La Venganza De Wyatt Earp
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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Fueron años duros, más aun cuando veía que el jefe sólo tenía oídos para su hijo que, a fin de cuentas, por muy arquitecto egresado que fuera de una universidad extranjera de mucho relumbrón…

Imagen: La Mirilla Caleidoscópica.
Imagen: La Mirilla Caleidoscópica.

Lectura: ( Palabras)

Se van a reír de su puta madre. Así pensó Gabriel, mientras se dirigía a su coche. Atrás dejaba la sucursal bancaria donde no sólo no había podido cobrar el cheque de indemnización, sino que le habían avisado que ya pronto le embargarían por no pagar las últimas letras de la casa en la que vivía con su padre. Atrás quedaban 30 años de trabajo constante y 15 años continuados del pago celoso de una hipoteca. Gabriel contemplaba así, cómo todo aquello por lo que había luchado a lo largo de su vida y sobre todo, después de su divorcio, se venía abajo. No sabía qué hacer y menos aún cómo le iba a explicar a su padre que lo había perdido todo. Se dirigió a su casa donde lo esperaba su padre con la comida lista.

—¿Que tal estás hijo? ¿Te fue bien en el trabajo?

—Sí, lo normal.

—Te noto algo pálido.

—Me sentó mal el bocadillo de chorizo frito que tomé esta mañana. No volveré a entrar a ese bar.

—La verdad es que yo no puedo decir gran cosa con respecto a los hechos –dijo el exempleado bancario varios meses después de la tragedia. Era una mañana como cualquier otra. Llegué y me puse a revisar las operaciones del día anterior. Después de confirmar que todo estaba como lo había dejado, encendí el sistema y me puse a atender a los clientes que más que venir a hacer operaciones, vienen a contarme su vida y batallitas. A las 10 menos cuarto, como todas las mañanas, me dirigí al bar de la esquina a tomar mi desayuno. Yolanda, Vanesa y yo nos turnábamos para ir a desayunar. De esta forma siempre había una caja al servicio de los clientes y una persona para consultas fuera de lo habitual. Don Gil, el director, nunca salía de la sucursal en horas de atención al público. En el momento en que daba vuelta a la página oí el primer disparo. No me podía creer que se tratase de un balazo hasta la segunda detonación. El ruido provenía del banco. Pensé que se trataba de un robo y cuando vi la patrulla de policía llegar unos minutos después, mis sospechas parecieron confirmarse. Pero había algo raro. En lugar de pertrecharse detrás de su automóvil y apuntar al banco, se acercaron a un coche en doble fila para ponerle una multa. Como si no fuera con ellos la cosa, ¡vamos! Fue entonces cuando él salió del establecimiento con el fusil apuntando al suelo y fue también cuando dijo la frase que se ha reproducido hasta la saciedad en todos los medios. Después del entierro, me comunicaron que mis constantes escapadas del puesto de trabajo no eran del gusto de los directivos del banco y me despidieron. Todo por culpa de ese loco de mierda. Lo que no entiendo es por qué está preparando el libro ahora y no cuando ocurrió la tragedia; que ¿cómo pudo entrar habiendo arcos de seguridad? Supongo que disimularía su arma entre la ropa y que Vanesa le dejó pasar. Lo veíamos muy a menudo, ¿sabe?

Aquella tarde Gabriel no salió disfrazado de cowboy a hacer la ronda en el porche y descartó la idea de irse a medianoche, como en otras ocasiones, con su bandolera al cerro para pasar la noche al raso. Recordó sus principios en la empresa como un simple peón.

pistoleros
Imagen: Historia National Geographic.

Nunca me quejaba. Siempre estaba dispuesto a lo que hiciera falta y más. Ése fue el pretexto empleado por la ramera de mi esposa para dejarme; el poco tiempo que convivíamos. No la engañé. Ella sabía perfectamente que mi mayor deseo era convertirme en el operario de confianza de la empresa, que era a lo más que podía aspirar con los pocos estudios que tenía. Para ello estaba dispuesto a sacrificarme al máximo; incluso dejar a un lado mi dignidad y reírle las gracias al imbécil del jefe y a su hijito recién salido de la Universidad. Tan sólo me atrevía a contradecirles, cuando veía en ello la oportunidad de lucirme. Sin embargo, en esos casos siempre daba mis objeciones de forma privada y sin que pareciera asomar burla alguna en mis palabras.

