Distopía urbana, el futuro de la sociedad
Gerardo Sigg

Urbanitas

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La mayoría de población, la clase trabajadora son quienes más pierden, experimentando y viviendo unos entre desahucios y otros entre despojos.

Imagen: Samuel Chen.
Imagen: Samuel Chen.

Lectura: ( Palabras)

La constante e interminable polémica, engendrada en los círculos académicos de las escuelas de pensamiento de la arquitectura moderna, de la posmoderna –o la pus de la moderna– y, hasta nuestros días, de la actual arquitectura o contemporánea, relacionada con la cuestión sustantiva –desde una perspectiva meramente nematológica– de si la forma sigue a la función –o a la ficción– o si la función sigue a la forma, es heredera de un pensamiento formalista y esteticista que mira hacia adentro del sujeto creativo, que desafortunadamente en más de alguna ocasión, quizás por la deformación lecorbusiana, por lo general, la ciudad se diseña desde los planos, desde la expresión del sujeto artístico, a partir de formas platónicas, orgánicas o euclidianas, dependiendo del gusto, la sensibilidad y la experiencia de vida de su autor: más verde por aquí, más calles por allá, llénale más por aquí que se ve muy vacío, quítale allá que tampoco hay que exagerar y, de esta forma, en más de las veces, distorsionando sin ton ni son lo fundamental de cualquier “tejido” orgánico y material de toda organización social, el desarrollo mismo de la sociedad; es decir, la ciudad existe por y para la gente.

En busca de los hombros de un gigante, para poder ver más allá de la vista ordinaria arquitectónica y urbana, retomé la lectura de David Harvey –qué haríamos sin esos hombros y, por su puesto, esas mentes– y, de entre su prolífica obra, una de sus herencias de pensamiento urbano –entendido lo urbano como el cúmulo de sucesos, actores y materias que inundan día a día nuestras ciudades– más sobresaliente, publicado en 2014, resulta ser Ciudades Rebeldes.[1] En esta obra invaluable se revelan y despliegan magistralmente una amplísima variedad de personajes: urbanistas, arquitectos, funcionarios… vaya, digamos que si nos viéramos obligados –por mero recurso publicitario y mercadológico–  a encasillarla deberíamos clasificarla como una novela de “ficción naturalista”, lo que no haría sino buscar la fascinación del neófito lector, más que lograr profundizar en el reconocimiento del concienzudo ensayo que atinadamente Harvey nos presenta, desplegando un singular análisis, no sólo de la ciudad como materialidad “construida” –como tantos otros libros llenan los estantes de librerías y bibliotecas– sino, y fundamentalmente, de la quimera del desarrollismo, de la máquina de la edificación inagotable, que la industrialización engendró y el movimiento moderno maximizó, en franca encubierta complicidad con el modelo reinante al nivel global: el capitalismo liberal… vaya, ¡que una no es posible sin la otra!

Harvey, además de arrojarnos, a quemarropa, datos espeluznantes respecto a la relación entre burbujas inmobiliarias y crisis económicas, especial pero no exclusivamente en lo que supuso la crisis del 2007-2008, dichas burbujas financieras nos las presenta como los nubarrones que aparecen antes de la tormenta, alertando a aquellos astutos precavidos que se resguardan a tiempo u otros, que en franco delirio de profunda misticidad profana –y, por supuesto, en compañía de un curadito de alfalfa– encajan sus cuchillos en la tierra –si no está uno en condición rural o natural, una maceta cuenta igual–, ahuyentando a la tormenta para proseguir con el jolgorio del día y otros, peor aún, piensan que sólo caerán algunas gotas, pero que es de esa lluvia que “no moja” –en mi época, la llamábamos “lluvia moja pendejos”– y, en cualquiera de las tres versiones de pensamiento spinozista, a saber, la razón, la intuición o la imaginación, en crisis no todos bailan con la más fea.

ciudades rebeldes
Imagen: Ciudad feminista.

