Qué esperar de los candidatos
Gerardo R. Herrera Huízar
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Nos enfrentamos a un tiempo inédito, político, social y económico de grandes retos y, sobre todo, de incertidumbre, con muchas promesas, pero pocas esperanzas.

Imagen: Behance.

Lectura: ( Palabras)

El Instituto Nacional Electoral, árbitro de la que se avizora como la madre de todas las contiendas dio el banderazo para el arranque de las campañas que conducirán, indefectiblemente, a la unción de nuevos y flamantes gobernadores, presidentes municipales, alcaldes, diputados federales y demás cargos locales.

Pocas veces en la historia del país, los procesos electorales se habían caracterizado por tan peculiar integración de los cuadros de contendientes, tan conspicuos como, en muchos casos, exploradores de uno de los oficios más antiguos del mundo, suspirantes que abierta y cándidamente confiesan ser neófitos en el tema, pero contar con la iluminación de sus guías promotores.

La pregunta obligada surge cuando reflexionamos sobre las características de los inusuales invitados y el real objeto de tan sui géneris pretensiones, que nos ubica en la muy remota sospecha de que la caballada está sumamente mermada y famélica, pero la tarea debe ser cumplida a como dé lugar: poblar el mapa con lo que haya, que, al cabo, no es la buena y experta gobernación lo prioritario, sino la capacidad de asirse al poder tan sólida y perpetuamente, que le haga inamovible y continuo. ¡Oh aquellos tiempos que creímos idos!

El objetivo, pues, de este proceso electoral que ha dado inicio, en realidad, hace buen tiempo es, a nadie debe extrañar por obvias razones, el asegurar los cargos de elección, para mantener la buena marcha que hasta hoy lleva la república, mediante la oferta de rostros conocidos, si es que no llevan máscara, dada la carencia de personajes con oferta sólida y propuesta congruente.

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Imagen: Fundación Gabo.

Pocos son en realidad los suspirantes con alguna trayectoria más o menos cuajada y, de entre ellos, no pocos que puedan exhibir trayectorias inmaculadas, trátese de la corriente que representen. Así, México irrumpe en esta magna gesta electoral que, en opinión de muchos expertos, definirá al menos el próximo cuarto de siglo, bajo la amenaza de la inexperiencia y la improvisación política, círculo nada virtuoso de nuestra tradición patria, amén de los vicios o virtudes que los flamantes candidatos logren exhibir.

Se blanden en esta campaña, simbióticamente, toda clase de artes y recursos, viejos y nuevos: la tradicional movilización de apoyo o repudio, el periodicazo, el descontón, la calumnia y la intriga, potenciados por las benditas redes sociales, acomodadas a los nuevos tiempos de la modernidad tecnológica y al activismo ciudadano cada vez más imparable, teléfono inteligente en mano.

Cierto es que nos enfrentamos a un tiempo inédito, político, social y económico de grandes retos y, sobre todo, de incertidumbre, con muchas promesas, pero pocas esperanzas.

Las elocuentes disertaciones que escucharemos hablarán desde luego de bienestar, de progreso, de paz social, de justicia y de honestidad, pero habrá, como ya se ve, denuestos, descalificaciones y violencia.

Pese a que se califique como la madre de todas las elecciones por todo lo que está en juego, el optimismo social es escaso frente a un futuro pleno de incertidumbre, en tanto que las vernáculas prácticas, aún con nuevos rostros, se hacen patentes.

Ante un escenario como éste, poco de nuevo puede esperarse de nuestra flamante y virtualmente regenerada clase política.


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