Los dilemas del innovador: la tentación antropófaga
Antonio Tenorio

Innovación, Tecnología y Sociedad

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El dilema del innovador no es, pues, modificar lo que no funciona, lo que ha llegado a su límite. El dilema verdadero es hacerlo cuando existen aún mil y un vericuetos para alargar la vida de lo que mal-funciona.

Imagen: MIT Sloan Management Review.

Lectura: ( Palabras)

Son varios, claro, y no uno solo. Pero quizá el primero es la decisión misma de hacerlo. La determinación de si se debe emprender la marcha. Cambiar; modificar; reimaginar; reinventar(se).

Elegir entre dos, un bien y un mal, no requiere de mayor capacidad que tener bien asentado el sentido común, me dijo alguna vez un hombre sabio y sereno al que acudí por consejo.

La dificultad, me decía aquél que me aleccionaba, estriba en realidad entre dos bienes. La capacidad para discernir con asertividad se establece a partir de que las dos opciones parecen (o son) convenientes.

De la misma manera, podría decirse, la decisión de modificar la manera en que funciona algo que no está funcionando, no requiere sino de ese principio de humildad con el que se inicia todo camino hacia despejar, antes que nada, las nieblas anteriores.

innovación
Imagen: Grupo P&A.

¿Tendría sentido, sin embargo, cambiar lo que al menos en apariencia funciona bien? ¿Vale la pena remover certezas asentadas en pos de un afán cuyo resultado es incierto, por decir lo mínimo?

El dilema del innovador no es, pues, modificar lo que no funciona, lo que ha llegado a su límite. El dilema verdadero es hacerlo cuando existen aún mil y un vericuetos para alargar la vida de lo que mal-funciona.

El dilema es plantear modificaciones y reorganizaciones, en trazar nuevas rutas ahí donde la necesidad no sólo no es apremiante, sino incluso para la gran mayoría ni siquiera existe.

El innovador no es, esencialmente, un solucionador de problemas. Quien resuelve problemas que han llegado a un punto de no retorno trabaja sobre la base del presente. Se mueve entre los principios, los medios y los fines del presente.

A quien mueve resolver dificultades presentes en el presente, lo empuja la urgencia. Y ese lugar, la urgencia, es demasiado estrecho para que allí quepan futuros de larga duración.

crear problemas, innovar
Imagen: ICHI-Pro.

Innovar no es resolver problemas, sino inventar los nuevos problemas.

Aquellos nuevos problemas que son siquiera sospechados, pues aparecerán en la medida que se avance por entre el bosque, la niebla inicial comience a despejarse y aparezcan nuevas brumas.

Profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard, Clayton Christensen ganó notoriedad al publicar, a finales de los años 90, El dilema del innovador.

A aquel libro siguieron otros que, de una manera u otra, fueron reforzando el modelo propuesto por Christensen. El cual respondía a una orientación claramente centrada en la innovación corporativa y las dificultades de este tipo de gestión en particular.

En esa perspectiva, el concepto acuñado por el profesor de Harvard es detonado por dos registros previos: el ciclo de la explotación y el ciclo de la exploración.

Mejorar la eficiencia, reducir márgenes de pérdida, ampliar utilidades, atender errores, forman parte de la explotación, tal como la entiende Christensen.

La fase de exploración, en cambio, lejos de corresponder a un modelo consolidado de negocio, se aboca a visualizar “soluciones para lo que no existe” (todavía).

explotación y exploración
Imagen: Redalyc.

Es decir, son incursiones en formas del diseño y el procedimiento de prueba-error sobre patrones distintos al modelo de negocio que, bien o mal, está en funcionamiento.

El planteamiento central de Christensen descansa en el supuesto de que hay un momento en el que comienzan a agotarse las posibilidades de la explotación y, por tanto, si se quiere sobrevivir se debe invertir en la exploración.

Bajo este arco de ideas, empero, no es solamente una cuestión de cuánto se está dispuesto a invertir (y eventualmente perder durante un buen tiempo, Musk y su tesla, por ejemplo), sino cómo lograr que ambos ciclos funcionen a la par.

El punto no es decidir si se continúa explotando un modelo probado, o si radicalmente se da un salto al vacío y se entra de lleno al ciclo de la exploración.

El dilema es cómo hacer (bien) ambas cosas.

Permanecer y cambiar, cambiar y permanecer; esa es la dificultad, más que el cambio mismo.

En el mundo privado hace tiempo que una inmensa mayoría de organizaciones tienen concebida a la innovación como un eje estratégico, cuando no, como parte misma de su identidad.

Lo sorprendente es la lentitud con la que estas nociones logran aterrizar y aclimatarse en tierras de la gestión de lo público o la administración de los discursos de transformación social.

innovación
Imagen: El País.

Resulta por demás paradójico que no existe prácticamente organización política que no haya enarbolado las banderas del cambio.

Al tiempo, sin embargo, esta misma entidad que fue capaz de alentar y encabezar las energías de la innovación se muestra como reacia a renovarse o como francamente incapaz de reinventarse.

Ya sea la normatividad, la cultura de la estabilidad o simplemente la inercia, en cualquier caso, no son muchos los casos en que las nociones de innovación hallan el éxito en el ámbito de lo público.

Asemeja, al contrario, una suerte de lento y pesado animal que, cuando al fin, se alcanza la cola, se la saborea mordiéndosela, mientras piensa que se alimenta.

El costo, que será siempre alto, de innovar, no parece entonces ser el dilema; sino el pago por no hacerlo.

Altísimo.

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