Fernando Flores: el labrador de sensibilidades
David Rettig

Palimpsestos culturales

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Por mucho tiempo la sensibilidad humana se ha venido apagando y agotando como la llama en una vela abandonada.

Imagen: Nick Liefhebber.

Lectura: ( Palabras)

Mi maestro y amigo, el arqueólogo marítimo, Jorge Manuel Herrera, me contó de una ocasión que zarpaban a ultramar cuando un colaborador, lanchero y pescador de la zona, les dijo que él no subiría. Su experiencia anticipaba una tormenta. El arqueólogo y su equipo, escépticos ante la evidencia contraria que marcaban los aparatos tecnológicos, decidieron embarcarse sin la ayuda del pescador. La misión se vio afectada: la tormenta llegó. Los aparatos tecnológicos no habían detectado lo que la sensibilidad de aquel hombre sí. A su regreso, Jorge intrigado fue a buscar al pescador y le preguntó cómo lo sabía. Una compleja trama de vientos a proa y popa, de humedad que se sentía, de tonos en el agua y sensaciones lo dejó perplejo. Comprendió que hay cosas que se saben hacer pero no decir y sin embargo se saben.

El antropólogo Edmund Carpenter me contó de las capacidades de los esquimales para hacer mapas con una precisión de GPS, para arreglar motores aunque no supieran de mecánica, para imitar a las personas aunque no fueran actores. Me contó cómo navegó con alguno de ellos en su trineo: la vista, afirmaba Carpenter, es el sentido que menos funciona en el Ártico, la neblina y la blancura nublan la visión; los esquimales se orientan por el oído, por el tacto. Cuando narraba la experiencia sus ojos se iluminaban, la emoción era evidente y vibrante. Siempre terminaba con alguna reflexión. La que más me sacudió fue cuando dijo: no sabemos nada de la percepción humana. En Eskimo Realities da cuenta de algunos de esos aspectos. Al igual que el pescador, los esquimales no pueden explicar cómo logran ubicarse o armar un motor que estaba desarmado y que no conocían: son simplemente, habilidades y sensibilidades que desarrollaron en su cultura.

Por mucho tiempo la sensibilidad humana se ha venido apagando y agotando como la llama en una vela abandonada. Las máquinas, la certidumbre que nos han brindado los números y la ambición del control y la predicción nos han forjado una callosidad. Así como las calculadoras nos entumen para hacer cálculos mentales o cuando se nos va la señal nos queda claro que el Waze nos inutiliza para orientarnos por nosotros mismos, nuestros otros sistemas que hemos creado nos han inhabilitado sensibilidades que hoy simplemente desconocemos. Nuestras creaciones posibilitan y habilitan sensibilidades. Esas sensibilidades son semillas enterradas en una tierra no cultivada por nuestra educación. Despertarlas, desaprender, aprender a aprender nuevamente, son tareas complejas, propias de una arqueología de la percepción.

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Imagen: Kyle Smart.

Pero con la programación adecuada de la sensibilidad, es posible habilitar sensibilidades. Una practicante de esgrima perdió sus brazos y piernas al contraer meningitis a los once años. A pesar del juicio y diagnóstico evidente de su antiguo maestro (“para este deporte necesitas los tres dedos de la mano y la mano, busca algo más”) la persistencia, una prótesis y su capacidad de ambicionar el futuro la llevaron a ser la campeona de esgrima. Nuestra incapacidad no es física, sino de voluntad y de estado de ánimo. La voluntad de cultivar posibilidades y los estados de ánimo nos posibilitan. Ver la maravillosa serie que captura la historia de esa campeona, Bebe Vio, Rising Phoenix, significa constatar lo que otros atletas paralímpicos nos muestran a quienes tenemos todas las capacidades físicas intactas, a saber que nuestra incapacidad, que nuestras barreras, son mentales; son de estado de ánimo. Nos vencemos ante la adversidad antes de afrontarla. Bebe Vio hoy parecería pensar con sus prótesis, ya son parte de ella, de sus movimientos. Ella logra lo que Messi logra en la cancha, parecen pensar con pies y manos. El balón y el espadín parecen parte de su cuerpo: los son.

En las escuelas y nuestros hogares no se nos enseña, la mayoría de las veces, a lidiar con la adversidad y a navegar con la incertidumbre, menos a cultivar sensibilidades. Conocer es saber, pero pocas veces se nos enseña a saber hacer, a cultivar habilidades y sensibilidades, a superar las caídas y a memorizar con el cuerpo. Como maestro y como consultor de empresas he caído en esa ceguera, herencia de la modernidad. Se dice que aprender es saber información, es aplicar modelos, es reconocer fórmulas que nos permiten predecir y tangibilizar. El cultivo de las habilidades y las sensibilidades se habían borrado de mi mapa de acción.

