La impopularidad de la moderación
Abraham Martínez Hernández

El arte de la libertad

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En estos tiempos en donde parece que si uno no toma partido de manera inequívoca, traiciona sus principios y la viabilidad misma de la civilización, detengámonos a crear mundo común a través de nuestras conversaciones.

Imagen: Daren Lin.
Imagen: Daren Lin.

Lectura: ( Palabras)

Hace unos días, en una conversación sobre la condición de extrema polarización en la política actual, alguien me decía que lo único que podría dar pie a una mayor representatividad de las diversas posturas, es si dichas posturas se decidieran a no comprometer y se reafirmaran en su convicción por no ceder en absolutamente nada. En la mente de quien me lo decía, no tenía mucho sentido el intentar buscar puntos medios: eso equivalía a la claudicación de principios y a una especie de relativismo que en realidad no dejaba a nadie contento. En este caso, la polarización no sería algo que habría que evitar: lo que sí habría que garantizar es que las posturas de todos fueran adecuadamente representadas.

Lo anterior, en mi opinión, refleja un escepticismo sobre la capacidad humana para lograr acuerdos, y una cierta reticencia a escuchar –y en algunos casos ceder a– una postura contraria. Y como distintos estudios lo corroboran, son actitudes profundamente arraigadas en nuestra naturaleza humana: no nos gusta equivocarnos ni ceder. Más aún, no nos gusta, siquiera, estar abiertos a la posibilidad de que alguien pueda presentarnos con una idea –¡o incluso datos!– que nos hagan retroceder en nuestra posición ya adoptada. Y en definitiva, no nos gusta reconocer cuando estamos en el error.

En una entrega anterior de esta columna, hablamos de la complicada relación que existe entre los gobernantes y la verdad; pero la complejidad de dicha relación no es exclusiva para quienes gobiernan: intentar llegar a la verdad sobre algo en sociedades plurales como las democráticas, es igualmente complicado para quienes somos miembros comunes y corrientes de la sociedad civil. Y así como no debemos aceptar que no se nos hable con la verdad desde las alturas del poder, tampoco debemos darnos por vencidos en nuestro intento por lograr mejores entendimientos con nuestros conciudadanos: de nuestra capacidad para dialogar depende la viabilidad de la democracia.

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Imagen: Washington Times.

La pluralidad no es sólo una condición de la democracia, sino que además, bien vivida permite a las personas acercarse a entender de mejor manera la realidad de las cosas. No es, necesariamente, pues, la pluralidad sinónimo de relativismo o como dicen abanderados tanto de la “derecha dura” como de la “izquierda militante”, tibieza. Hablando sobre la dificultad que las sociedades modernas tienen para lograr verdaderos espacios de diálogo, una de las filósofas políticas más influyentes del siglo XX, la alemana Hannah Arendt, dice en un punto de su libro, La condición humana, que “todos están encerrados en la subjetividad de su propia experiencia singular, que no deja de ser singular si la misma experiencia se multiplica innumerables veces. El fin del mundo común ha llegado cuando se ve sólo bajo un aspecto y se le permite presentarse únicamente bajo una perspectiva”.

La extrema polarización que vemos en nuestro país –y en realidad en buena parte del mundo occidental–, la división entre chairos y fifís, entre conservadores y progresistas, o cualquier otro ejemplo en donde se distinga al otro bando como fundamentalmente irredimible, es abdicar la capacidad más alta del ser humano: el intelecto. Y la razón es muy sencilla: se pone por encima de todo a la ideología; por encima, incluso de los datos; en definitiva, se pone a la ideología por encima de la verdad. Y cuando no se busca la verdad, como lo menciona Arendt, no puede haber mundo común.

Pienso, pues, que la actitud que podría permitir un mejor diálogo y una pluralidad más real, es la actitud de la moderación. El gran problema es que la moderación no es atractiva. La moderación no atiza las emociones como si lo hace el discurso radical y el envalentonamiento fácil. En cierta forma, la moderación requiere mayor inteligencia: inteligencia para saber que escuchar al otro no es, necesariamente, ceder a lo más fundamental de las propias convicciones. En realidad uno es capaz de conocer mejor lo que piensa, a partir de la escucha del otro.

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Imagen: Behance.

En términos prácticos, la escucha implica un esfuerzo por construir y no derrumbar: y la construcción implica siempre más esfuerzo que la demolición. Y también, siempre, implica más tiempo: y pareciera que lo que falta ante la supuesta inminencia de la destrucción de nuestra sociedad –culpa exclusiva, en teoría, del bando contrario–, es justamente eso.

En una edición reciente de The Economist, hablaban de Erasmo de Rotterdam como una figura que, en una época revolucionaria de la Europa medieval, supo mantener la firmeza de sus enseñanzas sin necesariamente decantarse de manera clara por alguno de los dos principales bandos en la reforma protestante, por ejemplo. Y lo anterior no porque no tuviera convicciones: las tenía y muy claras. Pero pensaba que lo que permitiría una mejor convivencia social y progreso más real, sería el resultado, no de la confrontación directa, sino del entendimiento mutuo. Dice el artículo que: “creía en el poder curativo de la moderación y la razón, y en el poder civilizador del vino y la conversación”.

En estos tiempos en donde parece que si uno no toma partido de manera inequívoca, traiciona sus principios y la viabilidad misma de la civilización, detengámonos a crear mundo común a través de nuestras conversaciones. “Perdamos” el tiempo escuchando. Detengámonos a entender. Sólo así, nuestras convicciones serán más reales y nuestras democracias mejores.

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