros superiores llegan a enterarse de que pacientes sanos ocupan camas sin derecho, nos meteríamos en un serio aprieto.

—Pero estoy dispuesto a pagar mi estancia.

— No se trata de eso, sino de la eficiencia en la gestión.

—Bueno, y yo qué hago entonces.

La doctora volvió a contemplarlo detenidamente. Está claro que a una persona como Rubén sólo le quedaba una solución, y pensaba en comprar una soga, pero no quería ser ella quien lo sentenciase. Había que ganar tiempo y darle una esperanza.

—Hagamos una cosa. Si en un par de años sigue empeñado en ingresar en nuestro centro, venga a visitarme y lo haremos pasar por un caso de demencia senil. Mientras le pido que aguante.

Rubén sopesó los pros y los contras de la propuesta. Finalmente, se levantó y se despidió de ella de forma efusiva, con un fuerte abrazo.

—Hasta dentro de dos años doctora.

“Otro más que no se halla y van 85 en lo que va de año”, pensó la doctora. “En el próximo congreso al que asista pediré que se investigue esta nueva enfermedad”.


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