Desandando los pasos del Che (parte I)
Juan Patricio Lombera

El viento del Este

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Su objetivo era recorrer por cualquier medio los países del continente hasta llegar a la Patagonia y volver a tiempo para el inicio del curso escolar un año después.

Ernesto Guevara (derecha) con Alberto Granado (izquierda) a bordo de su balsa "Mambo-Tango" en el río Amazonas en junio de 1952 (Foto: Wikipedia).
Ernesto Guevara (derecha) con Alberto Granado (izquierda) a bordo de su balsa

Lectura: ( Palabras)

Cerillo y Enrique habían decidido recorrer toda Latinoamérica, emulando a su héroe el che Guevara, pero en sentido inverso. En realidad, la idea no había sido de ellos sino de su amigo Neto, quien también estaba estudiando la carrera de derecho en la UNAM. A la hora de la verdad, Neto se rajó. Peor para él, pensaban los dos amigos. Ya lo lamentará cuando regresemos a México llenos de experiencias qué contar. Su objetivo era recorrer por cualquier medio los países del continente hasta llegar a la Patagonia y volver a tiempo para el inicio del curso escolar un año después. Por supuesto, tendrían que trabajar en lo que se presentase y ya verían donde dormirían.

La primera parte del recorrido ya estaba cubierta. Se irían en un tren de mercancías a San Cristóbal de Las Casas donde se quedarían en casa de unos tíos lejanos de Enrique descansando. De ahí partirían a Guatemala; el lugar donde propiamente empezaría la aventura. Las cuarenta horas del viaje; la mayor parte de pie o arrumbados en unos tablones incómodos, fueron el primer contratiempo en su nueva vida. Sin embargo, qué importaban unas cuantas incomodidades cuándo les esperaba las mujeres más bellas del continente, los lugares más recónditos y hermosos de la geografía latinoamericana y las aventuras más emocionantes.

Tan pronto llegaron, se dirigieron a la calle Simojovel donde residían los tíos de Enrique que regentaban un hotel. Enrique conocía la dirección de una antigua carta de felicitación que los tíos segundos habían mandado a su padre, con motivo del nacimiento de su hermano Ernesto. Temía que se hubiesen mudado, pero estaba convencido de que no tendría problema alguno en encontrarlo si seguían en esta ciudad. Era en aquel entonces San Cristóbal de las Casas, una pequeña población de no más de 32 mil habitantes bastante aislada. La carretera que la comunicaba con la capital del estado era más que peligrosa; sobre todo a la bajada en que se podía ver el precipicio durante todo el camino. Además, aquellos que no estaban acostumbrados a este camino invariablemente terminaban mareándose. Las casas de dos techos y tejas rojas eran únicas en toda la república y todas las mañanas amanecía envuelta en una densa niebla. El clima a tres mil metros de altura, era de lo más variable. Tan pronto hacía sol se podía salir en camiseta, pero si una sola nube tapaba el astro, entonces era necesario ponerse un suéter. Eso sin contar con las constantes lluvias.

Lejos de levantar suspicacias, la llegada de los muchachos fue motivo de alborozo entre aquellos lejanos familiares. Oficialmente, querían conocer algunas de las maravillas naturales del Estado y por eso habían hecho tan largo viaje.

 —Me parece una decisión muy acertada. Ya va siendo hora de que este Estado deje de estar en el último rincón de la patria. Con solo decirles que aquí no llegó la revolución. Ya veo que les parece que hablo en chino por la cara que han puesto. Lo que pasó es que un grupo de oligarcas se hicieron pasar por revolucionarios para hacer como que la hacían, pero al final siguen habiendo grandes latifundios y los indígenas viven en condiciones miserables. Esa es la cruda realidad, muchachos.

—Tío, verá. El caso es que nos quisiéramos quedar un buen rato en el Estado y visitar todos los rincones, pero lo cierto es que no tenemos mucho dinero por lo que hemos pensado combinar nuestra visita con el trabajo para poder prolongarla. ¿No nos podría ayudar a conseguir algo?

—No sé qué le enseñan en la Universidad, pero desde luego sí sé qué pensaría mi primo si nos les ayudo en este trance. De trabajar nada. Yo les dejo para su visita y ya luego me ayudan un poco a hacer arreglos aquí en el hotel. ¿Juega? 

Juega, dijeron entusiasmados y al unísono los dos muchachos.

A partir de ahí empezó una estancia en la que los días se dividían en dos. Por la mañana, los jóvenes salían a conocer Chiapas, ya fueran las poblaciones indígenas de Tzinacantán o San Juan Chamula o parajes naturales. La visita a las comunidades indígenas resultó todo un acontecimiento para los dos muchachos. No se podían tomar fotos, pues consideraban que les robaba el alma dicho acto. En esas poblaciones, el PRI siempre ganaba con el 100% de los votos. Aquel que no votase por el partido ya podía ir haciendo el petate y largarse. Por otra parte, al margen de los políticos electos “democráticamente”, existía un consejo de ancianos que se ocupaba de diversos aspectos de la vida de la ciudad como los preparativos de las fiestas o, en algunos casos, la impartición de justicia. Lo mejor, sin embargo, estaba por venir. Dentro de la iglesia se podían ver las tradicionales imágenes de santos, pero también curanderos haciendo una limpia con una gallina a la que degollaban al final de la ceremonia: por supuesto, también estaba presente la botella de posch; bebida de indefinible pero muy elevada graduación alcohólica a la que de cuando en cando echaban un trago para luego escupirlo. El suelo estaba lleno de paja y había un fuerte olor a incienso. Cerillo consideraba la religión como una gran mentira para mantener al hombre asustado y, por ende manso. Alababa el hecho de que la revolución hubiese prohibido hablar de política a los curas ya que, según él, el estado no podía coexistir con la iglesia si esta tenía voz y voto. Por todo ello le gustó saber que en aquellas poblaciones no podían entrar los curas.

—Durante la guerra de castas –explicó Eustaquio, el tío segundo–, los curas apoyaron a los criollos. Por eso los indígenas les prohíben la entrada al pueblo y practican un sincretismo religioso, mezcla de la religión católica, mezcla de las creencias precolombinas.

Enrique, por su parte, también se las daba de ateo en aquel entonces, pero más que nada para escandalizar a sus compañeras de clase e ir a tono con la época. Años después, tras caerse de un risco a gran altura y salir completamente indemne del mar, sintió la voluntad divina y volvió a la fe. Sin embargo, en ninguno de los dos casos, tanto en su fase de ateo como en la de creyente mantuvo posición histérica alguna. Ni era un jacobino come curas ni fue nunca un convertidor de almas. Respetaba las creencias de cada uno.

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