Por amor
Sara Baz

La deriva de los tiempos

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Me da gusto saber que ahora pertenezco a una academia que, quizá en virtud de que somos humanistas, se permite hablar de amor, de amores, de afectos.

Ilustración: sloyu.com.
Ilustración: sloyu.com.

Lectura: ( Palabras)

Los procesos de la docencia universitaria implican mucho más que dominar contenidos y dar información. Implican formar. “El proceso de enseñar, que implica el proceso de educar (y viceversa), incluye la ‘pasión de conocer’ que nos inserta en una búsqueda placentera aunque nada fácil” (P. Freire, Cartas a quien pretende enseñar, p. 27).

Expreso abiertamente una feliz contradicción de sentimientos después de escuchar las ponencias de mis alumnos de licenciatura en Historia del arte y Maestría en Estudios de Arte. Estos ejercicios semestrales siempre me sirven para darme cuenta de cuán distintos eran los intereses académicos que yo tenía como estudiante de licenciatura (sí, en el año Dos Conejo) y de cuánto se han ampliado las fronteras de nuestra disciplina para acoger, procesar, analizar, canalizar estos intereses actuales que, indudablemente, llevan ahora cargas simbólicas muy específicas, así como deseos: deseos de que el mundo cambie, de construir una sociedad más justa, de recuperar eso que antes se veía poco científico pero que vehicula una manera de conocer, de conocer con todo el cuerpo. Las emociones, los sentimientos, los imaginarios, los afectos son ahora la base común de las preocupaciones, lo mismo que la reivindicación de comunidades, el reclamo por dar espacio a otras voces, antes no escuchadas.

enseñanza convencional
Ilustración: Víctor Aguilar (El Comercio de Perú).

Ver los trabajos de los alumnos me llevó a pensar en cómo debemos cuestionarnos sobre la manera en que producimos conocimiento; desde la esfera meramente lingüística hasta el impulso corporal que uno pone en la investigación. No sólo ellos investigaron para presentar sus proyectos en los seminarios; todos investigamos cuando le damos seguimiento a un hilo, a un autor, a una obra o a algo que no sabíamos que nos interesaba y que cachamos al vuelo en una conversación, en una conferencia o en una lectura más o menos distraída. Investigamos los docentes, sin duda, no sólo para producir nuestros escritos, sino para construir conocimiento en el diálogo con nuestros alumnos. No sólo impartir, formar. Las antiguas lógicas hegemónicas en las que el profesor “entrega” información, en donde sólo hay una voz, quedaron atrás. Pero para sellar este pacto dialógico, como lo plantea Freire, es indispensable que los estudiantes le entren con todo. Sin flojera. Sin miedo a las lecturas densas o confrontativas; sin miedo a disentir, porque siempre hay que buscar argumentos, aunque esos argumentos nos toquen en lo más profundo y nos lleven al interior de nosotros mismos, ese centro oscuro que, muchas veces, para protegernos, no queremos ver. Creo que mis alumnos (de licenciatura y maestría) se atrevieron.

“Es preciso atreverse, en el sentido pleno de esta palabra, para hablar de amor sin temor de ser llamado blandengue, o meloso, acientífico si es que no anticientífico” (Freire, op. cit., p. 26). Parece trillado hablar de amor en relación con la labor del docente, ¿no? Por lo menos la palabra sale a cada rato en torno al 15 de mayo y luego se diluye. Pero releer esta cita de Freire, después de escuchar las presentaciones de mis alumnos, me hizo pensar en mi propio examen de grado, cuando al dar continuidad a uno de mis argumentos, descubrí —en ese preciso momento— que los autores de mis fuentes analizadas las habían escrito, sí (y me sonó cursi, pero lo dije): por amor. Y señores, lo dije en El Colegio de México.

repensar la educación

Me da gusto saber que ahora pertenezco a una academia que, quizá en virtud de que somos humanistas, se permite hablar de amor, de amores, de afectos. Lo de la emoción viene un poco dado desde antes, pues estudiar arte implica un estudio sistemático de las emociones. En esta última Semana de Arte (16 al 19 de noviembre), tuve también la oportunidad de descubrir, junto con los estudiantes de licenciatura y maestría que se presentaron, parte de su proceso de aprendizaje, más allá de lo intelectual: hablaron de sus experiencias, recuperaron sus propias memorias, resignificaron sus afectos y se dieron de golpe contra realidades sociales que, desde la academia, se construyen prejuiciadas y de forma muy distinta a como se viven en contacto con el Otro. “Es preciso atreverse para jamás dicotomizar lo cognoscitivo y lo emocional”, dijo Freire en los tempranos años 90. Cuando yo me formé profesionalmente, en el 94, lo emocional no era una opción de estudio. Había que dejarlo de lado para profundizar “científicamente” en las obras, autores, procesos o fenómenos que uno eligiera para trabajar. Lo emocional era lo personal y lo personal estorbaba en cualquier discusión académica. Cómo me puso contenta escuchar a François Dosse en la Ibero, en 2019, decir que la voz personal del historiador no debe, no tiene, no puede ocultarse más. Nada me pone más feliz en estos días que darme cuenta de que esa yo que escribía ampulosamente cosas incomprensibles y en plural mayestático, quedó atrás, junto con esas formas de enseñanza, junto con esas distancias jerárquicas de la mayoría de los profesores, junto con esos dejos de envanecimiento (narcisismo puro que uno vive, cómo no), cuando lograba conquistar una jerga académica medianamente convincente y otros de mis compañeros todavía no.

En el camino andamos, pero ahora, por lo menos en lo personal, con un convencimiento absoluto de que lo que no se hace por amor, pues mejor no hacerlo. Para hacerles el comercial completo, los invito a hurgar nuestra Semana de Arte del Departamento de Arte/IBERO. Si de paso se suscriben, nos harán a muchos muy felices por poder compartir parte de nuestro trabajo con ustedes.

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