Dimes y diretes del viejo continente
Fulvio Vaglio Bertola
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Al otro extremo geopolítico de la Unión Europea se está librando otra batalla: el gobierno italiano de Mario Draghi ha aprobado una ley que castiga la discriminación contra las minorías LGBT.

Foto: orgulloLGBT.con.
Foto: orgulloLGBT.con.

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La escaramuza relevante de esta semana se ha encendido en el frente LGBTQI+. La nueva legislación aprobada por el parlamento húngaro ha empezado a producir sismo en la Unión Europea: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la ha llamado “una vergüenza”; su predecesora Angela Merkel ha comentado que la ley anti-LGBTQ “es incompatible con lo que yo entiendo por política” y el primer ministro holandés Mark Rutte ha ido más allá: de seguir con la política homofóbica actual, Hungría “dejaría de tener un lugar en la Unión Europea”. La respuesta de Viktor Orbán ha sido tan pronta como predecible: la Unión Europea, lejos de amenazar los países miembros, debería admitir estados nuevos (léase Turquía y posiblemente Bielorrusia), so pena de “desintegrarse” si no lo hace.

¿Qué hay de nuevo en la última ley pergeñada por el inefable defensor del nacionalismo occidental cristiano? Prohíbe que la escuela y los medios accesibles a los jóvenes representen sexualidades alternativas; es otro clavo en el ataúd del liberalismo ideológico, un largo camino que Orbán había emprendido después de su reelección en 2010, que alzaba a precepto constitucional la familia heterosexual, prohibía el aborto, el matrimonio homosexual y la adopción por parte de parejas del mismo sexo y, en un sentido más amplio, también preveía el control directo del estado sobre la Academia nacional de las artes.

Viktor Órban
Viktor Órban (Foto: T-Online).
Angela Merkel y Mario Draghi
Angela Merkel y Mario Draghi (Foto: BBC).

Otros clavos se multiplicaron después de 2017: la pretensión de sustituir la “democracia liberal” por un “estado liberal” según el ejemplo ruso, turco y chino; la mordaza a voces disidentes en la magistratura; la reducción de los derechos sindicales (la “ley de esclavitud” de 2018 y las protestas populares que la siguieron) y el rechazo a la cuota de inmigrantes prevista por la Unión Europea. En estos intentos, Orbán no estaba solo; casi siempre encontraba el favor del grupo de Visegrád y siempre el de Trump y sus representantes en Europa. Así que nada de “último clavo” en el ataúd liberal: una vez que empieza a rodar por el terreno escarpado de la represión, la bola de nieve es imparable.

Al otro extremo geopolítico de la Unión Europea se está librando otra batalla: el gobierno italiano de Mario Draghi ha aprobado una ley que castiga la discriminación contra las minorías LGBT; el Vaticano intentó meter su cuchara, con el único resultado (hasta ahora) de que el primer ministro, católico practicante en lo personal, le ha recordado al Papa que Italia es una República laica e independiente de la Iglesia: el concordato de Letrán entre Mussolini y Pío XI fue sólo eso, un pacto de diplomacia internacional, no un acto de fe.

Pero, debajo de la superficie ideológica, hay un proceso de fracturas y recomposiciones económico-políticas. Una anécdota más. Hace unos días, Lituania ha amenazado con construir un muro en la frontera con Bielorrusia. Un muro de este tipo existe al menos desde 2013; lo novedoso es que, en las circunstancias de hoy, el gobierno lituano acusa a Bielorrusia de organizar movimientos migratorios a gran escala desde países asiáticos y medio-orientales, a través de Turquía, concentrándolos en la frontera con Lituania. Por eso la Primera Ministro lituana ahora promete construir una barrera adicional y armarla con personal militar.

frontera bielorrusia y ucrania
frontera Lituania y Bielorrusia

Aleksandr Lukashenko ha contestado con sarcasmo que su país “no bloqueará a los migrantes, que no vienen aquí para quedarse con nosotros, sino para ir a la ilustrada, cálida y confortable Europa” (Bielorrusia no es parte de la Unión Europea, pero Lituania sí). No es difícil relacionar esta crisis con el vuelo de Grecia a Vilnius, desviado por aviones militares bielorrusos el 23 de mayo y obligado a aterrizar en Minsk para permitir la detención del disidente Román Protasévich: un acto denunciado por la comunidad internacional como “piratería aérea”, que demostraría el sentido de impunidad del “último dictador europeo”.

El cinismo de Lukashenko nos recuerda la defensa que hace casi un año hizo Putin del intento de asesinato de Alekséi Navalny. Hay trasfondos nuevos: según el periodista independiente Leonid Ragozin (ruso, pero auto-exilado a Letonia), Putin está preocupado por el posible descalabro de su partido en las próximas elecciones parlamentarias del 19 septiembre: según algunas encuestas, Rusia Unida ha bajado a un nada prometedor 27 por ciento con respecto a las elecciones presidenciales de hace tres años. Por eso Putin estaría mostrando a su base la cara cínica y populachera de un Trump ruso; minimizando el incidente en el Golfo de Crimea del 23 de junio, cuando aviones rusos amenazaron el HSM Defender, Putin dijo que, aunque hubieran hundido la nave británica, nada hubiera pasado porque Occidente no está listo para una guerra contra Rusia: un ejercicio de chutzpah similar al de Lukashenko (y de Trump), con las mismas motivaciones y el mismo propósito.    

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