Un yo cibernético: los bucles de la autoconciencia
José Luis Díaz Gómez
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La aplicación de la identidad y la autoconciencia, toman al bucle de auto-referencia como una analogía de la conciencia de uno mismo.

Imagen: Maxres.
Imagen: Maxres.

Lectura: ( Palabras)

Douglas Hofstadter, uno de los estudiosos y divulgadores más conocidos de las ciencias cognitivas, publicó siendo muy joven, en 1979, un largo y eventualmente famoso ensayo traducido al español con el título de Gödel, Escher y Bach: un eterno y grácil bucle. Encontró un motivo común de auto-referencia o bucle redundante en las obras estos excepcionales pero muy diversos creadores, un matemático, un dibujante y un músico, tema que aprovechó con erudición y originalidad para pensar sobre el pensar. Por ejemplo, dedicó páginas a examinar frases auto-referidas (“ésta es una frase auto-referida”; “esta frase tiene cinco palabras”) como bucles semánticos donde el referente coincide con el sentido de la frase. Analizó asimismo cómo otros eventos muy diferentes tienen un comportamiento de auto-referencia, como sucede al captar con una cámara de video la imagen del monitor que la propia cámara está tomando, lo cual evoca bucles de formas extrañas en la pantalla.

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Portada de Gödel, Escher y Bach, una eterna trenza dorada (1979) de Douglas Hofstadter y el autor por esa época.

Bastante más tarde, en 2007, Hofstadter escribió otro libro bajo el título de “I Am a Strange Loop” (“Yo soy un extraño bucle”) sobre la aplicación de estas ideas a la identidad y la autoconciencia, donde toma al bucle de auto-referencia como una analogía legítima y significativa del yo, de la conciencia de uno mismo. De acuerdo con esta metáfora, el yo vendría a ser una estructura, un patrón o pauta sutil equivalente a lo que en el lenguaje cotidiano se denomina alma y que él interpreta como la vida interior que tienen ciertos seres, además de presentar una apariencia exterior y una movilidad evidente. Para justificar por qué equipara la vida interior con el alma, Hofstadter recurre a un ejemplo del cine y la robótica: al ver la popular saga “La guerra de las galaxias”, los espectadores no dudan en otorgarle vida interior a los robots R2-D2 y C-3PO. Esta confiada suposición acontece por la manera como se comportan, hablan, chiflan e interactúan estas máquinas inorgánicas que aparentan tener una auténtica y muy singular “personalidad”.

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No tenemos dudas en otorgar “vida interior” a robots como C3PO y R2D2 de la saga “La Guerra de las Galaxias”. ¿Por qué? Por cómo se comportan y comunican (Imagen: El Cine de Hollywood).

Más adelante en el mismo libro considera la cuestión de cómo acontece la secuencia de eventos para que una decisión llegue a una acción, por ejemplo: cuando siento sed, voy y bebo un vaso con agua. Al parecer el “yo” realiza una “decisión” que se traduce en los movimientos de acudir a donde está el agua, servirla en un vaso, llevarlo a la boca y tragar el líquido hasta saciarse. Sin embargo, si se examina el cerebro, no se encuentra nada que asemeje a un yo que decide y se sacia, sino redes de neuronas que disparan en secuencia potenciales de acción en patrones complejos. Como sucede con otros partidarios de la emergencia de facultades como la vida o la mente, Hofstadter está convencido que los eventos microscópicos o microfísicos se manifiestan en el mundo macroscópico de formas muy diversas, como una colección enorme de moléculas de H2O adquiere propiedades emergentes de liquidez o transparencia. Se puede afirmar que las moléculas de agua son absolutamente necesarias para la formación y movimiento de una ola del mar, pero no explican su volumen, altura, velocidad y giro. Estas características dependen de factores que rebasan las propiedades de las moléculas e implican a corrientes y temperaturas de la masa oceánica, al litoral, al clima o la gravedad de la Luna, variables que en su conjunto determinan el oleaje.

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Portada de “Yo soy un extraño bucle” (2007) de Douglas Hofstadter y el autor hacia 2010.

