El funesto pacto patriarcal
Andrés A. Aguilera Martínez

Razones y Costumbres

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La candidatura del Senador Félix Salgado Macedonio a la gubernatura de Guerrero es una condición inhumana, indigna de la razón o de cualquier consideración o justificación.

Imagen: La Tercera.
Imagen: La Tercera.

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En las últimas semanas, un tema lamentable y deplorable se ha apoderado de nuestra sociedad: la protección cultural a los excesos cometidos por los varones en contra de las mujeres que, evidentemente, las degrada en su condición de persona, me refiero al llamado “Pacto Patriarcal”.

La candidatura del Senador Félix Salgado Macedonio a la gubernatura de Guerrero por el partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), a quien se ha señalado de haber cometido abusos y hasta violaciones; así como las acusaciones de acoso en contra del catedrático y escritor Andrés Roemer, han hecho que colectivos feministas, activistas, agrupaciones defensoras de derechos humanos, exijan el cese de estas terribles prácticas que, en mucho, han sido motivo del incremento en la violencia de género e intrafamiliar en las sociedades modernas.

pacto patriarcal
Imagen: Sofia Weidner.

Ese pacto patriarcal, que no es otra cosa que la impunidad consentida por el entorno social a las prácticas de violencia y sometimiento hacia las mujeres, ha sido valientemente exhibido a través de las redes sociales, medios de comunicación y manifestaciones en las plazas públicas, en donde se han alzado voces de denuncia e indignación. Sin embargo, y de forma por demás lamentable, no es hasta ahora que el cinismo pareciera apoderarse de la sociedad, que provoca más conciencia social, empatías y simpatías.

El abuso de cualquier condición de poder, sobre todo para tratar de sojuzgar y someter a una mujer para demostrar superioridad, someter o por el simple placer de hacerlo, es una condición inhumana, indigna de la razón o de cualquier consideración o justificación. No obstante —y muy lamentablemente para la raza humana— durante décadas el silencio cómplice e indolente, auspiciado por un machismo profundamente arraigado en las costumbres y rutinas sociales, no sólo toleró, sino que lo auspició e, incluso, para vergüenza de muchos, lo institucionalizó y reconoció como parte de la naturaleza humana.

Así pues, veíamos prácticas que, durante décadas mostraba cínicamente esta situación. La lectura de la epístola de Melchor Ocampo como parte del rito civil del matrimonio es muestra clara de ello. Ahí se ordenaba a la mujer a ser “abnegada, obediente, sumisa, necesariamente bella y agradable ante los ojos del varón, cual objeto de decoración, para servirle al marido con veneración”. Era —en pocas palabras— una condena de servicio al varón, como consecuencia de su papel de proveedor y protector. Como si ello lo sobre pusiera en mayor valía sobre la mujer.

machismo
Imagen: Dispara Mag.

Lo terrible de esto es que, lejos de ser una imposición, fue el reflejo del sentir y vivir de la sociedad que, centurias atrás, había condenado a la mujer a una situación de minusvalía con respecto al varón, que se le negaba la voz e —incluso— hasta la condición de persona, menos que esclavos.

Para fortuna de la razón y la justicia, esta condición ha ido cambiando. La igualdad, como parte la trilogía de valores fundamentales de la democracia, va ganando terreno sobre los prejuicios y los estereotipos de género, permitiendo la reivindicación. Empero, este proceso es más lento en la dinámica social, en donde el funesto pacto patriarcal ha arraigado sus reales en prácticas enquistadas como parte de la cotidianidad.

El gran reto es, precisamente, reconocerlo como tal y desterrarlo para siempre de nuestras vidas y de las generaciones por venir.


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