Recientemente Eduardo Caccia me invitó a un curso en el que él está aprendiendo a navegar la incertidumbre del futuro. Me dijo, te va a interesar, “Fernando habla de Maturana y de otros temas que son de tu interés”. Así conocí a Fernando Flores Labra. La primera charla lo juzgué desde el conocimiento (o más bien desde el juicio y la ignorancia) y debo confesar que me incomodó un dejo un tanto religioso que vi en el movimiento y en los comentarios de los asistentes. Estaba ante una especie de gurú patriarcal, que parecía predicar y ostentar un conocimiento evidente e imposible de transmitir si no “lo pasabas por el cuerpo”. Hablaba de navegar estados de ánimo y de construir posibilidades, de crear mundos a partir de la conversación. Sin embargo, uní conceptos como la navegación y el cultivo de sensibilidades a algunas experiencias como las que ya te conté. En mí se abrió una pequeña ventana de interés y curiosidad.

A los pocos días, tuve un encuentro con un discípulo de Fernando: Fernando Godínez. Él me confrontó y me desarmó con preguntas. Simplemente cuestionaba, era como estar en una partida de ajedrez en donde el oponente inhabilitaba el movimiento, pero no con un ataque sino cuestionando tu propia movida. Al momento que inhabilitaba posibilitaba o abría otras formas de proceder. Tuve algunas sesiones más y en el inter comencé a buscar más de Fernando Flores. He visto y leído lo que he podido encontrar. Se me reveló un mundo nuevo. No sólo por enterarme de la trayectoria de Fernando Flores, sino porque su herencia intelectual era profunda. No hablaba un inventor surgido de la nada, no estaba ante la presencia de un vendedor de espejos. Fernando es herencia y tradición. Tenía varios indicios, o como él lo dice en algunos videos “que los desconfiados vayan y busquen evidencias”: desde el argumento de autoridad, hasta el vivencial y de experiencia se unían con una coherencia y consistencia inusual. Quien me generó la intriga, sin embargo, fue Fernando Godínez, su proceder me dejó en claro la diferencia entre esa teoría encontrada en las páginas de Internet, y las lecturas y en las charlas, y la experiencia vivida.

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Imagen: Alice Wellinger.

A las pocas semanas junto con Eduardo Caccia y Daniel González decidimos enrolarnos en un curso Trabajando Eficazmente en Equipos Pequeños (WEST, por sus siglas en inglés) que crearon Fernando y su hija Gloria Flores. Lo fascinante de este curso es que es un laboratorio de experimentación que surge en el escenario virtual del juego y está enfocado en coordinar acciones. ¿Cómo lograr que los equipos logren y ejecuten lo que se proponen? El juego se convierte en un espacio de conversación en donde vives y sientes lo que experimentas en la vida real. El cerebro no diferencia ese espacio virtual del de la vida real. Aprender a coordinar acciones se aprende haciendo. En el primer día de juego brotan además de la falta de habilidad para manejar las teclas y el ratón, los vicios y juicios que hacemos, declarando incapacidades, revelando confusiones, expresando inseguridades.

Aún estamos en el amanecer del curso. Pero he experimentado cambios. La manera más clara de explicarlo es con una metáfora y un recuerdo: cuando alguna vez estudié violín, no pude tocar el instrumento sólo con saber la partitura y conocer la melodía, mis brazos eran torpes. Los dedos tienen una memoria y una sensibilidad que requiere tiempo para fluir. He de confesar que nunca lo logré a cabalidad (como si un instrumento y la música pudieran dominarse), pues lo abandoné después de un año. Pero he recordado esa torpeza. Acá la diferencia es que se ha revelado el aturdimiento cuando uno hace pedidos al otro, cuando hace ofertas, cuando establece compromisos o promesas. Nuestro lenguaje, creador de mundos y de posibilidades, ha sido inhabilitado por nuestras formas de ser: la falta de compromiso, por vicios, por maneras de pensar, por juicios y valoraciones que hacemos sobre nosotros y los otros. A los pocos días me estaba dando cuenta cómo mis correos o los correos que recibía eran poco asertivos.

Orquestar con los equipos la acción y llegar a ejecuciones implica, como en una sinfonía, que los movimientos, los sonidos, los silencios se sincronicen. Me impactó saber cómo Fernando logró que una compañía como CEMEX tuviera un aumento exponencial en sus ventas y una reducción en sus pérdidas con un proceso de ajuste de compromisos. Labrando el lenguaje, encaminando las formas de proceder, sonaron las cajas registradoras.

En estos días he recordado lecturas detonadas por las ineptitudes que se revelan en el lenguaje y que confrontan lo ya leído con lo no experimentado. He recordado mucho el libro de Daniel Coyle, Culture Code. Las historias narradas sobre cómo un grupo de ladrones profesionales, militares, jugadores de baloncesto, construyen mecanismos para actuar con eficiencia y ser los mejores del mundo en su ramo. En estos días las ineptitudes se revelan frente a un juego de video y comienzan a cobrar vida haciendo, no pensando ni sacando tips de libros. Uno no aprende a cocinar viendo recetas, sino cocinando. La palabra y la acción han estado divididas, es momento de hablar haciendo, de experimentar.


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