Mis reflexiones del año 2020 (Primera parte)

El 2020 será recordado como el año en que el mundo se paró.

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José Elías Sahab

De todo y de nada

Lectura: ( Palabras)


CATEGORÍA: Escriben HOY


El 2020 será recordado como el año en que el mundo se paró.

Hoy quiero compartirles unas reflexiones que dividiré en dos partes:

⋅ La primera tiene que ver con lo vivido, con los acontecimientos fuera del ser humano, de lo externo, de lo que pasa allá afuera. Lejos de nuestro pensamiento, de nuestra emoción y de nuestro espíritu.
⋅ La segunda es, precisamente, lo intrínseco, de lo íntimo, del ser. Por lo menos lo que yo reflexiono de eso. Lo que está cerca, lo que es de uno.

No hubo un rincón del planeta que no se viera afectado por el covid-19. Ese bicho microscópico que se mete en el cuerpo de los humanos y lo altera de formas tan diversas. Ese bicho que parece diseñado para matar a la gente mayor, con diabetes y con obesidad mórbida. Casualmente, tres de los sectores más costosos para los sistemas de salud del mundo.

Hay quienes, invocando teorías de la conspiración, señalan que el bicho se inventó para generar una “poda” humana, en donde sobrevivan los más dotados, porque ya no alcanza para que todos vivamos en este mundo. Será cierto o no, es difícil de responder. Todo puede ser.

Al final, el bicho –como le digo yo al temido virus– nos tomó a todos por sorpresa, nos doblegó y nos hizo pensar y repensar las cosas que son importantes en nuestra vida, empezando por la vida misma. Mientras que en China esta “enfermedad” se propagó hacia finales del 2019, al resto del mundo fue entrando como una ola que se movía hacia el occidente a Europa y hacia el oriente a América.

A México llega en marzo, y los primeros casos resonaron. Hubo ricos contagiados en Vail, murió el presidente de la Bolsa Mexicana de Valores y hubo un comentario tonto e irresponsable de un gobernador que dijo que ésta era una enfermedad de ricos. Parecía que no duraría mucho. Escuchamos que en España e Italia las restricciones se incrementaban porque la enfermedad y sus consecuencias se les habían salido de las manos, mientras que acá, en nuestro país, no nos preocupaba; o por lo menos a nuestras autoridades no les preocupaba.

México era impenetrable, o así nos lo hacían sentir. Se escuchó al presidente decir, en pocas palabras, que sólo a los malos les daba covid. “No mentir, no robar y no traicionar ayuda mucho para que no dé covid” se atrevió a decir por aquellos días de junio. Por las mismas fechas, López-Gatell, el zar anticovid, dijo que 60 mil fallecimientos por covid sería un escenario catastrófico; y luego ya no supo ni qué decir cuando día a día, mes con mes, el número subía de forma alarmante, a tal grado que ya nadie lo tomaba –ni lo toma– en serio.

El porcentaje de muertos contra el número de contagiados se volvió alarmante y, por muchos meses, nos convertimos en uno de los países con mayor índice de mortandad en el mundo (arriba del 10%). Cuando escucho que ahora hay “un repunte” me pregunto, ¿y cuándo bajó?

La sociedad vio a un país descompuesto entre la ineptitud, la irresponsabilidad, el encono y la polarización, que hasta este día persiste. Veíamos cómo países, con población cercana a la nuestra, tenían niveles de contagios mucho menores, como era y es el caso de Japón. Y una vez más quedó de manifiesto que, la razón fundamental por la que aquí no controlamos la expansión del bicho, fue porque no hubo consciencia social; y desafortunadamente no hubo esa consciencia social porque no somos un país educado.

Entre más reflexiono en mi vida sobre los problemas de México, siempre concluyo que el mayor de todos es la pobreza educativa. La gente pareciera no tener sed de aprender y, por si fuera poco, nuestros sistemas de educación no fomentan que la ciudadanía aprenda. Muchos me dicen que primero hay que alimentar para poder luego educar. Yo creo que en la medida en que pudiéramos educar a más personas, en la misma medida bajaría el hambre, la marginación y la pobreza. El 2020 nos exhibió como un país ignorante y, por lo mismo, vulnerable a una problemática como la pandemia.

Hoy todavía estamos en la incertidumbre de qué va a pasar. No se ve aún la luz al final del túnel; y los semáforos rojos y naranjas juegan con el colectivo para convivir un poquito y para cuidarnos un poquito. No hubo una política adecuada en materia de salud. La economía, que de por sí venía desacelerándose antes de la pandemia, se contrajo todavía más. Miles de empresas cerraron, varios cientos de miles de empleos se perdieron y mucha gente enfermó y murió. A tal grado que hoy, el covid, es la causa de muerte más importante.

Lo peor es que, mientras la economía sucumbía, la inseguridad y la violencia no dejaron de crecer. En un país que no crece y, además se empobrece, se pueden tener escenarios de inseguridad alarmantes.

Unos, los malosos, aprovechan el desempleo y la pobreza para reclutar entre sus filas a nuevos colaboradores quienes, ignorantes, se van con el espejismo del dinero fácil, convirtiéndose así en delincuentes.
Otros, los desesperados, delinquen porque no ven opciones. Esas opciones las tendrían, o generarían ellos mismos, si hubieran sido educados en algún momento –¿ven cómo siempre sale el tema de la educación en cualquier rubro?–. El hambre no es buen consejero y puede convertir a un buen hombre en un ladrón.

México no termina bien el 2020. Lo empezó mal y lo terminó peor. Yo, positivo por naturaleza, creo que no por eso los mexicanos estamos peor que antes. Creo que esta pandemia, esta crisis del 2020, nos da cosas muy importantes y buenas para el futuro. Herramientas útiles para la vida y para ser mejores. El verdadero valor de las personas está en lo interno y no en lo externo, y de eso hablaré en la segunda parte.

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