San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola (Foto: Radio María).

Mariana Montell

Lectura: ( Palabras)


CATEGORÍA:


San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola

Más columnas del autor:
    Todas las columnas Otras noticias de

    Deja un comentario

    Lo que opinamos en México a la fecha
    Antonio M. Prida
    Antonio M. Prida

    De Frente y Derecho


    ( Palabras)

    A Luis Zazueta, Miguel Gallo
    y Manuel Iturbide.

    Concluyo con esta columna las reflexiones que he compartido con mis lectores derivadas del libro de Chris Lowney intitulado “El Liderazgo al Estilo de los Jesuitas / las mejores prácticas de una compañía de 450 años que cambió el mundo”, quien abandonó la Compañía de Jesús para trabajar en J.P. Morgan, donde aplicó dichas enseñanzas en las postrimerías del siglo XX. El autor nos comparte que en el siglo XVI los jesuitas se unieron en la llamada Compañía de Jesús, integrada por congregaciones religiosas, grupos militares y simples grupos de amigos en torno a la figura de Jesús. Eran verdaderos compañeros que desde antaño crearon instituciones educativas de alta calidad que en épocas recientes han dado líderes de primerísima envergadura a nivel internacional como Bill Clinton y Fidel Castro.

    Pese a los destacados principios de los jesuitas en materia de liderazgo a través de los siglos, cabe señalar que su fundador San Ignacio de Loyola, carecía de los dotes típicos de un líder; a los 38 años de edad no ofrecía ningún potencial especial en esta materia, fracasó en dos carreras profesionales que empezó, fue arrestado en dos ocasiones, tuvo diversos enfrentamientos con el Santo Oficio de la Inquisición y otras autoridades, no tenía bienes ni seguidores, ni un plan específico de vida y carecía de una perspectiva clara. ¿Quién se alistaría con un hombre así? La respuesta nos la puede brindar Abraham Zaleznik, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, quien señala que “los líderes son individuos que nacen dos veces, que tienen alguna experiencia extraordinaria que les comunica un sentido de apartamiento, o aun de malquerencia de su ambiente y, en consecuencia, se concentran en sí mismos y resurgen con una identidad creada, no heredada”.

    Bajo esta óptica, en su primer nacimiento, San Ignacio dio a luz en Azpeitia, pueblo Vasco, al norte de España, de familia noble, quien realizó su carrera militar, pero no vivió de acuerdo con sus creencias, era en extremo aficionado al juego, a las mujeres y a los duelos, por lo que sufrió arrestos y participó en la batalla de Pamplona, donde a punto de perder la vida una bala de cañón le despedazó la pierna derecha.

    Su segundo nacimiento duró casi una década de profunda y permanente conversión religiosa, durante la cual viajó intensamente, llegando a Jerusalén después de 18 meses, ciudad de la cual fue deportado. A los 33 años en Barcelona estudia gramática latina y posteriormente se traslada a Alcalá, Salamanca y París. En esta última ciudad conoció a los que serían sus socios en la fundación de la Compañía de Jesús. A los 40 años, una tarde a orillas del río Cardoner, cuando viajaba de Pamplona a París, sintió que su mente quedó tan iluminada “que se sintió como si fuera otro hombre con otra mente”. Salió con un profundo conocimiento de sí mismo, capaz de señalar sus debilidades, con mayor madurez, capaz de valorarse a sí mismo como un hombre digno y con un enfoque positivo.

    San Ignacio de Loyola liderazgo

    Fue así como San Ignacio, con decisión y fortaleza, decidió llevar una peregrinación a Jerusalén, identificando y haciendo valer el potencial y liderazgo que otros poseen, gracias a lo cual logra con sus socios la fundación de la Compañía de Jesús, creando y guiando a sus seguidores en un examen de conciencia del cual salieron fortalecidos, centrados y capaces de exponer sus respectivas metas y debilidades personales. Les ofreció el fruto de conocerse a sí mismos y tradujo su vida en un programa accesible de meditación y prácticas que denominó ejercicios espirituales, los cuales se siguen practicando en todo el mundo.

    En su peregrinación a Jerusalén, San Ignacio y sus socios pasan por Italia para pedir autorización del Papa, quien en su lugar los escoge para diversas misiones, provocando su dispersión. Pese a estar separados, los jesuitas decidieron constituirse legalmente con sus propios estatutos, logrando la autorización papal, en una corporación bajo la premisa de que “La obediencia surge en una vida no interrumpida de hechos heroicos y de virtudes heroicas, pues el que vive bajo la regla de obediencia está totalmente dispuesto a ejecutar al instante y sin vacilación cuanto se le mande, por difícil que le sea realizarlo”.

