El jugador redimido
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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Se sabía vicioso y débil, por lo que había que aprovechar el influjo benigno antes de que la rutina lo llevase a desperdiciar esa última oportunidad.

Imagen: VICE.
Imagen: VICE.

Lectura: ( Palabras)

Estaba desesperado. Sin un centavo en los bolsillos. Todo, hasta el último céntimo, hasta la paga extra de navidad con la que pensaba comprar los juguetes de sus hijos, había sido absorbido por una estúpida y seductora máquina tragaperras. Dos años le habían bastado para destruirse como persona, para acabar lamiendo con la mirada las esquinas oscuras de los bares en pro de una moneda que le permitiera seguir jugando.

A partir de ese momento, cuatro eran las opciones que vislumbraba en su horizonte. Confesarlo todo a su mujer y atenerse a su reacción, seguir como hasta la fecha y pedir un nuevo adelanto en la empresa, desaparecer, aunque sin medios esto resulta complicado; y, finalmente, la opción que no era tal. Gil siempre había defendido el suicidio y la eutanasia como medios para acabar con el sufrimiento de una persona, pero en el fondo sabía que por más mal que le fuera nunca se atrevería a ejecutarlo. Y menos aún desde que tenía hijos.

Al final resolvió, como de costumbre, ir al trabajo para cumplir con las apariencias. Dejaría pasar el tiempo a ver si con las horas se resolvía la situación por sí sola. La típica estrategia del avestruz que, casi siempre, acaba empeorando la cosa. Eran las 9 y media de la mañana y tras haber jugado una hora emprendió el camino al despacho. Pa’ colmo de males sabía que sus compañeros conocían su adicción. Se había encontrado en el bar con el abogado de la empresa en unas cuantas ocasiones y éste lo había visto derrochar su patrimonio en pequeñas dosis, ya que le producía cierto sonrojo que lo vieran jugando, lo que no impedía que lo hiciera, aunque en esas ocasiones se medía un poco. Como la mayoría de los jugadores de poca monta, él era supersticioso, por lo que, en esos breves encuentros, achacaba sus pérdidas al gafe que le había traído la presencia de su compañero.

Notaba en la mirada de sus compañeros que estos ya habían sido informados. Algunos tenían problemas para mirarlo de frente, otros lo hacían con desprecio y, finalmente, estaban aquellos que, a sus espaldas, realizaban pantomimas simulando ser él ante la máquina para diversión de unos improvisados espectadores. Nadie se había acercado a él para ofrecerle su ayuda u oírlo. Tampoco le sorprendía, él era de carácter difícil de por sí. En cualquier caso, a media mañana, se pasó por la oficina de Félix y, pese al odio que sentía hacia este personaje, que consideraba el dinero de la empresa como propio, se rebajo una vez más en busca de una tabla de salvación, pero en esta ocasión le fue negada.

deudas económicas y miedo
Imagen: BBC.

Era la primera vez que alguien mencionaba su problema, pero su efecto era demoledor. Era una señal clara de que se había cortado el grifo, por lo menos hasta que no pagara las mensualidades debidas. Ni siquiera contestó. Se lo había ganado a pulso. Es más, hasta le daba gusto que aquel al que tanto odiaba fuera el que lo humillara. Gil creía en la redención del ser humano, pero a diferencia de los demás que un día deciden cambiar y sufren los estragos del mono, él siempre esperaba una señal que provocase en él un deseo irredento de cambio por cuestiones superiores y no por voluntad propia, algo de lo que, huelga decir, carecía completamente.

Al final de la jornada encaminó sus pasos hacia el metro. No tenía coche ya que lo había puesto como aval de pago de algunas de sus elevadas deudas y tenía aún 15 días para pagar antes de que pasara a otras manos. Oficialmente, el coche estaba en el taller, pero hasta su esposa le extrañaba que tardaran tanto en arreglarlo.

De hecho, ella, con su mejor intención, había pensado que los mecánicos se estaban aprovechando de la credulidad de su esposo y pensaba pasar por ahí el lunes siguiente para leerles la cartilla, pese a que él le decía que no hacía falta.

