Polvo en el viento
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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La acusación de consumir parte de la mercancía era intolerable, sobre todo porque en esta profesión se depende totalmente de la reputación que tengan los demás de uno.

Imagen: Pinterest.
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Lectura: ( Palabras)

Todavía no sé por qué estoy despierto en medio de este monte rodeado de ríos, flores y aves. Sólo recuerdo que ayer paré en una cantina de mala muerte a descansar un rato. Llevaba todo el día conduciendo y sólo quería relajarme y dormir unas cuantas horas antes de proseguir mi viaje. Llevaba un tiempo en este negocio, pero antes sólo transportaba mota. La llegada del polvo blanco desde Colombia lo había cambiado todo. Era más peligroso, pero mucho mejor pagado. El antro era la típica cantina de camioneros. Había estado ahí en otras ocasiones, aunque no sabía el nombre de establecimiento. En cambio, los dueños sí me reconocieron y rápidamente me indicaron un punto apartado en la barra. Ventajas de dar buenas propinas. Un punto donde detenerse si no se quería perder el tiempo buscado por la ciudad. El lugar era amplio y con escasa iluminación. A pesar de ello, el afán avaricioso de los dueños los había impulsado a saturar el espacio de mesas de tal manera que se podía comer y oír tres conversaciones a la vez. Cuando estaba bebiendo mi último tequila, se me acercó aquel norteño y me dijo:

—Oiga, amigo, ¿no tendría un poquito de café que me diera?

—Si lo que quiere es café, pídaselo al barman o vaya a un restaurante –respondí fríamente.

Fue entonces cuando comentó en tono de burla y provocación:

—No, si lo que pasa es que, según me han dicho, su café es el mejor por venir mezclado con sus pinches mocos que ponen loco a cualquiera.

La acusación de consumir parte de la mercancía era intolerable, sobre todo porque en esta profesión se depende totalmente de la reputación que tengan los demás de uno. Deposité mi vaso violentamente y la bronca se armó. Yo saqué mi navaja y se la metí hasta el fondo de su estomago antes de que me pudiera golpear con la silla. Su cuerpo se desplomó y el norteño murió rápidamente. Pagué la cuenta, y ya me disponía a salir, cuando solté una bravuconada para magnificar mi asesinato:

—Otra más –dije–, así muere todo aquel que se mete con Arnulfo Johnson Contreras.

Me dirigí hacia la puerta corrediza del antro y, cuando iba saliendo, oí a mis espaldas un “hijo de puta”. Me volteé y distinguí a un joven armado con una media botella rota en la barra. De lo demás no me acuerdo. Sólo sé que tenía que llevar el cargamento de coca a Nogales. Ni siquiera sé si seguirá mi troca donde la estacioné. Y curiosamente estoy tan a gusto aquí que no me gustaría bajar, pero los plazos de entrega son sagrados. Ni modo.

Arnulfo se levantó y descendió del monte. Desde ese punto distinguía los albores de la ciudad. El sol ya estaba en lo alto y empezaba a picar. En un primer momento, no encontró camino alguno, pero, tras resbalar y deslizarse colina abajo, vislumbró una senda que se ensanchaba conforme descendía. De igual manera, el paisaje era cada vez más desolador; más urbano. Se acercó a un puesto de periódicos y, tras echar un ojo rápido al diario deportivo, le llamó la atención el encabezado del diario Pánico: “Masacre en la cantina”. La entradilla de la noticia decía que dos compadres se habían puesto a discutir acerca de las virtudes y defectos del “toro” Valenzuela y que la conversación se había calentado hasta llegar a las manos y al derramamiento de sangre. “¡Ah, qué periodistas tan argüenderos!”, pensó Arnulfo. Yo estuve ahí y, si acaso, sólo hubo un muerto, pero a estos pinches batos de la prensa amarilla les encanta hacer mitote.  

polvo pelea bar
Imagen: Pinterest.

Qué raro, pensó, no recuerdo que haya un monte en frente de Saltillo. ¡Bah!, ha de ser otro pueblo.

Caminaste y conforme te acercabas, notabas que sí estabas en Saltillo, reconocías la farmacia donde habías comprado tus tabacos y te orientaste hacia el bar de la noche anterior. Pero antes verificaste que tu nave no hubiera desaparecido. Ahí estaba intacta. Ni siquiera te molestaste en abrir la cajuela para checar que todo estuviera en orden. Sabías que encontrarías la merca en su lugar. “El cadáver” se llamaba. Abriste la puerta, no había nadie excepto el limpiador, que pasaba su jerga en la sangre. “Vestigios de mi proeza”, reflexionaste.

En uno de los rincones del antro distinguiste un cuerpo inerte, pensaste que era tu víctima, lo pateaste violentamente y al mismo tiempo te doblaste de dolor. Al voltearse el cuerpo le viste la cara. Te reconociste.

Arnulfo sintió que su cuerpo se desintegraba para formar parte del espeso humo del antro. Sólo alcanzó a decir un “ya ni modo, ya me llevó la chingada”, mientras se oía lejanamente la música que emanaba de la rockola: “all we are is dust in the wind…”.

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Raymundo

Enorme!

Rubén

Excelente relato

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