    Los modelos de liderazgo que se fueron afianzando en la Compañía de Jesús, derivaron de la actuación de algunos de sus líderes más destacados, entre otros, Benedetto De Goes, Matteo Ricci y Christopher Clavius, quienes no tuvieron subalternos, ninguno subió en la jerarquía, no fueron los más eminentes ni se amoldan a nuestra idea convencional de liderazgo.

    El explorador Benedetto De Goes (1562-1607) fue un soldado que a los 21 años pidió en Goa, India, su admisión a la Compañía de Jesús. Se retiró del noviciado 2 años después pero imploró su readmisión 4 años más tarde. Por sus dotes de lingüista, fue uno de los embajadores jesuitas ante la Corte del Emperador mongol Akbar en Agra. Akbar pretendió unificar las religiones del mundo bajo un solo credo. Convocó a los jesuitas para que lo ayudaran y los escuchó defender la religión cristiana, lo mismo que a mullahs musulmanes y brahmines hindúes.

    Fue emisario para negociar la paz con el virrey portugués, quien participó en la búsqueda de una ruta entre India y China para consolidar la idea de un reino espiritual en Asia, soñado por los jesuitas, recorriendo bastos territorios sin saber en dónde estaba ni cual era su destino, en momentos en los que las comunicaciones con sus superiores podían tardar incluso más de tres años. Al termino de su vida se percató de que no había cristianos en el inexistente Catay y nunca encontró una mejor ruta que la marina. Así que lo importante en su vida no es lo que encontró al final del camino, sino la fortaleza de carácter que lo acompañó, su imaginación, su voluntad, su perseverancia, su valor, sus recursos y su decisión de arrostrar el peligro.

    San Ignacio de Loyola

    Por su parte, el lingüista cartógrafo y filósofo Matteo Ricci (1552-1610) ayudó a modificar la conducta de los jesuitas en China y facilitó su penetración e influencia. Escribió un tratado en chino intitulado “De la amistad” que revolucionó el enfoque de los misioneros. Escribía principios judeocristianos en chino y los traducía a la vida diaria de los chinos. Inició una estrategia de aculturación para asimilarse a la cultura de los pueblos que reciben misioneros, adaptándose a la cultura, normas y valores de los chinos. Aventuró una estrategia para llegar al Emperador y abrir las puertas al cristianismo, para convertir de arriba hacia abajo, de manera discreta. Veinte años tardó en lograr el encuentro con el Emperador.

    El matemático y astrónomo Christopher Clavius (1538-1612), a diferencia de De Goes y Ricci, no viajó, fue profesor universitario durante 48 años y externó que los jesuitas no sólo deberían de ser expertos en teología y filosofía, sino también en idiomas, matemáticas y ciencias, para preparar jóvenes ante un mundo cambiante. Consideraba que el reto intelectual hacía a sus aprendices mejores personas. En su visión eran tan importantes los hechos aprendidos como el proceso de aprender que infundía a sus alumnos disciplina, aplicación y voluntad, asombro, curiosidad y creatividad, todo lo cual engendra ver el mundo a través de una lente distinta, confianza que surge de resolver un problema que parecía insoluble.

    Frente a los estereotipos clásicos del liderazgo que considera exclusivamente al líder que está en posición de mando, que produce resultados directos e inmediatos y que produce momentos determinantes en la batalla decisiva, las vidas de De Goes, Ricci y Clavius proponen un liderazgo distinto. No es necesario que el líder mueva ejércitos o subalternos, su vida no se desenvuelve de acuerdo con un plan estratégico, sino que el liderazgo es improvisado, ya que los problemas se presentan de manera sorpresiva, por lo que el líder apela a su ingenio y a una sabiduría improvisada.

    Son pocos los líderes que experimentan un dramático momento determinante, una experiencia fundante. Los momentos de acción de los líderes son las oportunidades ordinarias para producir sutiles diferencias como en el caso de Clavius y sus 48 años de formar novicios.

    Pocos podemos discernir el impacto de nuestro liderazgo en el mundo. Tenemos que contentarnos no con los resultados manifiestos, sino con la convicción de que nuestros actos, decisiones y opciones tienen valor. Los jesuitas formaron una compañía en la que todos sus integrantes son líderes. Todo momento es una oportunidad para producir un impacto. El liderazgo más inspirado y motivado tiene que ser autoiniciado y autodirigido.

