Tiempo prestado (II)
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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No tardó en arrepentirse de ese comentario. Al día siguiente todos sabían que él era alcohólico.

Lectura: ( Palabras)

Ya habían circulado unas cuantas chelas y jaibolitos, pero Neto se resistía a ingerir una sola gota. El ambiente se iba cargando de la estupidez característica de los borrachos que, vista desde los ojos de un abstemio, carece de sentido. O se está colocado y se disfruta o uno se hastía. Eso sí, él sabía que a partir de esa hora todos los comentarios dichos entre ellos se revestirían de un halo de profundidad solo perceptible para los iniciados etílicos. Era medianoche. Tenía dos opciones: O emprender la retirada cual ceniciento de segunda o quedarse y coquetear un poco con sus antiguos demonios.

–Dame una cerveza pues, y deja de molestar–dijo finalmente.

En ese momento todo el mundo se calló y Neto sintió cómo todas las miradas se clavaban en él. Nadie salió en su ayuda. Por el contrario, todos ansiaban ver caer las primeras gotas de la cascada amarilla y espumosa en su boca. Ni siquiera disimularon. Tras el primer trago todos lo aplaudieron como si hubiese realizado una hazaña. Ese fue el principio del fin.

Al día siguiente, cuando se despertaba, se sentía doblemente mortificado por haberse emborrachado la noche anterior y por los recuerdos que tan pronto despertaba lo volvían a asaltar. 

Cristina pensó que con el nacimiento del niño, él volvería a sentar cabeza, pero al cabo de un año se convenció de que no tenía remedio y, en uno de sus escasos momentos de lucidez, le pidió el divorcio. Neto ni siquiera intentó disuadirla. Le parecía poco digno recurrir a las típicas mentiras de “voy a cambiar, te lo prometo”, “no puedo vivir sin ti” porque, en el fondo, consideraba que ese divorcio no sólo era su castigo  por sus excesos etílico-festivos, sino también parte de su penitencia, por el simple hecho de haber callado sobre lo que él bien sabía.

Ella nunca lo abandonó totalmente. Desde el mismo momento en el que firmaron la separación, se inició entre ambos una relación cordial en la que cada uno conocía sus derechos y deberes y nunca pretendían rebasar sus posiciones. De esta forma, Neto podía, siempre que fuese sobrio, visitar a su hija cuando quisiese  e incluso, algunos fines de semana,  podía quedarse a dormir con acostón incluido. A cambio, él no solo debía mantenerse presentable sino que, una vez que consiguió un trabajo estable en un bufete de abogados, debía pasarle una cantidad de dinero que podría variar en función de los ingresos y necesidades de cada uno.

En realidad, esta cantidad no le hacía falta a Cristina que, una vez que se hubo divorciado, no dejó de recibir la ayuda de sus padres, quienes nunca habían aprobado su matrimonio. Pero Neto no sólo sabía que debía cumplir con su obligación, sino que, intuitivamente, asociaba el luchar por su hija con su redención. Y así fue como, poco a poco, empezó a abandonar los garitos de perdición donde había pasado días enteros para poder estar con su prole. Así consiguió volver al punto de arranque y sólo beber los fines de semana. Sin embargo, las sesiones de alcohol, drogas y putas ya no le divertían. Cada vez aguantaba menos con la copa en la mano y también menos en la cama. Al final concluyó que con quien mejor se lo pasaba era con su propia familia,  por lo que casi todos los fines de semana se la vivía ahí, en la que fuera su antigua morada. Había conseguido una cierta estabilidad. De hecho la suerte le sonreía, ya que en poco tiempo había conseguido un buen aumento merced a sus buenos oficios y, pese a lo que había imaginado en sus años de carrera, descubrió que el litigio también le gustaba. Todo parecía volver a su cauce hasta que su pasante se enteró de que él era alcohólico. Fue tras ganar un juicio. El empresario estaba tan contento que pidió a los abogados que le acompañasen a comer y, de paso, les daría el cheque correspondiente al último pago debido. Como tenían el encargo de cuidar “muy mucho” a ese cliente, pues no sólo había dejado ya una importante cantidad con este juicio, sino que se esperaba que lo hiciesen fijo, amén de que conocía a gente muy importante que podría sumarse en el futuro a la cartera de clientes del bufete, aceptaron gustosos la invitación.

