Kimono
Avelina Lésper

Arte y Dinero

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La seda silenciosa y suave, la imposibilidad de retenerla en la inestabilidad de la mesa laqueada, es la síntesis de la vida.

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CATEGORÍA: Arte y Dinero | Cultura | Opinión


La belleza es un ritual, habitado por la complejidad y la sencillez, se trata de algo elemental, necesario, que se convierte en extraordinario, dando sentido a un momento de la existencia. El grabado de 1867 de Utagawa Kunisada plasma a una mujer que viste un kimono, el refinamiento de la reunión de elementos: lleva un abanico con sus delicadas manos, el peinado levanta su cabello negro con agujas adornadas, dejan ver su cuello, y el kimono es una prenda compleja, en capas, bordada y pintada, reúne estampados, símbolos, diferentes colores.

“Una muerte elegante es como un kimono ricamente estampado, arrojado con descuido sobre una mesa pulida, que se desliza discretamente hacia la oscuridad del piso de abajo, una muerte marcada por la elegancia”, dice Yukio Mishima en Nieve de Primavera. La seda silenciosa y suave, la imposibilidad de retenerla en la inestabilidad de la mesa laqueada, es la síntesis de la vida, la delicadeza del abismo sin ruido. En la Asociación México Japonesa, presentaron una exposición de kimonos, un espacio para la cotidianeidad y la poesía.

Los primeros kimonos son del periodo Heian (794-1185), fueron diseñados bajo la influencia de la dinastía Tang de China. En el siglo XVIII, con el florecimiento del arte del grabado y la estampa, los kimonos alcanzaron el estado de arte. En el periodo ukiyo-e, uno de los más brillantes del grabado en la Historia del Arte, había un género de obras especializado en “bellezas”, hermosas mujeres jóvenes, vistiendo lo último de la moda. Los kimonos eran la parte central de las obras, dibujan con preciosismo los dobleces, estampados, colores, capas. Se aprecian los diferentes kimonos, si son para la intimidad con escenas eróticas, sensuales y cotidianas; o si son para la calle, en puentes y paisajes. La riqueza de habitar un vestuario que es una escultura suave, amoldada al cuerpo y al espíritu.

Los kimonos de la exposición eran piezas diseñadas para las novias, bordados y estampados con motivos de la Naturaleza como pensamiento estético y poético, se refleja en exquisitas hojas rojas secas, garzas volando, flores de crisantemo, nubes, pájaros, hojas verdes, cada sección está dedicada a una estación del año, eso permitía usarlo todo el año. Los kimonos que tenían motivos de una sola estación, se usan únicamente en esa época. Había unos pantalones masculinos para jinetes, profusamente bordados, que me evocaron a los samuráis del grabado de la era Meji, 1868-1912.

La vida se puede habitar con belleza, la ceremonia del té exige otro estilo de kimono, el estampado lo determina la gracia de esa fugacidad. Fue conmovedor saber que todas las prendas estaban usadas, porque está vivo el significado filosófico y estético de esas ceremonias. Es un misterio la búsqueda de belleza en la efímera realidad, aún con el riesgo de ser cautivo de su presencia. “Claramente, es imposible tocar la eternidad con una mano y la vida con la otra”, dice Mishima, tal vez, esa belleza es la posibilidad de hacerlo.

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