Se tendría que ser muy ingenuo para pensar que exclusivamente el capital de riesgo es el que está en juego y, por tanto, en riesgo, la realidad es harto distinta, la mayoría de población –la muchedumbre, diría el clásico radiofónico–, la clase trabajadora… ¡los olvidados por Keynes, pues!…  son quienes más pierden, experimentando y viviendo unos entre desahucios y otros entre despojos. Pero Harvey va más allá en su reflexión analítica y nos presenta una gráfica más esperpéntica, tanto por su tridimensionalidad como por su carácter temporal, en 4D: la burbuja financiera concretada en el “espectacular” desarrollo inmobiliario de tantos como inmensos rascacielos (recuerdo cómo Le Corbusier se refería a Nueva York como “…un trágico puerco espín…” ¡y eso que no logró divisar ciudades como Shanghái!) que crecen grotesca y (des)proporcionalmente conforme se va agudizando cada vez más la brecha de desigualdad al nivel global… y, esa materialidad infame, sí es el verdadero drama de la sociedad moderna.

A pesar de lo mucho que se ha escrito y teorizado durante cientos de años sobre las ciudades y sus efectos en fenómenos sociales, ambientales y económicos adversos, parecería que la vorágine económica hace oídos sordos a dichas alertas; el modelo, convertido en sistema, de un Estado al servicio del Capital resulta ser obscenamente evidente todavía hoy en día; el hecho que la ciudad democrática y moderna tenga su razón de ser y existir por y para la clase trabajadora, motor de la economía a partir de la industrialización y la terciarización de la economía desde el siglo XIX y hasta nuestra era, no sólo es inexplicable e indefendible, sino que se presenta como un mero discurso electoral y franca falacia político-administrativa… hoy en día sólo hemos hecho del consumo el motor de nuestra economía y, en esta suerte de prestidigitación gubernamental, la clase trabajadora sigue siendo motor de la economía pero a manera de autómatas consumistas… hasta de su propio derecho constitucional: una vivienda digna y decorosa.

Ahora bien, entendiendo que todo gigante se cansa de cargar a sus asiduos lectores, desciendo a la materialidad y cotidianidad urbana y humana, fortalecido por el paisaje vivenciado desde los hombros de mi guía y portador, y después de la dispersión del polvo que generaron mis pisadas en el suelo, de lo que quiero hablar hoy es –una vez más– de arte cinematográfico; sí, de ese maravilloso séptimo arte que, por un lado, nos retrata de manera descarnada o, por otro lado, nos ilustra y enseña la realidad, ya sea en formato documental o en ficción.

Pues bien, después de caminar un trecho sobre los hombros de Harvey, escuchando el susurro de sus referencias cinematográficas y sin el menor atisbo de duda, me di a la tarea de ver la película de Jean-Luc Godard, Dos o tres cosas que yo sé de ella, actividad que recomiendo muchísimo, máxime de estos genios cinematográficos que han logrado desplegar con maestría temáticas actuales y coyunturales de su época que, por si fuera poco, no sólo siguen siendo vigentes, sino que vaticinaron nuestra actualidad urbana.

distopia urbana
Imagen: Anna Ivanenko.

Aquí vale decir que, a pesar de que a Harvey, según su dicho, no le gusta el cine de Godard, mi curiosidad pudo más, digamos que todo lo que busque traer a la luz del 68 de París –y de México, claro está– es todo un referente y gozo intelectual, convirtiéndose en embrión de múltiples referentes artísticos e intelectuales, hoy más vigentes que nunca. Pero, habría que preguntarnos, ¿por qué Harvey se refiere a dicha película? Pues, digamos que, en una suerte de atador de cabos náutico, es clara la referencia de Henry Lefebvre en su libro, nada menos que otro referente clásico de la geografía urbana social, El derecho a la ciudad, que vio la luz precisamente en 1968.

Y, curiosamente, así es como Harvey relata su llegada a París unos pocos años después y como la imagen que se le presenta tiene un paralelismo irrefutable con la que Godard describe en Dos o tres cosas que yo sé de ella, su película de 1966, en la que “ella”, su personaje principal, queda velado por la bella mujer de clase media que vive en una unidad habitacional moderna parisina en el “nuevo París” y que, durante las jornadas de escuela de sus hijos y el trabajo de su esposo, se prostituye para satisfacer algunos caprichos –como muestra del consumismo de moda de la época–, y discurre sus andares mostrándonos y desvelando a la protagonista principal: “ella” es la ciudad, esa “bella” ciudad moderna engendrada desde los principios de Atenas, pero no de la Atenas griega, sino de la Atenas moderna, de la Carta de Atenas, una ciudad estilizada pero prostituida ante el desarrollismo inagotable e incalculable en ciernes.

