Ulises el gran diletante o un Bartleby revisitado
Antonio Tenorio

Innovación, Tecnología y Sociedad

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Perder el tiempo, apuntan los especialistas, lejos de ser negativo, supone en ocasiones un alivio frente al vértigo de la sociedad actual. Perderse en el tiempo…

"Flying Time Painting", James Sewell (Imagen: Pinterest).
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Lectura: ( Palabras)

Ya sea por el tiempo que pasó inmiscuido en asuntos de la guerra. Ya sea por los años que se demoró en volver. Sea por una o por otra, a Ulises le tomó nada menos que 20 años cumplir el ciclo del regreso a casa.

Se diría pues, que acaso al mismo modo en que el propio Homero debió haber dilatado la enunciación de los versos para hacerles ganar en interés, quizá, no puede saberse, pero tampoco descartarse, hubiere un Ulises que demoraba a propósito la vuelta.

Diletante no viene de dilatar, habrá que decirlo de una vez. Mas, quién puede dudarlo, hay una semejanza fonética, un eco sonoro que hace casi inevitable que al diletante se le piense dilatando.

Proveniente de deleite, y no de dilación, tardanza, posposición, el diletante, como sin duda lo fue el gran Ulises, dícese de aquel que conocedor de las artes o aficionado a ellas, según reza el diccionario.

Encuéntrase, entonces, que tal y como el rumor de la fonética indicaba no están, al menos en el caso del navegante que resistió a las Sirenas, tan lejos una cosa de la otra.

el tiempo detrás, procrastinación
Imagen: Behance.

Dilata el que se deleita; de la misma manera que alarga el tiempo aquel que embelesado por la afición a las artes o su práctica, experimenta en lo artístico la experiencia de un tiempo que parece suspenderse.

Mas, imaginarlo retrasando la acción de volver, dilatando lo que le corresponde hacer, no puede, desde esta época que evocar una de las sombras que se ciernen sobre este tiempo: posponer sin mayor razón que posponer.

Fea como pocas, la palabra procrastinar ha salido en pos del lugar que durante mucho tiempo tuvieron “aplazar” o “diferir”.

Tal victoria, que no es fonética, como tampoco visual, se ha erigido a fuerza de que procrastinar se ha levantado como un concepto para explicar lo que en muchos modos es inexplicable: diferir y diferir y diferir.

Procrastinar como imagen de época, como definición de ese perderse en los meandros de un vagabundeo potenciado por los contenidos instantáneos y etéreos de las redes sociales.

A diferencia del origen en “deleite” que tiene “diletante”, hacía ver el New York Times cuando se ocupó del tema, “etimológicamente, procrastinación deriva del verbo en latín ‘procrastināre’, postergar hasta mañana. Sin embargo, es más que postergar voluntariamente. La procrastinación también deriva de la palabra del griego antiguo ‘akrasia’, hacer algo en contra de nuestro mejor juicio”.

procrastinación
Imagen: Schmitman HR.

La periodista científica Gemma Venhuizen, por su parte, publicó hace poco un largo reportaje sobre el fenómeno de la procrastinación, como signo de las particulares huellas de esta época.

No todo mundo puede empezar de inmediato una tarea, advierte Venhuizen, pero está claro, también, que “procrastinar sin freno puede llevar a la muerte”.

Se procrastina la resolución de las tareas, el cumplimiento de los encargos, tanto como se pospone sin que medie ningún objetivo responder mensajes, tomar decisiones, hacer un pago, concluir labores.

En el resorte de este “no hacer” los investigadores sobre el tema, muchos de ellos psicólogos dedicados a estudiar la toma de decisiones y el comportamiento organizacional, advierten una madeja de posibles factores.

Entre estos especialistas se distingue la figura de Piers Steel, académico de la Universidad de Calgary, en Canadá.

No es que antes de Steel las características de esta conducta de la posposición hubiera del todo pasado desapercibida.

the-procrastination equation, book

Empero, la aparición de The Procrastination Equation, el libro que dio a Steel el estatuto de gran especialista, ubicó a la procrastinación como lo que es: una señal del espíritu de una época, antes que un comportamiento meramente personal.

Es ello, precisamente, lo que distingue al procrastinador de la edad digital de la imagen del mítico de personaje de Herman Melville, Bartleby, inmortalizado en el cuento del mismo nombre.

El relato Melville, esencial, por cierto, en cualquier recuento de grandes cuentos el personaje repite una y otra vez la frase “preferiría no hacerlo” ante la petición de realizar sus tareas.

La pulsión negativa o pasión por la nada, como la llamó el escritor español Enrique Vila-Matas, llevó a éste, muchos años después de que Melville publicara su relato, a hacer de Bartleby el emblema del libro que Vila-Matas ha publicado sobre escritores que se han entregado a no escribir.

El extravío en el laberinto del no hacer al que se refiere Steel tiene otras connotaciones. “La procrastinación es un producto de nuestra sociedad del desempeño, llena de ambiciosos objetivos a largo plazo”, señala el académico canadiense.

Herman Melville, Bartleby

“En tiempos prehistóricos, juega a imaginar Steel, había poco que posponer. Alguien, quizá, esperó demasiado antes de recoger bayas o de preparar carne, su comida se echó a perder”, entonces se dio cuenta del efecto de prorrogar una tarea y se sintió mal por ello.

Perder el tiempo, apuntan los especialistas, lejos de ser negativo, supone en ocasiones un alivio frente al vértigo de la sociedad actual.

Perderse en el tiempo, en cambio, dejar de asumir el peso de las responsabilidades en el presente, en cambio, antes que ligereza, supondrá la aplastante constatación de que en el atrás ha quedado nada.

Vacío.

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