El libertador encadenado (IV y última parte)
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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Al principiar el tercer día de mi cautiverio, oí una voz al otro lado del cristal.

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Lectura: ( Palabras)

En esta ocasión tuve que ir con la verdad por delante. Mi foto ya había aparecido en algunas revistas económicas e incluso me habían dado el premio empresario del año por lo que ya no podía ocultar mis intenciones. Pactamos tres años de financiación y otros tres en los que recuperaría mi inversión y, previsiblemente, me embolsaría un buen dinero. A algunos de los trabajadores no les gustó mucho la idea de hacerse cargo de sus destinos, pero los buenos resultados que estaban obteniendo mis anteriores empresas y los altos salarios que cobraban todos les hizo cambiar de opinión. A los pocos días de firmar el contrato, recibí la tercera y última misiva. En esta ocasión fue al final de una jornada laboral, antes de cerrar con llave mi propio despacho. Esta vez el tono de refrán popular y las amenazas veladas desaparecieron para ser sustituidos por un coloquial y temible: “¡La has cagado! Esta vez vamos a por ti.” Por supuesto no pensaba dejarme atrapar así como así. Fui a la policía con la carta y con los mensajes anteriores, pero no me hicieron ni caso. En principio, no se podía considerar que fueran obra de un grupo terrorista ya que no me pedían impuesto revolucionario alguno, y viendo que las anteriores veces no había pasado nada, pues entonces seguramente la historia se repetiría y lo más probable es que se tratase de uno de esos graciosos cobardes que ladraban en el anonimato, pero nunca se atrevían a dar finalmente la cara.

—Entiéndalo don Prometeo, estamos desbordados de trabajo y no podemos atender las amenazas de un simple bromista.

—O sea que si no hay sangre no hay ayuda.

—Entiéndalo, cualquiera pudo escribirle esa nota incluso usted mismo…

Ese último comentario colmó mi paciencia. Salí soltando todo tipo de improperios contra nuestras autoridades. Me subí en mi coche y emprendí la ruta a casa. Metí el coche en el aparcamiento, pero no pude aparcarlo porque, como de costumbre el gilipollas del portero había dejado el contenedor en mi plaza. Me bajé para retirarlo cuando sentí un golpe en la cabeza que me hizo perder el conocimiento. Me desperté en un zulo diminuto acostado en un colchón que hacía tiempo había rebasado los doce años de uso recomendados por los fabricantes. Estuve un par de días en la más absoluta penumbra. Salvo el móvil, conservaba todos mis enseres; entre ellos mi reloj luminoso. Lo más que podía hacer era caminar despacio de un lado a otro de la diminuta habitación en la que me encontraba. Parecía un legionario con ese paso tan cansino que tienen en los desfiles, pero era la única forma de no tropezar o chocar contra las paredes.

Al principiar el tercer día de mi cautiverio, oí una voz al otro lado del cristal.

—Pensábamos matarlo Prometeo, pero eso no sería suficiente.

—¿Porqué?

—Y aún lo pregunta. Por tratar de subvertir el orden establecido.

—Eso sin contar con su insistencia en averiguar las cosas de los demás —dijo una voz que me sonó familiar.

—No le he divulgado a nadie el secreto del hijo que tuvo con su secretaria, don Agustín.

—Eso da igual —replicó la primera voz. Lo grave es que lo sabe y ahora hay que hacer olvidar esa relación y hacer desaparecer a ese hijo. Aunque eso no es nada en comparación de su apoyo a ese aparato tan revolucionario que pretende sacar al mercado y sus ideas acerca del trabajo.

—¿A qué se refiere?

—Si su aparato sale al mercado decenas de empresas que viven de chupar y analizar la sangre se irán a pique. ¿Qué les dirá entonces a esas enfermeras? ¿Qué el progreso no tiene frenos? ¿Qué ahorrarle un pinchacito a los pacientes vale más que el trabajo de ellas? …

—No sea hipócrita. ¿Desde cuándo le importa la situación de los trabajadores? Hasta ahora, yo siempre he salvado los puestos de trabajo, no como ustedes que huyen al primer boquete del barco.

—Nosotros somos respetuosos con las reglas del juego. La situación de los trabajadores no nos importa. Lo que no podemos es permitir que se devalúe la importancia de la hemoglobina, así como no podemos dejar que un motor de agua destruya nuestra economía basada en el petróleo ¡La sangre es vida!, ¡la sangre es poder! Afortunadamente, no todos los hombres son como usted. En estos momentos uno de nuestros agentes ya está cerrando el trato con el inventor para hacerse con la patente, lo que nos permitirá guardarlo en un almacén. El aparato en sí mismo no es tan grave como su ridícula pretensión de dejarles a los trabajadores la empresa. De hecho, podríamos haberlo matado y hacer de usted un héroe del proletariado, pero su imbécil altruismo fue la gota que colmó el vaso. Si el invento saliera al mercado y triunfara, como es previsible, la noticia de que un empresario millonario les dejaba a sus empleados la explotación de un artilugio que les devengaría miles de millones daría la vuelta al mundo. Peor aún, su comportamiento y el modelo de gestión de esa cooperativa pasaría a ser motivo de estudio en las principales escuelas económicas del mundo.