Después de degustar ese delicatesen cinematográfico, no sólo no amainó la sed reflexiva urbana de las imágenes godardianas, sino que suscitaron nuevos sabores y mayores deseos al paladar cinéfilo. Y, en busca frenética en los archivos fílmicos digitales y neuronales, recordé con gracia y empatía a Jacques Tati, arquitecto y cineasta. Si usted, perseverante lector, comparte la dicha de ser un entendido de la arquitectura y sus entretelones, no puede –¡no debe!– permanecer iletrado del cine de Tati… a decir verdad, no sé a ciencia cierta si por ignorancia, pudor o simplemente falta de espacio, Harvey no menciona al gran Jaques Tati que, a partir de la creación de su icónico personaje de Mr. Hulot, como gran tejedor de historias de la arquitectura de su época, hiló tres películas imperdibles para comprender su crítica feroz en contra de la materialización del pensamiento urbano y arquitectónico del movimiento moderno, se trata de “Mon Oncle” (Mi Tío) de 1958, “Playtime” de 1967 y “Trafic” (Hulot al volante) de 1971.

En cada una de ellas cuestiona y pone en entredicho tanto a la arquitectura del movimiento moderno y su “estilo internacional” como la segregación de las ciudades y el trazado urbanístico basado en la construcción del reino del automóvil, como ámbito acrítico psicosocial inserto en el sistema económico mundial, enraizado en la especulación inmobiliaria, el consumismo y la homogenización de la ciudad y de la vida de sus ciudadanos; la aspiración narcótica de los miembros del CIAM que, con gesto extático como de santo de feria pueblerina, imaginaron la casa como una “máquina para vivir” y a la ciudad como una “fábrica para progresar” y florecer como sociedad urbana-automovilista-consumidora-pseudodemocrática.

distopia urbana
Imagen: Sotiris Kizilos.

Esta aspiración narcótica del CIAM que fantaseaba con las ciudades funcionales e hipereficientes –como percibían los avances industriales y las máquinas que estas producían– y que, por añadidura percibían como una materialidad espacial para lograr una mejor sociedad, se fundó en la indispensable y necesaria materialización –arquitectónica, espacial y urbana– de los excedentes de la especulación financiera y del capital económico. Y que, desafortunadamente, por los índices de la esperanza de vida humana, sus distópicos visionarios no han logrado evidenciar el producto de sus ideales, que quedaron inmortalizados en la ciudad del crecimiento económico y vertical ilimitado, que ha producido una sociedad infeliz, violenta, insalubre y antieconómica para la mayoría: una Distopía Urbana.

En 2018, el 66.8% de la población en la Ciudad de México estaba en
situación de pobreza o de vulnerabilidad por carencias o ingresos.

De acuerdo con los resultados de la medición de la pobreza 2018, el 30.6% de la población de la entidad vivía en situación de pobreza, es decir, 2,682,700 personas, aproximadamente.

INFORME DE POBREZA Y EVALUACIÓN 2020, CONEVAL.

Y si todavía están los recelosos de la estadística institucional frunciendo el ceño ante esta realidad estadística, pues –como amable sugerencia– habría que preguntarles a los afectados y realizar una encuesta que tenga por universo a esos 2.68 millones de personas que la sufren diariamente en la CDMX; y no como lo hizo la tlatoani chilanga que, para conocer la opinión de los “ciudadanos” sobre si las fotomultas eran justas o injustas, en vez de encuestar a la mayoría –es decir, a aproximadamente 80% de la población que no usa el automóvil como medio transporte–, le preguntó a la minoría. Encuestó a los automovilistas –¡válgame Dios!– quienes, además de estar en franco conflicto de interés, son una minoría poblacional que no rebasa el 20%. Obviamente el resultado no sorprendió ni a propios ni a extraños: ¡las fotomultas son injustas y caras! y, por lo tanto, por decretazo, se disminuyó el costo de la infracción a quienes vulneran las reglas de tránsito en la ciudad de los palacios… ¡seguramente, Jacques Tati y Jean-Luc Godard están sonriendo!


Referencias:
[1] Harvey, David. Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana. Akal. Madrid. 2012.

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