Aristóteles y El Talibán
Fulvio Vaglio Bertola
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Es cierto: Occidente es responsable por haber ilusionado y luego abandonado a su suerte a las mujeres afganas (y a los hombres también). Pero mucho más lo es el colonialismo viejo…

Foto: Muro Político.
Foto: Muro Político.

Lectura: ( Palabras)

En la teoría dramática de los tres actos –atribuida con algunas discusiones a Aristóteles – el Tercer Acto es el del conflicto final, de la resolución definitiva, de la némesis que se cumple y arrastra al protagonista a su destino trágico; protagonista que acepta su responsabilidad y su castigo. La idea es que público y personaje, juntos, aprendan la lección. Queda por ver si es cierto.

Desde el pasado domingo 15, cuando los noticieros de todo el mundo anunciaron que el Talibán había arrollado todas las defensas y marchaba sin oposición sobre Kabul, los políticos norteamericanos y los medios que les dan voz se han enfrascado en el juego de pasarse la culpa y de aprender lo menos posible.

kabul caos aeropuerto
Foto: El País.

Hasta la semana pasada, la intención de Biden había sido presentarse como el salvador del orgullo nacional comprometido por los errores de la administración Trump. Confiando en los reportes de sus servicios de inteligencia, según los cuales aún faltaban semanas antes de que Kabul cayera, había preparado un plan de evacuación ordenado y con toques de altruismo. Cada declaración de Biden era una patada a la retórica trumpiana del América First; el mensaje era: no es necesario sacrificar a nadie; hay tiempo y recursos suficientes para evacuar a nuestros soldados y también a nuestros amigos (intérpretes y colaboradores afganos de los últimos veinte años, con sus familias); nuestros aliados (Unión Europea, Gran Bretaña, Canadá y Australia) deberían ponerse las pilas y hacer como nosotros.

El castillo de naipes se cayó entre sábado y domingo y la sonrisa cautivadora y optimista de Biden dejó lugar a un rostro cada día más tenso, amargado y hasta rencoroso: “La situación en Afganistán ha evolucionado más rápidamente de lo que creíamos”; “Las fuerzas armadas aganas no han querido luchar y han abandonado sus puestos en una desbandada vergonzosa”; “No me arrepiento de haber ordenado el retiro de las tropas”; “No voy a sacrificar más vidas de jóvenes norteamericanos para proteger a aliados que no quieren ser defendidos”.

Biden y conflicto en Kabul, talibanes
Foto: El Español.

Biden ha intentado recordarle al público que fue Trump quien inició las pláticas de reconciliación con el Talibán y liberó prisioneros que ahora ocupan posiciones de mando en las milicias islámicas; en el mismo tiempo (sin reparar en la contradicción implícita) ha desempolvado el viejo recordatorio que Harry Truman tenía colgando en la Sala Oval: The Buck Stops Here” (“asumo yo toda la responsabilidad”).

En un mero ejercicio de reconstrucción histórica, sería obvia la corresponsabilidad de Trump (y de Obama, y de George W. Bush, y de las agencias de inteligencia militares) en la catástrofe afgana; pero ésta es la arena política, donde la memoria colectiva es lábil y las torpezas –o inclusive la percepción de la debilidad– se pagan. Trump, que en los primeros días había mantenido un prudente silencio, ha vuelto a salir a los reflectores hace un par de días, atacando a Biden por “claramente incapaz” y pidiendo su renuncia y la de sus “empleados”.

Trump y Biden

Los aliados (Unión Europea y OTAN) también se están distanciado y denuncian la “imperdonablemente vergonzosa” desbandada en Kabul. Los detalles de un eventual acomodo futuro todavía quedan indistintos, pero parece que la estrategia provisional es dejar que Afganistán implosione en un hoyo negro del cual ya no salga ninguna información: Pakistán ha cerrado sus fronteras, la Unión Europea está renuente a abrirlas y el Fondo Monetario Internacional acaba de congelar todo préstamo a Afganistán.

Mientras tanto, los medios están explotando el tono melodramático (saben que nunca falla): la BBC acaba de hacer pública la imagen de madres que pasan a sus niños por arriba de la cerca del aeropuerto de Kabul, para sustraerlos a la suerte que les espera en el “nuevo” país.

Más en general, los medios occidentales se concentran en la condición desesperada de centenares de miles de niñas y mujeres, crecidas en un régimen de relativa libertad, si los talibanes vuelven a instaurar su versión radical de la ley islámica. CNN ha reportado el reporte, no confirmado, de al menos una joven asesinada en la calle por no traer puesto el burqa.

mujeres con burka
Foto: World News.
bebé escapando de kabul

Hay pocas (hasta ahora) y loables excepciones: la BBC ha esporádicamente prestado cámaras y micrófonos a mujeres musulmanas involucradas en primera fila en la lucha por la emancipación de género; todas ellas han recordado que, nos guste o no, la sharía no es un invento del Talibán y es compartida, con varios matices –mucho de ellos represivos y machistas– por la mayor parte de los países musulmanes.

Es cierto: Occidente es responsable por haber ilusionado y luego abandonado a su suerte a las mujeres afganas (y a los hombres también). Pero mucho más lo es el colonialismo viejo y muevo que sigue disfrazando sus intereses comerciales bajo el velo de valores humanos eternos e incuestionables. Occidente no quiere, no puede aprender el viejo adagio, impopular, porque parece egoísta: “no te metas donde no te llaman”. Los militares norteamericanos han crecido de nuevo a 6 u 8 mil y van a quedar en Afganistán “el tiempo que sea necesario” para cumplir su misión humanitaria; los contratistas seguirán enriqueciéndose y violando impunemente los derechos humanos de los locales (y mejor si mujeres y niños). Bienvenido a casa, Edipo, guarda tus lentes negros y descansa en paz.

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