El debate sobre el nacionalismo revolucionario
Andrés A. Aguilera Martínez

Razones y Costumbres

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No se trata de establecer un régimen socialista, comunista o alguna de las exageraciones que predominan en las redes sociales y de las que han…

Fragmento de la "Historia de México a través de los siglos", Diego Rivera, 1931, Palacio Nacional, México.
Fragmento de la

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Durante los últimos días he tenido la oportunidad de escuchar y leer diversas opiniones que critican severamente al nacionalismo revolucionario, al considerarlo un anacronismo que pretende ser revivido aún en contra de una realidad distinta a su surgimiento; situación con la que disiento absolutamente. El nacionalismo revolucionario es, sin duda, una idea que aglutina el sentir generalizado de la gran mayoría de los mexicanos. Es, más que una ideología, una forma de concebir a México, su historia, su devenir y provenir.

Se quiera o no, la mayoría del pueblo tiene ese nacionalismo revolucionario incrustado como parte de su idiosincrasia. La libertad y la justicia social son los valores que la rigen. En esta lógica, para la mayoría de la gente, aún y en las generaciones más jóvenes, el gobierno es un instrumento del Estado para materializar los objetivos plasmados en la Constitución Política de 1917, que es la manifestación máxima de los anhelos de la lucha revolucionaria de principios del siglo pasado, que no es otra cosa que el deseo de bienestar generalizado. Esto pese a los incesantes esfuerzos de la clase política tecnócrata que, desde hace más de cuarenta años, ha intentado transformar esa concepción y acercarla más hacia un estado liberal, en donde la participación estatal sea sí de rectoría, pero más contemplativa y menos invasiva a la actividad humana.

Detalle del mural de David Siqueiros en el Castillo de Chapultepec en Ciudad de México
Detalle del mural de David Siqueiros en el Castillo de Chapultepec en Ciudad de México (Foto: Pinterest).

Considero que el debate debiera centrarse más que en la calificación y crítica al nacionalismo revolucionario como ideología monolítica, en la forma en que esa manera de pensar —insisto, generalizada— puede adecuarse a las condiciones actuales del país y cómo tiene relación en el concierto de las naciones en un mundo evidentemente globalizado.

No se trata de desecharlo por ser incompatible con las ideas neoliberales, o bien, compararlo con las realidades vividas en las otras latitudes, sino adecuarlo a las condiciones y situaciones actuales, porque es, de alguna manera, la voluntad mayoritaria la que desea que así se conduzca el país. El sisma del partido de estado vivido en el año 1988 y cuyas secuelas aún padecemos, es un indicador innegable de ello, pues las fuerzas que han pretendido imponer el desmantelamiento del Estado benefactor para constituir uno netamente liberal, siguen en pugna hasta nuestros días.

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Y no se trata de establecer un régimen socialista, comunista o alguna de las exageraciones que predominan en las redes sociales y de las que han hecho eco varios líderes de opinión, sino de entender que, por mandato de la voluntad general, el gobierno —como órgano ejecutor del Estado— tiene la encomienda de mantener su rectoría, más no control en las actividades económicas del país, lo que significa que, a través de los instrumentos legales y dentro del marco constitucional, interactúe para menguar las inequidades propias que surgen en las relaciones sociales y que se vuelven obstáculos para el desarrollo, al tiempo que establece los mecanismos necesarios para establecer una sociedad más justa y empática.

En conclusión: el nacionalismo revolucionario no es el anacronismo de instaurar un régimen socialista, es la búsqueda incesante por la justicia social, la cual no es otra cosa que la añorada equidad que la dinámica social ha demostrado ser insuficiente para lograrla.

@AndresAguileraM

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