La dignidad humana
Susana Corcuera

De locos y visionarios

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Reconocer que la dignidad es intrínseca al ser humano significa que nadie es superior a otro. Derrumba el racismo, cimbra el machismo, abre las puertas a la libertad de expresión, a las preferencias sexuales, a las creencias personales…

Imagen: El Comercio de Perú.
Imagen: El Comercio de Perú.

Lectura: ( Palabras)

No estoy de acuerdo con lo que dices,

pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Voltaire.

En la Antigüedad, la condición de las personas se dividía entre quienes eran libres y quienes estaban sometidas. No fue sino hasta el cristianismo cuando surgió la idea de que cualquier ser humano posee una dignidad innata y, por lo tanto, tiene derecho a que se respete su libertad. Sin embargo, pasaron más de dos mil años y dos guerras mundiales para que lo anterior quedara plasmado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. El primer párrafo del preámbulo establece que “… la libertad, la justicia y la paz del mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables a todos los miembros de la familia humana.” Aunque ya en el siglo XVI, por ejemplo, frailes como Bartolomé de las Casas abogaban por el respeto a los indios y, más adelante, a los negros, la explotación de los nativos en los países conquistados siguió siendo brutal. En cuanto a las desigualdades, el racismo está lejos de haber desaparecido y la lucha de las mujeres no ha terminado. A pesar de lo anterior, hay avances alentadores, uno de ellos es justamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Reconocer que la dignidad es intrínseca al ser humano significa que nadie es superior a otro. Derrumba el racismo, cimbra el machismo, abre las puertas a la libertad de expresión, a las preferencias sexuales, a las creencias personales y le otorga el derecho a una defensa justa incluso al peor de los asesinos. Porque la dignidad ontológica no es lo mismo que el honor, con el que suele confundirse. Sócrates actuó con honor al preferir morir por su propia mano que romper la ley en la que creía. Tomás Moro también lo hizo al torturar, pero también dejarse torturar, en nombre de la fe que profesaba. La dignidad a la que me refiero no tiene nada que ver con la congruencia entre el pensamiento y las acciones, sino con la libertad que forma parte de nuestra esencia y de la que no podemos escapar. Con nuestra autonomía. En una visita a una prisión noruega, un entrevistador de la BBC le preguntó al oficial si las comodidades de los presos no le parecían excesivas. La respuesta fue la siguiente: “En Noruega, el castigo es, simplemente, quitarle a alguien la libertad. Los otros derechos permanecen. Los prisioneros pueden votar, tener acceso a la educación, al sistema sanitario; tienen los mismos derechos que cualquier otro ciudadano noruego. Se equivocaron, deben ser castigados, pero siguen siendo seres humanos.” Como dato interesante, este sistema ha logrado reducir la reincidencia de manera notable.

dignidad humana
Pintura del artista Guayasamín.

Una enfermedad terminal puede ser esclavizante como una prisión y dolorosa como una tortura. El primer país europeo en legalizar la eutanasia fue Holanda, en el 2002. La justificación se sostiene en el derecho a decidir si queremos seguir viviendo en condiciones inaceptables para nosotros. El tema ha sido causa grandes discusiones. Una de ellas gira en torno a la mal utilizada palabra dignidad. Desde mi punto de vista, es absurdo hablar de una muerte digna. La muerte es la muerte, sin más. Con la dignidad del enfermo sucede lo mismo. No es indigno ni deshonroso perder el control de nuestro cuerpo, estar postrado en una cama o depender de alguien para resolver nuestras necesidades más básicas. Centrar una polémica en torno a palabras equivocadas causa malentendidos y lleva a discusiones áridas.

Ludwig Wittgenstein decía que los problemas filosóficos acaban siendo de lenguaje.  Cada idioma contiene una cosmovisión propia con suficientes puntos en común para conformarnos como especie. Recuperar el significado de las palabras es la mejor manera de comprendernos, a nosotros mismos y a los demás. Como en muchos otros, en el caso de la dignidad, prostituirla nos impide razonar conforme a lo que representa. Al devolverle su valor, nos damos cuenta de que los derechos humanos no tienen nada que ver con la compasión o la tolerancia, sino con la autonomía de cada ser humano y que respetarla implica aceptar cualquier forma de pensar, por ajena que sea a la nuestra.

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