—-¿Y qué? Algunos yuppies aprenderían que no todo es beneficio y productividad en esta vida.

—Usted induce irresponsablemente a los trabajadores a pensar que pueden regir sus vidas. Desde siempre han existido los amos y los esclavos y si bien las luchas sociales y los cambios han exigido hacer cada vez más sutil esa línea y permitir que cada vez más esclavos la traspasen para convertirse a su vez en amos; lo que no se puede tolerar es su absurda pretensión de liberar a todos los esclavos a la vez. ¿No ha pensado acaso en las depresiones que ocasionará en ellos una vez que ya no tengan pretextos para justificar la mediocridad de sus vidas? Una vez que ya no tengan a un jefe hijo de puta al cual echarle todas las culpas.

—Tendrán todo el resto de su vida para pensar en lo que quieren hacer de verdad sin amargarse por tener que aguantar a unos imbéciles déspotas. Ya no habrá que hacerle la pelota a un gilipollas como usted Agustín. ¿Cómo fue lo de Susana? ¿La enamoró o peor aún, la violó?

—¡Cállese! —sentenció la primera voz. Lo peor de todo es que si los trabajadores tienen éxito acabarán pensando que no necesitan líderes a los cuales votar y seguir. Dejarán de tener miedo y empezaran a replantearse todo. ¿Se ha dado cuenta de la revolución anárquica que está originando? ¿Vislumbra acaso el caos que se puede desarrollar por un simple efecto dominó?

—¿De qué tienen ustedes miedo? Todas las teorías anárquicas e igualitarias han fracasado irremisiblemente. Además, las cooperativas no son un invento mío. Existen en todas partes.

—Sí, pero usted está institucionalizando lo que normalmente debería ser una simpática excepción que justificase las reglas del sistema. A través de esta empresa, usted está mostrando un nuevo camino a seguir. No tardará, si no paramos esto de tajo, en aparecer un verdadero magnate que se sume a su capitalismo igualitario. Lo peor de su rebelión es que la está haciendo con buen rollito, sin imponer nada a nadie, sin ni siquiera subvertir ninguna ley. Por eso no podemos permitir que siga, su labor es demasiado seductora.

—Bueno, y si no me van a matar, ¿qué van a hacer conmigo?

—Su castigo será la maldición de Casandra.

En ese momento vi un destello del otro lado del cristal. Era la primera luz que veía en días. Una puerta se abría para dar paso a dos hombres fortachones que venían por mí. Comprendí que debía hacer algo o estaría perdido. Mientras que ellos iban abriendo la puerta de mi zulo cogí impulso y me lancé hacía el cristal que rompí sin ninguna dificultad. Tras aterrizar del otro lado me lancé hacia la puerta y empecé a trepar por unas escaleras que me condujeron derecho a una salida de emergencia. Mis persecutores me estaban dando alcance, pero logré neutralizar a uno de ellos aventándole con todas mis fuerzas la puerta a la cara tras salir. Ya en la calle eché a correr a una avenida ancha  como pude ya que el repentino contacto de la luz me cegaba. Estaba en un polígono industrial, pero tuve suerte porque vi del otro lado una comisaría.

Entré con la cara arañada y goteando sangre y me acerqué al oficial con el que ya había hablado días atrás. Le referí mi secuestro y todo lo que había oído de la conspiración. De pronto noté que el oficial le hacía una seña a su ayudante y me paré en seco en mi discurso. Algo no cuadraba, no estaba en la misma comisaría de la otra vez por lo que el oficial no debía estar aquí. Fue entonces que comprendí que no había hecho más que meterme en la boca del lobo. Con razón mi fuga había sido tan sencilla. Todo había sido planeado para que yo llegara en un estado lamentable hasta la comisaría y pareciera a los ojos de los demás como un orate. El oficial no estaba ahí por casualidad…

—Para que veas que el dinero no hace la felicidad —dijo el doctor al interno. ¿Ves ese paciente de ahí? Consiguió una fortuna en un juego de azar, lo que no impidió que un buen día se le cruzaran los cables y arrojase a una antigua amante desde una altura de 30 metros. Aparentemente le molestó que ella lo echara de su casa en la mañana, después de una noche de juerga. Lo curioso del caso es que la arrojó a través de la ventana cerrada. Es decir empleó el cuerpo de ella para romper el cristal en lugar de abrir la ventana.

—¿Tenía algún familiar la víctima?

—No que se sepa. Por cierto, el paciente no permite que se le haga ningún tipo de analítica de sangre y recela de cualquier trozo de papel escrito a mano. Hay que tener mucho cuidado cuando se habla con él, pues tiene un discurso muy convincente a través del cual enzarza todas sus fobias y esquizofrenias como si se tratase de lo más normal del mundo. Está convencido de que una organización secreta y mundial, o más bien una especie de dios vengativo, lo quiere dañar. Se desespera mucho cuando se da cuenta de que su interlocutor no cree en sus palabras.

—¿Hay alguna forma de saber cuándo desvaría y cuando dice la verdad?

—Usted y yo sabemos que las grandes conspiraciones no existen, ¿no? Pues eso. 

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