2020 el año perdido, ¿es en serio?
Alejandro Zertuche

Observador Auto-Referente

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Cada vez podemos ver más mensajes en las redes sociales y medios electrónicos acerca de que el año 2020 es un año perdido y yo me pregunto, ¿por qué?…

Imagen: Izquierda Web.
Imagen: Izquierda Web.

Lectura: ( Palabras)

Cada vez podemos ver más mensajes en las redes sociales y medios electrónicos acerca de que el año 2020 es un año perdido y yo me pregunto, ¿perdido por qué?

Mientras una inmensa mayoría de personas en el mundo se quejan de lo mal que ha sido perder tanto tiempo encerrados, existe un selecto grupo que en silencio continúa la vida. No hablo de aquellos que más dinero tienen para enfrentar esta crisis, me refiero a los que realmente pueden decir que el 2020 ha sido un año extraordinario y lleno de aprendizajes. En este pequeño clan, también hay personas que perdieron seres queridos, su empleo o su negocio. Una minoría que ha decidido asumir la realidad que cada uno está viviendo, para reinventarse y seguir adelante.

El año 2020 corre la primera mitad y seguro nos faltan cosas difíciles por navegar como resultado de todo lo que trajo la pandemia. No hay un post-corona hay un “con-corona”. No podemos cerrar los ojos a la realidad, esto llegó para quedarse y lo que sucederá después de todo el proceso difícil es que estaremos ante la oportunidad de una gran transformación.

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Ilustración: Central Zine.

No estamos perdiendo el año, estamos ganando años. Hace tres meses no sabíamos qué pasaría y hoy estamos viendo cómo cambiar las cosas. No se trata de intentar entender el proceso sino de caminarlo y encontrar las respuestas adecuadas a preguntas como: ¿Qué nos sirve de lo que hoy tenemos para acompañarnos a un nuevo futuro?, ¿qué podemos construir para obtener mejores condiciones de vida?, ¿en qué nos tenemos que reinventar?, ¿cómo vamos a tomar cuidado del ser humano, de nuestro planeta, de nuestro propósito y de nuestra prosperidad?

Este alto que nos ha traído el 2020 va más allá de un tiempo perdido. No lo observamos porque nos escondemos atrás de la realidad por el miedo a enfocarnos en nosotros mismos. Inclusive seguimos usando nuestra cultura del humor como una salida de distracción rápida a los problemas que, al final, no desaparecen con esto. Hay que aprender a reír sin dejar de enfrentar la realidad.

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Ilustración: Damián Lluvero (Forbes).

Lo mejor que hemos perdido en este año es la velocidad que traíamos por conquistarlo todo. Por buscar la felicidad en lo material o en la experiencia. Es claro que esta desaceleración es una gran oportunidad para parar y observarnos. Es un momento para tomar consciencia de que no es necesario ir tan rápido en una vida que se disfruta en el presente. Detenernos es un regalo para observarnos y reconocer que algunas cosas que hemos hecho no nos sirven para continuar en el camino que queremos construir. Antes de avanzar hay que hacernos la pregunta de “¿qué futuro queremos?”.

El destino aún no está escrito y podemos definirlo en cada instante. Hoy podemos decidir entre el rechazo de la realidad 2020 o la aceptación de los nuevos retos que nos ha regalado. Ambos son caminos con rumbos diferentes. Rechazar nos dejará ciclados haciendo más de lo mismo y aceptar nos permitirá ver cómo construir un nuevo futuro. Al final, escogeremos desde el inconsciente colectivo lo que necesitamos aprender como humanidad. La diferencia será para quien escoja de manera consciente en lo individual y, por lo tanto, lo experimente diferente.

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Ilustración: El Mundo.

Cada presente nos regresará a las mismas preguntas que hemos tenido en el pasado y que hoy nos escoltan para intentar entender nuestro propósito. El tablero de la vida nos posicionará en dónde debemos estar y no dónde creemos estar. Ante todo esto, siempre estaremos frente a la oportunidad de descubrirnos como seres humanos que venimos a vivir la vida con todo, sin quitarle nada.

El 2020 ha sido un año lleno de tropiezos, perdidas y aprendizajes. Hemos tenido que cambiar nuestra aclamada normalidad por una vida con mayor incertidumbre que antes. Vivimos refugiados en la tecnología para poder comunicarnos con los demás. Añoramos lo que sentíamos antes al hablar con las personas físicamente. Nada de esto nos gusta, pero no ha venido para hacernos sentir mejor, sino para hacernos ver como seres humanos. Duele, preocupa, altera, conmueve, enoja y desespera. No sabemos hacia dónde vamos, pero tenemos un ligero presentimiento de que debemos cambiar. Es por eso que nos encontramos frente a nuestra mejor oportunidad para responder quiénes somos y hacia dónde queremos ir.


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