    Más columnas del autor:
    Antonio M. Prida
    Antonio M. Prida

    De Frente y Derecho


    ( Palabras)

    Al jesuita Luis González-Cosío

    y su grupo de reflexión empresarial,

    de quienes he abrevado las enseñanzas

    que ahora comparto.

    Con motivo del inicio del nuevo año 2022, deseo compartir con mis lectores algunas reflexiones derivadas del libro de Chris Lowney intitulado “El Liderazgo al Estilo de los Jesuitas / las mejores prácticas de una compañía de 450 años que cambió el mundo”. La Societas Jesu, S.J. es una orden religiosa de la Iglesia Católica, fundada por San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y otros cinco compañeros en 1534, en París, que cuenta actualmente con alrededor de 19 mil miembros, sacerdotes, estudiantes y hermanos, siendo hoy en día la mayor orden religiosa masculina católica. El autor abandonó la Compañía de Jesús un viernes de 1983 y comenzó a trabajar en el banco de inversión J.P. Morgan el lunes siguiente, donde permaneció diecisiete años. En su nueva actividad empresarial siguió utilizando como modelo de imitación al fundador de los jesuitas San Ignacio de Loyola con el propósito de transformar a las personas desde dentro. El libro analiza los principios del liderazgo que han guiado a los jesuitas desde el año 1540.

    El reto que enfrentó Lowney en J.P. Morgan fue hacer que sus equipos de trabajo desarrollaran un liderazgo capaz de mantener a dicha institución a la cabeza de las empresas bancarias más importantes del mundo. Allí tomaban todas las iniciativas posibles para generar una actitud mental y una conducta necesaria para el logro de sus objetivos, incluyendo la introspección y el ingenio, a fin de encontrar lo mejor de cada uno y potenciarlo. Desde entonces se enseñó a proponer respuestas nuevas para solucionar problemas nuevos, así como una actitud de recibir a los otros sin prejuicios. Para ello se instaló una práctica de avanzada que se denominó “retroalimentación de 360°”, en la cual se incorporaban en las evaluaciones anuales del desempeño, no sólo el aporte del jefe directo del empleado, sino también el de sus subalternos y el de sus pares. Dicha retroalimentación de 360° derivó de la práctica en la multicentenaria Compañía de Jesús, la cual organizó desde antaño equipos multinacionales que trabajaban en armonía y motivación de un desempeño ejemplar para permanecer en todo momento “listos para el cambio” y con estrategias adaptables.

    J.P.-Morgan

    Ante ambientes complejos y cambiantes, los jesuitas privilegiaron la capacidad de innovar, de permanecer flexibles y adaptables, de fijar metas ambiciosas, de pensar globalmente, de actuar con rapidez y de asumir riesgos. Algunos aspectos de las técnicas jesuíticas como el vínculo entre el conocimiento de sí mismo y el liderazgo, han mostrado su plena vigencia en el ambiente empresarial contemporáneo, ya que el hombre o la mujer dan su mejor rendimiento en ambientes estimulantes de carga positiva que propicia a sus dirigentes a crear ambientes “más de amor que de temor”. Los principios que rigen este liderazgo revolucionario, son aplicables en toda la vida del ser humano, tanto laboral como personal y confirman la vocación de que todos los seres humanos estamos llamados a ser líderes.

    El autor habla de los siguientes cuatro pilares del éxito: conocimiento de sí mismo, esto es, conocer nuestras fortalezas, debilidades y valores, así como tener una visión del mundo para poder ordenar la propia vida; ingenio, esto es, capacidad de innovación y de adaptación a un mundo cambiante que es nuestro hogar; amor, esto es, tratar al prójimo con amor y con una actitud positiva, creando ambientes de amor en vez de temor y sin prejuicios; y heroísmo, esto es, capacidad de fortalecerse a sí mismo y a los demás, despertando grandes deseos con aspiraciones heroicas. Bajo esta perspectiva, los jesuitas formaban a todos los novicios para dirigir, convencidos de que todo liderazgo empieza por saber uno dirigirse a sí mismo. Así, el autor prueba la vigencia de los mencionados pilares para fomentar un comportamiento seguro de las personas, a pesar de los cambiantes panoramas de cualquier siglo. Esta forma de pensar enseña a disfrutar la felicidad e invita al ser humano a hacer contribuciones positivas en donde estemos, bajo una ética implícita de amar a los demás como a sí mismo y de no hacer a los demás lo que uno no quiere para sí.

