La descarbonización y la COP26: ¿todo esto de que va?
Octaviano Couttolenc

Cambio y fuera

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El compromiso de descarbonización que han tomado los gobiernos, trae consigo la responsabilidad de trabajar en el diseño de políticas públicas que fomenten…

Foto: La Tercera.
Foto: La Tercera.

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En esta semana seguro habrás oído mucho sobre la Cumbre Climática organizada por Naciones Unidas, que se celebra en Glasgow, Escocia, entre finales de octubre y principios de noviembre denominada COP26.

La humanidad preocupada por los grandes impactos climáticos que tiene sobre nuestro planeta, los elevados niveles de actividad industrial y de consumo, que se traducen en altos niveles de emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI), estableció ya hace muchos años la meta de buscar limitar para el año 2050, el incremento de la temperatura en la tierra a sólo 1.5 grados centígrados por encima de los niveles que se tenían en la época preindustrial. Para buscar cumplir con ese objetivo, los países firmantes definieron una serie de compromisos, denominadas contribuciones determinadas a nivel nacional (“NDCs”), a través de los cuales cada país se compromete a tomar una serie de medidas y compromisos para reducir los niveles de carbono en su economía. Como parte de dichos acuerdos, se fijó el compromiso de revisar los mismos, cada cinco años, con la idea de volverlos más exigentes y así asegurar el cumplimiento de la meta.

La discusión entre países desarrollados y en desarrollo alrededor de este tema, y la manera en que cada uno debe contribuir, no es nada sencilla como imaginamos, ya que es como el dilema del prisionero, es decir, un tema de confianza. Los países desarrollados quieren exigir a los que están en desarrollo que incrementen sus medidas para reducción de emisiones (ya que la mayor parte del incremento de éstas en el futuro provendrá del mundo en desarrollo), y los países en desarrollo exigen, a su vez, mayor esfuerzo a los desarrollados y mucho mayores apoyos económicos, ya que consideran que en buena medida este problema ha sido creado por el desarrollo de estas economías en los últimos 150 años.

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Imagen: Shutterstock.

El compromiso de descarbonización que han tomado los gobiernos, trae consigo la responsabilidad de trabajar en el diseño de políticas públicas que fomenten la inversión en tecnologías de menor consumo de carbón, o más eficientes, promuevan restricciones al uso del carbón en la generación eléctrica, disminuyan el uso de motores de combustión interna, detengan la deforestación de bosques y selvas, entre muchos otros temas. Los montos de inversión de capital de los que se habla en las Naciones Unidas para cumplir dichos objetivos al año 2050, rondan los $3 trillones de dólares anuales.

Estas sumas tan exorbitantes de recursos, se estima tendrán un impacto muy relevante sobre la inversión, sobre el crecimiento económico y sobre el empleo a nivel global, ya que prácticamente todas las áreas de nuestra actividad se verán afectadas por este fenómeno de cambio tan relevante.

Mas allá de las políticas que se decidan en los grandes países desarrollados, será además crítico el acceso que los países en desarrollo tengan a apoyos económicos y el acceso a financiamiento para transitar en esta ruta, que, de no darse, pondrá en entredicho la consecución de estos objetivos.

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Foto: El Obrero.
gases de efecto invernadero
Foto: Compromiso Atresmedia.

Suele haber mucho furor y revuelo conforme se acercan estas conferencias, ya que vuelve a ser un termómetro real de los avances que se están teniendo en esta materia. Hay muchas voces con sentimiento algo negativo, pues ven que los compromisos no se están cumpliendo y la probabilidad de lograr la meta se va desvaneciendo; se estima que si los compromisos actuales son honrados, existe un 5% de probabilidad de cumplir con la meta de 1.5 grados y un 50% de probabilidad de cumplir con la meta de 2.1 grados, lo que evidencia la altísima necesidad de mayor exigencia para todos los participantes.

Sin duda la pandemia por COVID-19 tuvo como consecuencia la reducción en la actividad económica y que, en ciertos sitios, los niveles de emisión de gases fueran menores, pero esto al final será un tema transitorio y la recuperación se irá dando. Existen, asimismo, otros eventos como los que estamos viendo actualmente en Europa y otras partes del mundo, de incrementos muy importantes en los precios de los combustibles y el gas, que junto con una temporada de viento inusualmente baja, ha causado un cierto retorno a la generación de energía de combustibles fósiles, difiriendo así las metas de emisiones comprometidas.

Aunque sin duda hay muchas razones para no ser optimistas sobre el grado del esfuerzo que todos los países, gobiernos, empresas e individuos estamos haciendo para facilitar esta transición energética, veo con muy buenos ojos el regreso de Estados Unidos al COP, después de que Donald Trump lo hubiese abandonado. Las metas establecidas nunca serán alcanzables si Europa, China y Estados Unidos que componen cerca del 45% de las emisiones globales, no se ponen al frente de esta tan relevante cruzada por disminuir los efectos dañinos sobre nuestra Tierra. Se habla que quizá los avances en esta Cumbre no sean muy trascendentes, pero sin duda serán incrementales.

COP26, emisiones
Imagen: E-Renovables.

Tengo entendido que México para esta cumbre se limitó a renovar los compromisos que ya se habían hecho anteriormente de reducción de emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI) del 22% y de carbono negro del 51% para 2030, así como generar 35% de su energía de fuentes limpias, además de exigir mayores apoyos y financiamientos para países en desarrollo. Sin embargo, el impulso a la reforma energética en discusión no contribuye en nada a la consecución de dichos objetivos ni a la imagen de nuestro país en el extranjero en esta gran cruzada por la ecología.

Según palabras del primer ministro inglés, Boris Johnson, “COP26 debe representar un punto de inflexión para la humanidad”, y desgraciadamente como raza humana lo estamos afrontando con algo de timidez.

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