Las Paredes Gritan: Viejo volcán… Rodeado… De inframundo…
Héctor Castillo Berthier

Zona Submetropolitana

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Angahuan ya es parte de la pésima cultura de las zonas pobres de México.

Lectura: ( Palabras)

La Bruja de Angahuan

Durante varios años viajé a Angahuan, Michoacán, para realizar una caminata al volcán Paricutín.

Era un viaje fascinante. Llegaba a Uruapan por la tarde y dormía ahí. Al día siguiente, en la madrugada, salía a Angahuan, que es una comunidad purépecha.

Me alojaba en las cabañas que tienen los cooperativistas y al día siguiente —también de madrugada— salía con un guía para atravesar el enrome río de lava que dejó la explosión del volcán, el 20 de febrero de 1943.

Era una caminata estupenda —entre lava— a lo largo de 18 kilómetros para llegar a la cima del Paricutín. Después, para regresar, tomaba un largo camino de tierra negra, atravesando el templo de Parangaricutiro —o San Juan de las Colchas— que es el poblado que quedó sepultado por la lava volcánica

Era un viaje fantástico de 38 kilómetros. Nos tomaba todo el día. La primera vez que fui tenía 17 años y la zona era mágica para mí.

Los habitantes de Angahuan hablan purépecha y su música —las “pirékuas”— tienen una base dulce, rítmica y melodiosa.

Dentro de Angahuan, subsiste una cooperativa que fue formada durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Ellos mantienen las cabañas y un balcón desde donde se puede ver a lo lejos el Paricutín. Además, la comida tradicional purépecha es deliciosa.

La cooperativa existe todavía y el espacio boscoso sigue generando empleo para cientos de trabajadores que producen —con la madera del pino— las cajas de tejamanil que se utilizan para empacar aguacates, jitomates y otras verduras.

En las primeras tres visitas, mi guía fue un hombre muy amable, don Agapito Perucho, que hablaba muy poco español. Hombre taciturno, pero muy sagaz en sus comentarios.

En 2015 —que fue la última vez que llegué— me enteré que él había muerto, pero su hijo Cayetano me presentó al nieto de don Agapito, Pedro, que fue mi guía en esa ocasión.

Pedro Perucho hablaba poco español y era igual de taciturno que su abuelo.

Salimos de madrugada para iniciar el largo recorrido.

Las cuatro veces fui al mismo lugar y me parecía introducirme en otro mundo… ¡Un mundo imaginario!

Pero la última ocasión fue todo muy distinto… Ya era otro planeta.

El Inframundo

En la madrugada el clima era ideal. Se percibía un día soleado.

Caminamos por el bosque y —la primera diferencia con el pasado— es que aparecieron cientos de rejas de alambre y púas delimitando los predios, cosa que no existía antes.

“¿Quién puso estas rejas y estas púas?”, le pregunté a Pedro: “Las personas”… No dijo nada más.

Pasamos media hora en el bosque y, antes de entrar al río de lava, apareció en un pequeño monte una casa fuera del ambiente. No era una casa de arquitectura purépecha, ni michoacana, ni mexicana. Era una casa californiana —de dos aguas— ¡Impecable!… Parecía que la acababan de construir.

Pregunté: “¿Quién vive aquí? “Las personas”, me dijo Pedro… No quiso decir más.

En cuatro horas atravesamos el río de lava y —después de un gran esfuerzo— llegamos a la cima del Paricutín.

La vista del valle era maravillosa. Las nubes pegaban en nuestras caras y cuando salía el sol se veía la riqueza de toda la zona.

Le dimos una vuelta completa al cráter para ver el panorama, hasta llegar al viejo camino de bajada, con la tierra aún caliente.

Desde arriba del volcán se veían un numeroso grupo de cuatrimotos, con conductores muy bien equipados, con uniformes y cascos.

No los había visto nunca antes. Y pregunté: “¿Quiénes son ellos?”. “Son las personas”, me dijo Pedro.

Al bajar el volcán y al lado de las motocicletas, había varias camionetas, llenas de chavos, con música de bandas sinaloenses.

“¿Esas son las personas?”, le pregunté. “Sí”, me dijo.

No quiso hablar de ellos. No los identificó. No habló de cuándo llegaron. Ni describió lo que hicieron… Pedro era sólo el nieto de un campesino que prestaba sus servicios de guía y no tenía relación con “las personas”.

Iniciamos el largo camino de regreso, pero en el trayecto todos los espacios estaban resguardados por palos, rejas de alambre y púas.

Horas después, llegamos a la entrada del camino que conduce a las ruinas del templo de Parangaricutiro.

En ese lugar se montó un tianguis lleno de puestos de comida —como los que hay en el Estado de México—.

Había camiones, autos, motos, caballos y varios lugares tenían su equipo de sonido —a todo volumen— con música de Sinaloa.

No me detuve. Ya era tarde. Quería regresar y preguntarle a otros habitantes qué había sucedido.

Uno de los viejos Purépechas me dijo: “En Angahuan, desde hace algunos años, aparecieron los secuestros, los asesinatos, los muertos abandonados, las fuerzas armadas y crímenes que antes no conocíamos aquí”.

La población se duplicó en muy poco tiempo… Y ahora los nuevos dueños del lugar son “las personas”.

Angahuan ya es parte de la pésima cultura de las zonas pobres de México.

La Bruja

En marzo de 2012 hubo una tragedia que conmocionó a la población.

Un niño de 5 años, Bernardino Bravo Gómez, fue secuestrado fuera de su casa y mantenido en cautiverio durante un mes, hasta que fue asfixiado, colocado en bolsas de plástico y aventado en una huerta de aguacates, en la carretera Las Cocinas-San Lorenzo.

Se dijo que una “bruja”, con su “bolita mágica” y “leyendo las cartas”, fue la responsable del secuestro y asesinato del pequeño, después de haber pedido 600 mil pesos para rescatar al menor.

A la par, los demás pobladores buscaron al pequeño en los alrededores de la comunidad y cerraron las carreteras para exigir resultados a la autoridad investigadora.

Ya habían detenido a la Bruja antes, pero la dejaron libre por no contar con: “Un traductor de lengua purépecha”.

La arrestaron. La liberaron. La Bruja juró vengarse. Y los lugareños incendiaron su casa… La Bruja huyó.

Hoy —finalmente— la detuvieron, (Animal Político, 22/VII/2022).

Después de 10 años de estar prófuga de la justicia, Cecilia A, (la Bruja de Angahuan) fue capturada en Estados Unidos por la Interpol, el 21 de julio de 2022.

El narco y sus secuelas llegaron al lugar… Los espacios fueron reconquistados… Hoy —ahí— muchos pagan derecho de piso y extorsiones.

El gobierno en Angahuan lo manejan “las personas”.

¿Así será su futuro?

La Cueva del Delfín

En muchas partes del país la realidad es trágica… La “nueva realidad” de la post-pandemia es pésima… ¿Dónde quedaron los valores y las tradiciones?… ¿Qué más nos tocará ver?

¡Vientos huracanados!, si no me mandan al Paricutín nos veremos por acá la próxima.


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