    El liderazgo al estilo de los jesuitas

    Lowney dedica un capítulo intitulado “qué hacen los líderes” en el que describe la primera acción de “trazar el rumbo”, esto es, indicar el camino acertado, convencer de que es preciso ir allá y exponer una visión del futuro que se quiere lograr, a veces lejano, y las estrategias para producir los cambios necesarios para realizar dicha visión. El propósito es alinear a la gente cuya cooperación se requiere; comunicar el rumbo verbalmente y con hechos, de manera que influya en la creación de equipos y coaliciones que entiendan la visión y las estrategias y acepten su validez.

    El propósito es motivar e inspirar, infundir vigor a las personas con el fin de vencer los obstáculos políticos, burocráticos y económicos que se oponen al cambio y satisfacer así necesidades humanas básicas que a menudo permanecen insatisfechas. En la visión jesuita, el liderazgo nace desde adentro de uno y determina quién soy y qué hago. El liderazgo no es un acto sino una manera de vivir que no termina, sino que es un proceso continuo, un oficio, una función que uno desempeña en el trabajo y que luego deja a un lado cuando regresa a casa a descansar y disfrutar de la vida familiar. Este proceso continuo de desarrollo implica un conocimiento de sí mismo que va madurando. Este modelo de liderazgo ofrece rumbo, pero más preguntas que respuestas prácticas.

    Chris Lowney, liderazgo jesuitas
    Chris Lowney (Foto: News / Fordham University).

    Como se puede percatar el lector, la tarea de los jesuitas no fue persuadir a los novicios para que actuaran de cierta manera, sino dotarlos de las destrezas para discernir por sí mismos, en cada caso, lo que había que hacer. En mi próxima columna continuaré exponiendo mis reflexiones sobre este motivante libro de Chris Lowney con el propósito de que en el 2022 todos y cada uno de mis lectores, y yo mismo, asumamos en plenitud nuestro propio liderazgo para enfrentar con éxito los enormes retos que se nos vienen encima.

    Más columnas del autor:
    Antonio M. Prida
    Antonio M. Prida

    De Frente y Derecho


    ( Palabras)

    Aunque la idea de construir la iglesia de San Ignacio de Loyola en la esquina de Horacio y Molière en Polanco, como capilla del prestigiado Instituto Patria se gestó en 1951, no fue sino hasta el 31 de julio de 1961 que se logró inaugurar. En efecto, en 1953, el padre Rodolfo Mendoza, S.J., encargado de la obra y primer capellán de la iglesia, comunicó al eminente arquitecto Juan Sordo Madaleno la invitación para ser el director de la obra. Asimismo, el padre Mendoza invitó al prestigiado contador público Wilfrido Castillo Miranda para encargarse de la tesorería, al señor arquitecto Luis Girault Esteva para encabezar la comisión técnica y al entonces pasante de ingeniería Jorge de la Mora Llaca para que actuara como secretario ejecutivo, quien se hizo apoyar de su hermano Luis y del arquitecto José Adolfo Wiechers, socio de Sordo Madaleno. El equipo acordó pedir a don Salvador Ugarte, director del Banco de Comercio, actuar como presidente y al licenciado Raúl Valdés Villareal como secretario del patronato de Fomento Cultural AC, que finalmente se constituyó junto con otros integrantes.

    También se solicitó la opinión del arquitecto Alonso Mariscal, entonces director de la facultad de arquitectura de la UNAM, quien aunque hizo ciertas aportaciones, siempre dio su lugar al arquitecto Sordo Madaleno. Según señaló el padre Rodolfo Mendoza en su reseña con motivo de los 50 años de la construcción de la iglesia, también destacó la intervención de Virginia Armella de Aspe, quien “se ingenió para adornar la iglesia con tal acierto y distinción, que sentó la tradición de buen gusto en los adornos que han sido de tanta satisfacción para cuantos asisten… para orar en la sencilla austeridad, en la mística penumbra, como en los templos góticos, en la discreta sinfonía de luces con que bañan su altar los vitrales, que sin decir ninguna plegaria las dicen todas”. Matías Goeritz calificó la iglesia como “el más alto exponente de la arquitectura religiosa moderna… Al entrar a ella se siente uno inclinado a orar, a meditar”.

