Entre butacas
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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Helena era diferente a las demás; no era tímida y se mostraba interesada por la conversación de Ernesto, quien le empezó a contar chistes.

Imagen: Cinescopia.
Imagen: Cinescopia.

Lectura: ( Palabras)

Ernesto tomó el pesero para ir a la Cineteca Nacional a ver El ciudadano Kane, tras haber deliberado durante cinco minutos si valía la pena volarse el curso de lógica, una vez más, para ver la película. “De todas formas –pensó– no le entiendo nada a lo que dice ese güey, con sus tablas de verdad y demás mamadas.

La Cineteca y la plaza Centenario, antiguo lugar de encuentro de intelectuales y artistas, se había convertido, en los últimos años, en el punto de encuentro de los burgueses con pretensiones artísticas. “Son unos imbéciles –reflexionaba Ernesto–, no leen ni van a los museos y mucho menos crean algo, pero eso sí creen que bebiendo una taza en el ‘Parnaso’ ya se volvieron cultos”.

El pesero se detuvo en Cuauhtémoc, sacando de sus “profundas meditaciones” a Ernesto, quien, al darse cuenta de que ya había llegado a Coyoacán se precipitó hacia la salida abriéndose paso a base de empujones y codazos. Por supuesto, los “hijo de puta, pendejo, chingada madre” no se hicieron esperar, pero él ya estaba fuera y, una vez que el microbús retomó su ruta, levantó su mano haciendo el signo de “chinguen a su madre”, para luego huir velozmente hacia el cine.

A pesar de que la película debía comenzar a las cuatro y media, al cuarto para las cinco las luces seguían encendidas, lo que provocó la ira del público, quien empezó a silbar y a gritar el tradicional “cácaro”. Ernesto silbaba cuando una muchacha, acompañada de un viejo, se acercó.

—¿Puedo sentarme aquí? -preguntó ella.

—Euh… sí…claro –respondió él, sorprendido por la pregunta, pues los lugares sobraban en la sala.

Por fin, a las cinco de la tarde, la proyección empezó. El sonido era bastante malo, por lo que Ernesto debía esforzarse para poder escuchar y comprender la película. Después de quince minutos de luchar inútilmente, se dio cuenta de que la pierna de la muchacha rozaba constantemente la suya. Fue entonces cuando se fijó en ella. No podía tener más de veintidós años. Sus cabellos castaños brillaban con la luz de la proyección y sus ojos azules como el mar le daban un aire de inocencia; su nariz, pequeña y respingada, hacía agradable el rostro de la joven, que vestía una camisa blanca con puntos negros y una falda que permitía ver las curvas de su cuerpo y sus piernas.

No era muy bonita, pero había algo en ella que la hacía atractiva. Ernesto decidió iniciar la conversación con sus típicas preguntas: ¿Qué horas es? ¿Estudias? ¿Cómo te llamas?, y pasar luego a detalles más íntimos.

El Ciudadano Kane
Imagen: BFI.

Helena (así se llamaba ella) era diferente a las demás; no era tímida y se mostraba interesada por la conversación de Ernesto, quien le empezó a contar chistes. Éstos, en un primer momento inocentes, aumentaron parcialmente en malicia hasta volverse casi obscenos y terminar en indirectas amorosas que ella aceptaba respondiendo con atractivas proposiciones.

Al fin, alentado por la confianza que le inspiraba Helena, avanzó su mano temblorosa para posarla en la pierna de su nueva amiga, quien, al darse cuenta, sólo sonrió aprobando la iniciativa.

Comenzaron entonces los besos prolongados y las caricias, el descenso de la boca hacia los senos, el contacto con las partes prohibidas, mientras ella atrapaba el sexo de Ernesto y empezaba a moverlo rítmicamente. Al borde de la excitación, él le propuso que se fueran a uno de esos hoteles del centro y pasaran la noche juntos. Helena se negó, pero él no le hizo caso y se incorporó para reforzar su invitación. Fue entonces cuando oyó un “no te vayas” y sintió que alguien agarraba su mano y la dirigía hacia el seno de Helena. Ernesto fijó su mirada en la mano y posteriormente en el anciano que lo detenía.

—Suéltame o te doy un putazo –dijo en tono amenazador.

—No, tranquilo, es mi abuelo –intervino Helena.

En ese momento las luces se encendieron: la película había terminado. Ernesto volvió a ver al viejo y esta vez notó el sudor en la frente del anciano y, sobre todo, los pantalones manchados de semen. Asqueado por la escena, liberó su mano para luego descender las escaleras de cuatro en cuatro y dirigirse a la salida. Sin embargo, ella lo alcanzó en la puerta.

—Espera, no te vayas, quédate –dijo con voz suplicante.

—No puedo, ni quiero –respondió fríamente él.

—Si quieres, nos podemos ver el sábado en El hijo del cuervo y ahí te explicaré todo.

—Bueno, pero a condición de que él no esté.

—De acuerdo.

—Hasta el sábado a las 12 de la mañana, entonces.

Ernesto se fue sin ni siquiera oír el adiós de Helena; sabía que no se presentaría a la cita. Se dirigió al Metro Coyoacán, tomó la dirección de Indios Verdes para bajar en Balderas y dirigirse a un bar que él conocía de anteriores borracheras. Bebió y maldijo su suerte toda la noche; hubiera deseado poseerla, pero no podía aceptarla si ella se prestaba a ser utilizada como objeto que sirve para excitar a los demás.

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