Bajó las escaleras y, cuando estaba a unos cuantos pasos de las vías, vislumbró, por primera vez en su vida, la posibilidad real de suicidarse. Caminó unos pasos hacia delante, mientras veía entrar en la estación el tren. Tras rebasar la línea amarilla de seguridad balanceó su cuerpo calculando el momento oportuno. Ya estaba listo. Iba a dar el gran salto cuando una idea lo frenó en seco: “En mi caso sería demasiado fácil”. Se quedó clavado hasta que, producto del bamboleo, chocó suavemente con uno de los andenes y salió rebotado hacia atrás. Empezó a llorar como no lo hacía desde pequeño.

suicidarse en el metro
Imagen: Km Cero.

Finalmente, tras serenarse, se acercó al basurero para echar los kleenex con los que se había secado las lágrimas. Pensó en intentar encestar desde lejos, pero el temor al ridículo en público, ya acrecentado por sus lágrimas, le reprimieron sus ganas. Tras acercarse, extendió su brazo y abrió la mano para dejar caer el papel. Sin embargo, un reflejo de luz  llamó su atención. Metió el brazo en la papelera y, al extraerlo, ahí estaba una hermosa cartera de cuero con un escudo de plata incrustado. La abrió y sus ojos se iluminaron ante la visión de varios billetes de quinientos euros y ninguna identificación. Ésa era la señal divina que esperaba.

Por una vez en mucho tiempo se sintió con fuerzas para levantarse de la mierda en la que se había revolcado los dos últimos años. Sin embargo, se sabía vicioso y débil, por lo que había que aprovechar el influjo benigno antes de que la rutina lo llevase a desperdiciar esa última oportunidad. Salió del metro y se dirigió a la casa de empeños donde estaba su coche. Durante el camino estuvo suplicando al taxista que le pisara para llegar antes del cierre. Una vez ahí, soltó generoso un billete de veinte euros dejándole una amplia propina al conductor y trepó a toda velocidad las escaleras hasta llegar a la oficina de empeño. Alcanzó el último escalón sin aliento, pero esa forma frenética de actuar le impedía correr el riesgo de pararse en el bareto de al lado y tomarse un trago para refrescarse y, ya de paso… La suerte le volvía a sonreír, ya que Gil fue el último deudor atendido esa tarde.

Tras recuperar su automóvil se dirigió al centro comercial para comprar los juguetes de sus hijos y ya puestos, complacer a su esposa con un buen regalo. No se trataba de gastarse todo el dinero de golpe, pero sí de darle un capricho a la familia y conservar el resto para acabar el mes y devolver los adelantos en el trabajo. Los regalos de sus hijos eran fáciles de conseguir, ya que estos eran menores y ni siquiera se iban a enterar. En cambio, tardó más tiempo para seleccionar un collar de perlas para su esposa. Las inoportunas llamadas de ésta le habían refrenado más de una vez.

choque cruzando la calle
Imagen: NoticiasYa.

—No, no estoy en ninguna fiesta. Se trata de una sorpresa.

Y seguía:

—Si te lo digo no tendrá ninguna gracia. Tendrás que esperar.

Ya estaba, lo tenía todo. Se dirigió al coche, abrió el maletero y depositó su cargamento. Salió del centro comercial y se encaminó hacia su casa. Empero, pensó que, ya que su esposa estaba sobre alerta sería mejor comprarle unas flores para despistarla, por lo que estacionó el coche al lado del establecimiento que, a su vez, se encontraba cerca de su casa. Tras elegir un ramillete combinado de crisantemos, rosas y claveles de última hora, recogió los regalos del maletero y se aprestó a cruzar a calle. Alzó la mirada y vio al hijo de la vecina que corría con el fin de cruzar la avenida antes de que el semáforo cambiara de color. Sin embargo, no lo logró y en lugar de seguir su carrera se quedó desconcertado en medio de la vía. En ese momento apareció por la curva un potente bólido que alumbró su cara al dar la vuelta. El pánico le impedía moverse. El choque era inminente cuando sintió un fuerte empujón que le hizo retroceder un par de metros y, posteriormente, un sonoro golpe. El encontronazo mató a Gil en el acto y el conductor huyó cobardemente.

Oficialmente nunca contrajo deuda alguna con su empresa y siempre fue un compañero generoso y afable al que todos querían. Su interés por los demás sólo era comparable al amor que sentía por su familia, por la que en el último día de su vida había hecho el enorme sacrificio de pasarse dos horas eligiendo y comprando, pese a que su recelo por los comercios era proverbial.

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