    El arquitecto Sordo Madaleno fue quien encontró en Madrid, España, al artista Pablo Serrano, quien realizó la escultura del polémico Cristo que preside el altar. “De modernísimo estilo expresionista, resultaba nuevo y desacostumbrado en una Iglesia y como objeto de culto”. En palabras del propio padre Mendoza:

    El Cristo de Pablo Serrano
    El Cristo de Pablo Serrano.

    El mensaje que se percibe más inmediatamente es el del holocausto redentor del Hijo de Dios: su cuerpo de larguísimos brazos, que nos abrazaron a todos los hombres, a los miles de millones que vivieron, que vivimos y vivirán; con manos crispadas de dolor y grandes para dar; de piernas largas, cansadas de moverse por los senderos escabrosos interminables de la malicia y de la volubilidad humana; su cuerpo, todo él en ademán de entrega total y sin reservas, de una entrega ofrecida y donada. Y ese rostro maravilloso que expresa el dolor y el amor infinitos de Dios; tiene tristeza y dolor pero sin reproche ni condenación; tiene amor sin medida pero con la Suprema dignidad de Dios. Pocos rostros, si es que alguno, expresan tan magistralmente el perdón”.

    Cabe mencionar que durante algún tiempo, a instancias del padre Manuel Ignacio Pérez Alonso, la iglesia albergó unos fantásticos cuadros que Miguel Cabrera pintó para la casa de formación de los jesuitas en Tepotzotlán, pero fueron devueltos a su lugar de origen puesto que interrumpió la escena minimalista concebida por el arquitecto Sordo Madaleno. También son de destacar los espléndidos vitrales concebidos por el mencionado arquitecto Adolfo Wiechers. La réplica de la imagen original de Nuestra Señora de Guadalupe, colocada a la derecha del altar, fue donada por la señora Carmen Riba de Cervantes.

    Luego de 56 años de intenso funcionamiento, el entonces Rector de San Ignacio, el padre Joaquín Gallo Reynoso, identificó filtraciones de agua en las paredes de la iglesia y a sugerencia del actual Rector, el padre Carlos Vigil Ávalos, se invitó al ingeniero Francisco Escamilla Llano de la Universidad Iberoamericana, para planear y ejecutar los trabajos de conservación y mejora que actualmente se están llevando a cabo, conforme a la autorización que dio el Instituto Nacional de Bellas Artes. El padre Vigil nombró como su asesor para la supervisión de los trabajos al ingeniero José Antonio Cortina Suárez, con cuya ayuda se ha logrado mantener el proyecto dentro del presupuesto inicialmente establecido. De los 30 millones de pesos faltan aún por recabar 3 millones.

    Los trabajos de conservación y mejora incluyeron el arreglo de la cimbra de cemento y Siporex, sobre la cual se apoya la emblemática cerámica de color amarillo que cubre el exterior de la iglesia, material que fue proveído originalmente por el dueño de la mencionada empresa, Rolph Anderson y su directivo, mi tío Álvaro Yarza Alonso. Al momento se ha concluido el 95% de los trabajos en el interior de la iglesia y se espera que la cerámica exterior quede colocada totalmente hacia finales de mayo próximo. Se espera poder llevar a cabo en la iglesia las celebraciones de Semana Santa y la reinauguración oficial el 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola, a los 60 años de la Bendición original, a la cual se espera asista el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes.

    Quienes hemos estado cerca de esta iglesia no podemos dejar de recordar la labor pastoral y de diálogo espiritual del padre Fernando Suárez, el último director de primaria del Instituto Patria, cuya voz privilegiada lo llevó muchos años a Radio Vaticana y cuyos sermones aún son recordados. Hoy día la marcha de la iglesia al mando del padre Carlos Vigil Ávalos se ha dinamizado con la pastoral del padre Daniel Stevens y el grupo de empresarios que analiza su papel a la luz del evangelio, proyecto a cargo de Francisco Palafox Padilla, los cuales no han cesado con motivo de la pandemia. Quiera Dios que la Iglesia de San Ignacio de Loyola retome aliento en esta nueva fase de su historia, en beneficio de los feligreses de la zona.

    Quien tenga interés en contribuir con la conclusión de los trabajos de conservación y mejora de la iglesia, pueden depositar en la cuenta de la Fundación San Ignacio de Loyola, A.C., CLABE 002180701077526747, en Banamex.


    También te puede interesar: Opinión calificada sobre la propuesta de Ley de Mediación.

    Más columnas del autor:
    Lo que opinan nuestros lectores a la fecha