Cuando la ambición es más grande que la dignidad
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Nosotros mismos permitimos esta ola de violencia, impunidad y desfalco que estamos viendo por parte del crimen organizado.

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Lectura: ( Palabras)

#Ambición #Dignidad

Cuando en las últimas semanas hemos visto pifias como la detención de Ovidio Guzmán, masacres como las de los niños y mujeres en la frontera entre Chihuahua y Sonora, datos que revelan niveles de inseguridad mayores en prácticamente todos los rubros, reporteros “levantados” que luego aparecen muertos, descubrimientos de fosas llenas de cadáveres en Jalisco y declaraciones como la del Secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana donde, palabras más palabras menos, dice que “si su renuncia sirviera, entonces la daría”, me pregunto ¿por qué no ha renunciado Durazo?

Su renuncia, por decir lo menos, serviría para que alguien más ocupe su lugar. El cargo no lo puede ejercer más de una persona. Hoy no lo ejerce nadie, pero lo ocupa un sonorense que no ha tenido la capacidad de, siquiera, contener la inseguridad que azota a nuestro país.

México es uno de los países más inseguros y violentos del mundo, eso no es nuevo; es también producto de malas políticas públicas que, en materia de seguridad, se dictaron en gobiernos pasados. Sin embargo, un nuevo gobierno, que probablemente fue elegido precisamente porque la gente estaba harta de las malas decisiones de los gobiernos anteriores, no puede echarle la culpa al pasado de lo que hoy, a casi un año de gobierno, no han podido –qué digo resolver– ni siquiera contener.

La ola de violencia, impunidad y desfalco que estamos viendo por parte del crimen organizado es producto de un ambiente permisivo que está más preocupado por encontrar culpables de cuello blanco por actos de corrupción, que a todas luces es necesario, antes que salvaguardar la integridad física y las garantías de las personas.

Lo graves es que pareciera que los mexicanos hemos perdido la capacidad de asombro cuando escuchamos que hubo un muerto o treinta; lo oímos con absoluta normalidad, ya es parte de nuestra cotidianidad. Sin seguridad no hay nada y es lo único que el Estado no puede delegar ni subrogar. Es su obligación principal.

El origen de cualquier Estado, en el periodo histórico que se quiera revisar, es para proteger su territorio y proteger a sus ciudadanos. Aquí, por muchas razones de todo tipo, como la falta de educación y de oportunidades laborales, la pobreza, la corrupción, la impunidad, etc., se ha incrementado la inseguridad, el encono, la violencia y el deterioro del tejido social. Los últimos gobiernos no han hecho su parte y éste, que apenas tiene un año, tampoco. No he visto una sola propuesta seria para combatir al crimen organizado, bajar la incidencia delictiva, mejorar los sistemas de justicia, pero al final eso no importa, podríamos no ver propuestas, pero sí acciones. Es más, yo soy de los que prefiero mil veces a las acciones sobre las propuestas, porque de las últimas ya hemos visto muchas por décadas que no pasan de ahí, y se quedan en meras propuestas. Sin embargo, no vemos acciones; y si las hay, deben ser muy pobres porque no estamos viendo resultados. Espero de corazón que lo de la Guardia Nacional sí funcione, pero hoy no se ve cómo.

El responsable de la seguridad pública es el Secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana… y no está dando resultados.

En materia de seguridad no hay tiempo, se nos acabó hace mucho. Nuestros hijos no pueden estar por las calles de sus ciudades sintiéndose inseguros. El patrimonio de las personas no puede estar en riesgo por la amenaza de un cobro de derecho de piso, una extorsión o un robo. Las inversiones no pueden seguirse inhibiendo porque no se ve una aplicación clara del Estado de Derecho y no se percibe seguridad física ni jurídica. El tiempo se agotó y, si no hay un verdadero cambio en la política de seguridad, muy pronto no tendremos mucho qué ofrecer como país a los de afuera, pero sobre todo, a los de adentro.

Somos muchos más los mexicanos que queremos vivir en paz, sin enconos y con tranquilidad. Somos muchos más los mexicanos honestos y trabajadores, que los ladrones, asesinos y secuestradores. El gobierno tiene que entenderlo, en el ciudadano tiene a su mejor aliado y a éste se debe. El gobierno está hecho por ciudadanos mexicanos como todos los demás y no por ser la “autoridad” pueden sentir que son de otra casta, de otro planeta o casi entes religiosos. Aquí todos somos iguales, con la diferencia de que los que se contratan para un puesto público como el de Secretario de Estado, tienen la enorme responsabilidad de responderle a un mayor número de mexicanos y sus resultados tienen el escrutinio de todos los ciudadanos.

Hoy tenemos claro que, en materia de seguridad, el gobierno está reprobado y tiene que haber cambios. Todos queremos a nuestro país, tanto aquellos que están dentro del gobierno como los que estamos fuera. México nos identifica y nos ha dado todo. Un funcionario público tiene la enorme responsabilidad de dar buenos resultados porque sus decisiones (buenas o malas) afectan el desarrollo del país en los ámbitos de su competencia. En materia de seguridad, sus decisiones nos afectan a todos.

El privilegio de servir en el gobierno debe de aprovecharse para poner todas las aptitudes de uno al servicio de la nación y si no se está capacitado para cierta función, tener la humildad de aceptarlo y buscar nuevos horizontes. Las consecuencias de detentar puestos de alta envergadura y trascendencia para la vida de un país y hacerlo mal, es prácticamente una traición a ese país que te ha dado todo.

Los que no puedan, que por favor, por dignidad y por el bien de México, se vayan a hacer otras cosas.

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