Practicar la justicia y saber amar
Jutta Battenberg

Espiritualidad Sin Fronteras

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Entre los libros proféticos del judaísmo presentes en el conocido como el Antiguo o Primer Testamento destaca una breve cita que sintetiza el mensaje de la tradición hebrea y cristiana…

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Lectura: ( Palabras)

Entre los libros proféticos del judaísmo presentes en el conocido como el Antiguo o Primer Testamento destaca una breve cita que sintetiza el mensaje de la tradición hebrea y cristiana: “Ya se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan sólo que practiques la justicia, que sepas amar y te portes humildemente con tu Dios” (Mi 6,8).[1]

En efecto, la reflexión y la comprensión de este versículo da una orientación clara para cualquier persona que verdaderamente desee orientar su espiritualidad judía o cristiana hacia su fe y al mismo tiempo es una aportación pertinente para quien busca dirigir su existencia hacia la luz.

La palabra exigencia, que suele generar rechazo, subraya el aspecto ineludible de las tres propuestas a seguir. Simples, sencillas, fáciles de recordar, pero que necesitan ser profundizadas para dar cumplimiento con ellas.

Practicar la justicia

Generalmente esta palabra se entiende en términos legalistas y de castigo, es decir, aquella pena que se tiene que cumplir por haber incurrido en alguna falta o delito. Frente a esta circunstancia se es implacable, y por ello, se entiende en Dios la misma dimensión. Sin embargo, en sentido bíblico tiene otra acepción: la de orientar la propia vida en la dirección correcta. Es decir, en hacer por los demás lo que en justicia merecen, es ver por aquellos que quedan en condiciones precarias: la viuda, el huérfano y el extranjero. Esto hoy en día implica estar consciente, atento y presente en todo momento de la existencia para entregar al entorno y a los demás aquello que requieren para su plenitud y humanización.

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Saber amar

Es un segundo precepto que suele interpretarse en un sentido de afinidad, de agrado y de sentimiento. Como capacidad proveniente de Dios corresponde a la capacidad de reconocer, aceptar y vincularse con los otros como para dar lugar a la plenitud de su existencia. Esto necesita operar independientemente de los prejuicios y de las percepciones personales; es abrir el corazón y extender los brazos a todos y a todo, sin condición, pero con inteligencia para evitar que el lado oscuro que le habita perjudique y dañe.

Portarse humildemente con tu Dios

Ciertamente esta última parte está más relacionada con la forma como la tradición judía y la espiritualidad cristiana, las cuales comprenden de manera particular el misterio del Dios que confiesan; sin embargo, esto también puede ser ampliado hacia cualquier ser humano.

En sentido bíblico, es reconocer la superioridad de Dios por encima de toda realidad. especialmente la del ser humano y la responsabilidad personal de cumplir sus preceptos para que el mundo sea un espacio para promover la plenitud de todos. Este precepto, que parece estar dirigido exclusivamente para los creyentes judeocristianos, bien puede ampliarse a toda persona de buena voluntad que desea el bien común por encima de sus intereses personales o de su grupo de pertenencia.

Estos tres principios expuestos en la breve cita de Miqueas dan sentido, dirección y ayudan a clarificar los momentos de crisis, de duda y de pérdida; son fáciles de memorizar, de poner en práctica; despiertan la conciencia al obligarla a ponderar las diferentes situaciones de la vida; impulsan a repensar el mundo aprendido, a responsabilizarse por la construcción de un ámbito mejor y, al mismo tiempo, empoderan a la persona al reconocerse como agente activa en el proceso de su propia historia y en el destino que comparte con los demás.


[1] Versión Biblia Latinoamericana.

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