Botero
Avelina Lésper

Arte y Dinero

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Deformar el cuerpo humano, hasta hacerlo grotesco, con genitales minúsculos, tomar personajes arquetípicos, y aislarlos de su entorno, es un juego cruel.

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Lectura: ( Palabras)

Picasso deformó la figura humana, la convirtió en “picassiana”; Modigliani la alargó, la convirtió en la flama de una vela, Matisse la redujo a unas líneas, y Botero la infló, la hizo ocupar todo el espacio que podría abarcar la mirada y nuestros brazos.

La obra de Botero es la respuesta visual a García Márquez y sus personajes, esas rotundas figuras, aisladas, arquetípicas: el obispo, el torero, la bailarina, que llenan por sí mismas su reducido universo, suspendidas en el tiempo, en sus Cien Años de Soledad, de leyendas, prejuicios, secretos de familia. Las plasmó en pinturas que el público amó y la crítica odió.

El fenómeno de Botero fue su apabullante éxito, con una obra que desafiaba al arte de la época, cuando mandaba el Expresionismo Abstracto, él estaba haciendo de la figura humana una metáfora que se volvió un canon. Consiguió que su pintura fuera reconocible, sus “gordos” gritaban su nombre ¡Botero! Eso lo condenó, se le llamó autorreferencial, repetitivo, que complacía a un público fácil.

Ahora, la obra de Botero no es fácil. Es decir, deformar el cuerpo humano, hasta hacerlo grotesco, con genitales minúsculos, tomar personajes arquetípicos, y aislarlos de su entorno, como están aislados los personajes de García Marquéz, y cómo se vive, incluso actualmente, en cientos de ciudades latinoamericanas, es un juego cruel.

Nació en Medellín, Colombia en 1932, estudió con jesuitas y quería ser torero. Decía que estaba influenciado por Diego Rivera, el Giotto, los clásicos del Renacimiento y el Barroco. Eso es evidente porque siempre mantuvo una composición muy clásica, sus temas son retratos y bodegones, escenografías, con la naturaleza o interiores, quería ser lo más académico posible, para que la deformación contrataste y se establezca un equilibrio. Recreó obras maestras en su propio estilo, un ejercicio que va del homenaje al aprendizaje.

Pintó y trabajó más de lo que los críticos hubieran deseado. Demostrando que le importaba poco lo que dijeran de él. Con menos de 30 años ya tenía una pieza dentro de la colección del MoMA, el retrato de la Gioconda a los 12 años, con grandes mejillas, entró en las galerías de Nueva York y se hizo de fama planetaria.

Con su éxito se estableció la casi obligatoriedad de denostarlo y decir que era un artista comercial, eso impidió el verdadero análisis de su obra. El hecho de haber conseguido una estética estrictamente personal que rompía con el concepto de belleza, y que fue aceptada por el público es muy interesante. Las pinturas de Botero se asimilaron como una ficción que dentro de sus fronteras conceptuales era coherente, lógica, todo en sus pinturas está equilibrado para que el volumen de los personajes pueda habitarlas.

En conclusión, es momento de observar las obras de Botero sin el prejuicio de la crítica y sin el estigma del éxito de la obra fácil. En este momento se encumbra lo descaradamente estulto y nos negamos a ver la obra de un artista sólo por seguir a la corriente social.  

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