Fueron años duros, más aun cuando veía que el jefe sólo tenía oídos para su hijo que, a fin de cuentas, por muy arquitecto egresado que fuera de una universidad extranjera de mucho relumbrón, no tenía ni idea de cómo funcionaba este negocio en España. Sin embargo, pese a estos trasiegos y alguno que otro pleito con mis compañeros que a mis espaldas me acusaban de ser un trepa, conseguí finalmente realizar mi sueño. Una mañana me mandó llamar a la oficina don Augusto.

—Estimado Gabriel. Como usted sabe desde hace algún tiempo, este año se va a jubilar Benito y vamos a necesitar un nuevo jefe de obra. Un hombre de confianza en quien podamos delegar el mando cuando yo o mi hijo no podamos estar ahí. Gabriel, quiero que tú seas nuestro hombre de confianza. Llevamos largo tiempo observándote y creemos que eres el hombre apropiado. El cargo vendría aparejado de un aumento salarial. ¿Qué te parece?

—Muchas gracias, don Augusto. No sabe lo feliz que me hace con este nombramiento. Si me permite, voy a comunicárselo a mi esposa.

—¿No quieres saber cuánto vas a cobrar? El doble de lo que cobras ahora. Ya puedes echar cuentas –dijo entre risas mi jefe.

Cuando finalmente salí de la oficina, me dirigí a mi casa para restregarle ese nombramiento a mi esposa que siempre decía que era un inútil y nunca llegaría a nada. Pero como siempre, ella se las arregló para chafarme la alegría diciéndome que ya no aguantaba esta vida de eterna separación y que quería el divorcio. Asumía que mis responsabilidades serían aún mayores y que yo era un, cómo me dijo, un “guorcajolic”. Sí eso, un vicioso del trabajo, como si el trabajo fuera cosa mala. Por un momento, en el fragor de la discusión, se me cruzó la idea de machacarla a golpes, ahí mismo en la moqueta del salón, pero afortunadamente me di cuenta a tiempo que con una actitud así no tenía nada que ganar y sí mucho que perder. En el fondo, me estaba haciendo un favor con su marcha. Como no teníamos hijos, no tendría que pasarle ninguna pensión. El día que se largó y que firmamos nuestro divorcio experimenté una gran satisfacción.  Ahora me queda lo peor. Decirle a mi viejo lo que nos espera y lo de la tomadura de pelo que me hizo don Augusto con el cheque sin fondos. Antes veré uno de mis dvds de westerns en la tele, como casi todas las tardes.

marido y mujer
Imagen: Jw.org.

Yo estaba en este mismo sitio sirviendo café al constructor y su hijo que precisamente estaban ahí donde usted se encuentra. Su conversación giraba sobre lo mal que les estaba yendo las cosas y de cómo pronto iban a tener que chapar el negocio. Solían venir todos los días antes de entrar a trabajar y de vez en cuando platicábamos de fútbol, aunque en los últimos tiempos se les veía más reservados y casi no hablaban. Augusto padre cogió el Marca y le enseñó a su hijo la foto de Mourinho en la portada diciendo al mismo tiempo: “Es un pobre diablo por mucho que…” Yo estaba a lo mío metiendo cubiertos y vasos en el lavaplatos. Lo vi de reojo. No hubo ni palabras ni gritos. Nada de nada. Augusto padre se quedó a mitad de frase. Ni se enteró de su muerte. En cambio, el joven sí quiso esconderse entre las mesas. Al ver que no tenía escapatoria, con lágrimas en los ojos suplicó al asesino de su padre, pero éste no tuvo piedad alguna y acabó con él. Eso no lo vi, yo estaba agachada detrás de la barra esperando que por un milagro se olvidase de mí. No fue así. Se acercó al mostrador y me dijo:

—No te escondas Helen Ramírez. No voy a hacerte ningún daño. Sabes que ellos se lo merecían, que un hombre como yo no puede permitir que lo humillen de la forma en que estas bestias ávidas de sangre lo hicieron. ¡Ah! Y si ves a Billy Clanton dile que si es lo suficientemente hombre que lo espero donde él ya sabe.