Nomás llegar al restaurante donde lo conocían de toda la vida, el empresario pidió tres tequilitas dobles con sus respectivas sangritas. En ese momento, Neto negó la bebida.

–No me dirá licenciado que no me va a acompañar.

–Verá don Agustín, no puedo beber alcohol –dijo Neto.  

–Pues usted se lo pierde.

–No insista licenciado –terció el pasante que los acompañaba–. Está claro que la señora de mi compañero no le da permiso para beber. Ella dice que él está todavía muy chico para eso.

El empresario rio gustoso la ocurrencia del pasante, mientras que a Neto el comentario le sentó como una patada en los huevos.

–No es eso –respondió airado Neto–. Lo que pasa es yo ya no quiero beber. Digamos que llené el tanque demasiado rápido y ahora estoy haciéndolo carburar. 

No tardó en arrepentirse de ese comentario. Al día siguiente todos sabían que él era alcohólico. A partir de ese momento, y sabiéndose que había conseguido la chamba por la amistad que tenía con uno de los socios del despacho, todo se torció nuevamente para Neto. Simulaba no darse cuenta de lo que se decía a sus espaldas, pero cuando llegaba unos minutos tarde no faltaba el graciosito que se ponía detrás simulando estar bebiendo. Otro de los síntomas que reflejaban su creciente impopularidad eran los repentinos silencios incómodos que se generaban a su paso.

Fue durante la Convención Anual de la OIT, cuando sus “compañeros” decidieron tenderle la trampa. Su jefe y amigo se fue, como todos los años, a Ginebra en el mes de junio como representante de la patronal. La convención duraba 2 semanas, pero éste aprovechaba la ocasión para tomarse las vacaciones nomás terminar la convención y recorrer las europas. Sin embargo, unas semanas antes decidieron trabajarlo un poquito para que no se oliera la jugada. Volvieron a ser amables y comunicativos con él e incluso lo alabaron públicamente por su fuerza de voluntad y su capacidad para abandonar la bebida.

Lo habían conseguido. Ahí estaba, como en sus mejores tiempos haciendo el ridículo con aquellas teorías histórico-literarias que no interesaban a nadie y que sólo él consideraba “profundas”. Sin embargo, después  de un momento de satisfacción ante la meta alcanzada, los participantes cómplices empezaron a aburrirse de su propia obra y emprendieron el camino de la retirada. El anfitrión estaba condenado a seguirlo escuchando.

Con lo que nadie contaba era con que Neto, al quedarse sólo y sin más bebida que una chela, iba a emprender a su vez la retirada conduciendo su propio coche. No es que les importara la vida de Neto, pero temía que si su jefe se enteraba de la fiestecita, tomase represalias. Sobre todo si Neto terminaba herido o moría.

En un principio, todavía era un poco consciente de su grado de embriaguez por lo que no quiso pisarle fuerte, pero tampoco quería despertar las sospechas de los policías por ir muy lento. Consiguió llegar a una gasolinera donde cargó el tanque y se tomó un café para mantenerse despierto. Tras entrar en un vomitivo baño en el que, a pesar de los olores a heces no lavadas, logró mear, decidió que quería ir a Tequesquitengo a echarse un baño desnudo, ante la mirada de la luna llena, como hacía cuando era joven.

Al salir del D. F., empezó a sentir una modorra que atribuyó al hecho de que no había comido. Al poco tiempo empezó a cabecear y fue entonces cuando llegó a Tres Marías, donde se detuvo para entrar en una fondita para camioneros que abría las 24 horas del día y que se caracterizaba por tener unas deliciosas quesadillas de flor de calabaza y huitlacoche. Entró, pidió la comida y, para seguir con la fiesta, decidió beberse un cuartito de ron. Pagó, dejó una generosa propina y se subió al coche de nuevo.

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