Desandando los pasos del Che. Parte II
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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Encaminó sus pasos hacía él lentamente. Era su amigo y quería despedirse como Dios manda. Sin rencores. Quizá nunca lo volvería a ver.

Lectura: ( Palabras)

En la segunda parte del día o más bien dicho en la noche, los jóvenes salían en busca de una fiesta. La primera vez se colaron directamente. Sabían por su primo segundo que en aquellos lugares donde oliera a pino, había una tarima para el baile recubierta de hojas de dicho árbol.  No obstante su primera incursión casi acaba mal cuando uno de los asistentes, ya borracho, se acercó a ellos y dijo en tono amenazador.

—¿Qué pasó capitalino? ¿Vienes a ver cómo nos divertimos?

—Sí. ¿Pasa algo? dijo Cerillo al que le encantaban las broncas.

—Además ¿quién los invitó?

Ante esa pregunta ambos muchachos se quedaron callados. La música de la tambora había desaparecido de pronto y se empezaba a formar un coro rodeándolos.

—Fui yo— dijo de pronto una hermosa muchacha que no conocían de nada. Son los primos de Esteban que están de visita.

—Y yo también— confesó la amiga de esta al tiempo que rodeaba el cuerpo de Cerillo.

La tambora volvió a tocar y, pese a que las explicaciones de las muchachas no eran muy creíbles.

Aquella noche bailaron pegados horas enteras. Al día siguiente volvieron a quedar para ir al cine y el martes fueron juntos a conocer la iglesia de Santo Domingo. Al cabo de dos semanas, Enrique y Guadalupe ya eran novios, mientras que Cerillo y Alejandra, al cabo de un mes, no pasaban de primera base. Un día Cerillo se sinceró con Enrique:

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—Divirtiéndonos un rato antes de continuar el viaje.

—Dijimos que estaríamos una semana y proseguiríamos el camino.

—Los planes están para cambiarlos

—No me jodas. Lo que te pasa es que Guadalupe te tiene sorbido el seso y ay se te olvidó el resto.

—Es cierto, compadre. Pienso pedirle matrimonio.

—¿Qué? ¿Estás leyendo las pendejadas que estás diciendo?  

—-¿Cuál es el problema? Es una muchacha recatada, hija de una importante familia de la región con tierras…Ni siquiera mi padre se opondrá.

—Y ¿qué será de tus estudios? ¿De tu carrera? ¿De tus deseos de viajar a Europa?¿Lo vas a dejar todo para convertirte en agricultor?

—Puedo ejercer tanto aquí como en el D.F. Es más, seguro que aquí me cuesta menos levantar mí despacho si me recomienda mi futuro suegro. Y en cuanto a lo de viajar, con la lana de mi familia política no tendré impedimento alguno para hacerlo.

— ¿Estás seguro de que Guadalupe no te ha entolbachado?

—No digas pendejadas.

—Bueno. Entonces ¿qué? ¿ya no quieres seguir el viaje?

—No es eso… es que…

—Déjalo. Está claro que no hay nada que discutir.

Cerillo, respiró hondo y cerró los ojos al tiempo que acercaba sus dedos pulgar e índice al tabique nasal. Al cabo de un tiempo, levantó su cabeza y dijo con resolución.

—Mira, Enrique, no voy a discutir contigo. Haz lo que quieras. Pasado mañana cojo mis bártulos y prosigo el viaje. Si quieres venir conmigo bien. Si te quieres quedar, te deseo la mejor de las suertes en tu empresa y que seas feliz. 

Pasaron los dos días acordados sin que Enrique y Cerillo volvieran a hablar. Finalmente llegó la mañana de la despedida.

—Buenas doña Rosenda, ha visto a Enrique— preguntó Cerillo.

—Sí. Me dijo que se iba a fumar un cigarro afuera y que ahora volvía.

Cerillo prefirió irlo a buscar para poder despedirse de él a solas.

Salió a la calle toda empedrada que reflejaba los rayos del sol matutino. Vio hacía ambas partes y no encontró a su amigo. No fue sino hasta el segundo vistazo que vislumbro una forma delgada a lo lejos, apoyada contra la pared y que resultó ser Enrique. Encaminó sus pasos hacía él lentamente. Era su amigo y quería despedirse como Dios manda. Sin rencores. Quizá nunca lo volvería a ver. Iba despacio, cómo pensando en las palabras justas que debería emplear. Enrique aún no lo había distinguido. De pronto sintió un fuerte empellón que casi lo saca de la acera. Apenas pudo ver con el rabillo del ojo al señor que con tan malos modales lo había rebasado. Por un momento pensó en buscarle bronca, pero sabía que debía respetar a sus mayores aunque éstos tuviesen tan mala educación como en el caso presente. Pero además, había otra cosa que le intrigaron desde que lo oteó ese breve instante. Sabía que conocía a ese señor, pero ¿de qué? Por su parte, el hombre adulto seguía su marcha a grandes zancadas cual toro que se dirige al capote. No fue sino hasta que estuvo al lado de Enrique que detuvo el paso. Cuando le propinó a Enrique sendos bofetones, recordó a don Jacinto; el padre de su amigo.

—Se viene ahora mismo conmigo al D.F. chamaco pendejo. Y tú también Cerillo.

— Ud. no me puede obligar. Soy mayor de edad y puedo ir a donde quiera.

—Tengo una orden del presidente de la república para que, si no quieres venir conmigo en coche, te lleven a rastras en un tren militar.

Cerillo demostró su inocencia y creyó íntegramente al progenitor de su amigo. Recordó entonces las 40 horas pasadas a la ida y optó por volver a México. Enrique, por su parte, ante el golpe de realismo patriarcal olvidó sus deseos de aventura e incluso dejó de pensar en su amada Guadalupe. Ahí se acabaron los sueños de recorrer el continente y realizar la futura revolución de ambos amigos. No obstante, ese día se salvó su amistad.  

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