La verdad es que no entendía por qué me llamaba Helen si él sabe perfectamente que mi nombre es Dolores. Tampoco sé quien es Billy Clanton. Por si acaso seguí escondida debajo de la barra durante media hora. Entonces llamé a la policía.

Esa mañana te despertaste reconfortado. Sabías por primera vez en varios años lo que tenías que hacer. Como dicen los indios “hoy es un buen día para morir. Sabías que en el saloon iban a estar Frank McLaury y su chico. A ambos les gustaba mucho los bailes con piernas al aire. Con el cacique la cosa sería más difícil, ya que había que atacar el rancho mismo. Sabías que El Doc. Holliday, Gabriel para sus amigos más íntimos, estaría vigilando por si ese perro de Johnny Behan quería darse a la fuga. De nada le serviría. Antes de llegar al Río Bravo ya lo habrías cazado. No olvidabas cómo ese bastardo había llenado la cabeza de tu esposa de ilusiones para apartarla de tu lado y sabías que ella estaría a su lado. Lo habías tolerado todo, hasta que se metieron con tu patrimonio. Primero empezaron robándote ganado. Sabías que eran ellos, pero no podías probarlo.

OK Corral
Imagen: ABC.

Eso los envalentonó. Confundieron tu falta de respuesta con debilidad y finalmente decidieron acabar contigo. Te citaron ayer en el OK Corral para hacer las paces con falsas promesas y mientras que generosamente te devolvían tus reses, que ellos decían haber confundido con las suyas, sus secuaces te preparaban una sorpresa. Hiciste la vista gorda y te llevaste los animales al rancho. No te mataron en el OK corral porque querían que vieras tu casa hecha cenizas. Ni siquiera les importó que hubiera un hombre mayor durmiendo dentro. Tras consultar con el Doc., te perdiste solo en la noche y cuando amaneció ya sabías perfectamente tu obligación. Tenías que limpiar las manchas de honor que te habían ocasionado con la sangre de todos ellos. Te dirigiste en tu caballo al saloon.  Increíblemente no había nadie haciendo la guardia. No sabías si matarlos como a los perros rabiosos que eran o darles una oportunidad. Pero nada más entrar viste al viejo mostrando la foto de tu padre en el Telegraph de Dodge City y llamarlo “pobre diablo”. Entendiste que no merecían ni una sola oportunidad y disparaste. Hiciste bien en matar primero al viejo. Le ahorraste el dolor de ver a su hijo suplicando clemencia. Era penoso el espectáculo que daba e hiciste bien en acabarlo rápido. Su actitud femenina ante la muerte te recordó la presencia de Helen. La tranquilizaste en lo referente a su persona y saliste del local. Te subiste en tu caballo y te dirigiste cuán raudo El Rayo pudo a los dominios de Behan. Todo estaba en orden según te indicó con una señal Gabriel.

 Este lugar estaba más protegido, pero con tu astucia y disimulo conseguiste que una de las criadas te abriera. Esperaste un momento a que ella despareciera por las escaleras y tan pronto como estuviste sólo en esa habitación con Urilla, tu exesposa, y con Behan, descubriste el arma y los abatiste sin escrúpulos como a las aves carroñeras que eran. Te dirigiste a la salida y viste a tus ayudantes acariciando tu caballo. Habían estado a tu lado en varios tiroteos contra maleantes. En más de una ocasión les habías salvado la vida. Sabías que a ellos les desagradaba la labor de detenerte. Por eso tomaste la iniciativa. Fuiste hacia ellos facilitándoles así el trabajo. Como no querías implicar a Gabriel, tuviste un último acto de generosidad y te atribuiste toda venganza al decir: “Ya estoy satisfecho”.

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