Hofstadter viene a concordar con Roger Sperry, Premio Nobel por sus estudios sobre las funciones de los hemisferios cerebrales, en el sentido de que los eventos en el nivel macroscópico tienen propiedades causales sobre los que tienen lugar en el nivel microscópico. Lo que ocurre es que el sistema tiene muchos niveles de operación y todos ellos funcionan ensamblados como una unidad. La actividad de vastos números de neuronas se coordina en redes y va dando lugar a la actividad de otras redes, un ordenamiento comparable al movimiento sincrónico y unitario de una parvada de pájaros o de un enjambre de insectos. He atribuido a ese movimiento unitario de actividad nerviosa las propiedades de libertad y autonomía necesarias para explicar la conciencia y la agencia como fenómenos globales y emergentes que tienen la capacidad para activar redes motoras y engendrar acciones.

Es Yo soy un extraño bucle, Hofstadter describe con detalle sus juegos con cámaras de video enfocadas sobre el monitor, de tal manera que el sistema de televisión se toma a sí mismo y se produce una pantalla dentro de la pantalla. El autor subraya que al efectuar estas tomas surgen estructuras y formas novedosas con una dinámica propia, y en etapas recurrentes la estructura pasa de un nivel a otro y tiende a estabilizarse. Denomina procesos enlazados o recursivos (looping processes) a estos efectos de autodetección y los propone como metáforas de la autoconciencia. El autor infiere que la transmutación progresiva de circuitos reverberantes en el cerebro humano maduro genera pautas que dan lugar a una novedad emergente en el organismo íntegro: el sentimiento de un yo, o bien, para usar la nomenclatura del propio autor, de un self-symbol, un símbolo de sí misma. Según su concepción, el yo constituye una representación simbólica de la propia persona, una noción de autoconciencia afín a la que hemos presentado a lo largo de estas páginas.

¿Cómo concebir un proceso recursivo que pueda cimentar la autoconciencia desde la neurofisiología? Lo primero que se me ocurre pensar es en los procesos de retroalimentación que fueron estipulados por la cibernética y se han estudiado empíricamente por la fisiología sistémica y por otras disciplinas, como la ecología y la economía. Un sistema cibernético es aquél cuyos componentes se regulan unos a otros y esta regulación recursiva resulta en un estado global relativamente estable. Para comprender dicho sistema no basta describir sus componentes, sino sería preciso puntualizar sus regulaciones mutuas. Esta descripción mínima de un sistema cibernético podría ser aplicada a la autoconciencia y la identidad individual, que si bien son ostensibles para la persona, dependen de múltiples elementos en interacción y regulación recursivas y recurrentes de feed-back, las cuales producen una constante que emerge de los cambios y las variaciones locales.

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Izquierda: Imagen de un video feedback loop (la imagen del monitor captada por la propia cámara del sistema de video) como analogía de la autoconcienca, idea propuesta por Hofstadter. Derecha: Imagen tomada de la reseña del libro sobre el yo de Hofstadter realizada por Susan Blackmore para la revista Nature, publicada el 2 de mayo de 2007. En ambas es patente la estructura fractal de la imagen y la regresión al infinito.

Un sistema cibernético se podría abreviar como un ciclo o bucle cerrado sobre sí mismo y este concepto es precisamente el que utiliza Hofstadter para afirmar al yo como un “extraño bucle” y, a fin de cuentas, como un espejismo. Ahora bien, si aplicamos estos conceptos elementales de la cibernética a la autoconciencia, se podría decir que, más que una ilusión, la autoconciencia sería una entidad o función relacional porque no reside en un sitio, como el cuerpo o el cerebro, a pesar de que estos son cruciales para que ocurra, sino en la red de relaciones de control recíproco y homeostasis que ocurren a múltiples niveles: entre redes neuronales y entre módulos encefálicos, entre el cerebro y el resto del cuerpo, entre los sistemas sensoriales y los sistemas motores del organismo, entre el individuo vivo y el suprasistema social y el ecológico, y entre los individuos, donde esa estructura flotante que es el yo se comparte en el tiempo y se distribuye en el espacio por medio de la comunicación, el lenguaje, las relaciones humanas, las artes.

Desembocamos una vez más en ese fértil terreno de frontera que se denomina “ciencias de la complejidad”, pues entrevemos que los múltiples sistemas de retroacción operando a todos los niveles están entrelazados y podemos suponer que esa trama procesal de la vida se siente subjetivamente como el yo o la autoconciencia en razón de una vasta recursividad, pluralidad y variabilidad.

En un sentido afín, otro cibernético, el “constructivista radical” Ernst von Glaserfeldt, afirmaba que el self: “no reside en ningún lugar particular, sino que se manifiesta en la continuidad de nuestros actos… y en esa intuitiva certeza de que nuestra experiencia es realmente nuestra”.


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