LAB LEAK, segunda parte: COVID, armas biológicas, China, y Estados Unidos
Francisco Gil-White

La siguiente controversia, por favor...

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¿Acaso EE.UU. estaría colaborando con China—su presunto enemigo—en el desarrollo de armas biológicas? ¿O sería que los funcionarios de salud estadounidenses, responsables de aprobar…

Imagen: Shutterstock/WorldAtlas.
Imagen: Shutterstock/WorldAtlas.

Lectura: ( Palabras)

En mi artículo de agosto 2021 relaté que arde una gran controversia—con emociones fuertes—sobre la génesis del coronavirus SARS2 (SARS-COV-2), causante del COVID-19: en una esquina, la tesis de un origen natural; en la otra, el escape de laboratorio. A la segunda hipótesis, en inglés, le apodan lab leak.

Resumo y actualizo.

Algunos científicos importantes, inconformes de ver que se discutiera siquiera el lab leak, publicaron dos manifiestos ninguneándola como racismo anti chino y ‘teoría de conspiración’ (léase: locura paranoica): Calisher et al. (2020) en The Lancet y Andersen et al. (2020) en Nature Medicine. En dichos manifiestos se ampararon funcionarios estadounidenses y grandes medios para burlarse en público—todos a coro—del lab leak.

Así estuvieron las cosas hasta mayo de 2021, cuando, a contracorriente, Nicholas Wade analizó el caso en el Bulletin of the Atomic Scientists y concluyó que casi toda la evidencia favorece al lab leak. Esto fue un parteaguas: ya nadie se burla. Y algunos han cambiado de opinión. Por ejemplo (como se reportó en el New York Times), Ian Lipkin, cofirmante del manifiesto en Nature Medicine.

No así muchos cofirmantes del manifiesto en The Lancet, Calisher et al, quienes volvieron a la carga en julio 2021, en la misma revista, con un remanifiesto:

“Recientemente, a muchos de nosotros nos han preguntado individualmente si todavía apoyamos lo que dijimos a principios de 2020. La respuesta es clara: reafirmamos … que el SARS-CoV-2 con toda probabilidad se origina en la naturaleza y no en un laboratorio.”

Pero faltaron las firmas de William B. Karesh, Bernard Roizman, y Peter Palese. El último “ha dicho,” según el New York Times, “que ‘mucha información preocupante ha emergido desde la carta en The Lancet que yo firmé’ y quiere una investigación para encontrar respuestas.”

Otros científicos que ahora disputan las versiones oficiales han ido más lejos. En septiembre de 2021, otra vez en The Lancet, un grupo de científicos respondió al remanifiesto de Calisher et al, afirmando que “no existe apoyo directo para [defender] el origen natural de SARS-COV-2” y que “[la tesis de] un accidente de laboratorio es razonable.”

¿Por qué la consideran razonable?

Para una lista más completa, consultar el artículo de Nicholas Wade. Pero, para empezar, 1) porque el Instituto de Virología de Wuhan se encuentra a escasos kilómetros de donde fueron registrados los primeros casos de COVID; 2) porque en dicho laboratorio aplican ‘aumento de función’ a coronavirus de murciélago—es decir, los hacen más letales y contagiosos contra los seres humanos—; y 3) porque, según afirman las autoridades científicas, el SARS2, causante del COVID, desciende de un coronavirus de murciélago.

¿Por qué se ‘aumentan’ coronavirus de murciélago? En la justificación oficial, se trata de un esfuerzo de salud pública: se busca adelantarse en el laboratorio a la evolución futura de los patógenos para estar mejor preparados en caso de pandemia.

Shi Zhengli
Shi Zhengli (Foto: 7NEWS/GettyImages).

Empero, tomando en cuenta que, según el propio Departamento de Estado de EE.UU., el laboratorio de Wuhan trabaja para los militares chinos y que estos militares empujan un programa de guerra biológica, puede ponerse sobre la mesa una hipótesis distinta: que eso de ‘aumentar’ virus tiene como finalidad el desarrollo de armas biológicas.

Si así fuere, lo más interesante, como expliqué en mi anterior artículo, sería esto: la famosa ‘batichica’ Zhengli-li Shi (o Shi Zhengli)—responsable de ‘aumentar’ coronavirus de murciélago en el Instituto de Virología de Wuhan, y principal sospechosa de haber dejado escapar al SARS2—ha estado recibiendo financiamiento y colaboración científica del gobierno estadounidense.

Pero entonces, ¿qué? ¿Acaso EE.UU. estaría colaborando con China—su presunto enemigo—en el desarrollo de armas biológicas? ¿O sería que los funcionarios de salud estadounidenses, responsables de aprobar dichas colaboraciones, no entendían lo que hacían los chinos?

Para investigar esto sería relevante saber, primero, si EE.UU. tiene interés, siquiera, en desarrollar armas biológicas (porque se suponía que habían vedado eso).

La veda estadounidense contra el desarrollo de armas biológicas: ¿fue real?

El desarrollo estadounidense de armas biológicas fue iniciado por el presidente Franklin Delano Roosevelt, y luego, nos dicen, suspendido unilateralmente por el presidente Richard Nixon en 1969. Hecho lo cual, Nixon lideró la firma de un tratado internacional para controlar, en todo el mundo, la proliferación de estas armas de destrucción masiva: la Convención de Armas Biológicas (BWC – Biological Weapons Convention).

Suena bien, pero Barry Kellman del International Security and Biopolicy Institute explica en la revista Global Policy que hay un pequeño problema con la BWC.

A diferencia de los tratados internacionales para restringir la proliferación de armas nucleares y químicas, mismos que cuentan con mecanismos sofisticados de verificación y aplicación, “la prohibición contra la proliferación de armas biológicas no se ha acompañado, en absoluto, de un sistema comparable.”

Siendo así, los Estados pueden decirnos que se apegan a la BWC, pero no hay manera de confirmarlo. En este acuerdo de palabra, todo pende de la buena voluntad de quienes lideran los gobiernos.

Confiando en la buena voluntad de Nixon, la interpretación más generosa afirma que esto fue un verdadero avance para la seguridad y la paz internacionales, pues EE.UU. realmente suspendió—aunque nadie lo pueda comprobar—el desarrollo de armas biológicas.

En la interpretación más cínica, Nixon y sus sucesores buscaban tan solo retrasar las investigaciones de otros países, obteniendo así una ventaja para el programa secreto de armas biológicas estadounidenses, que nunca fue interrumpido.

¿Cuál hipótesis es más razonable?

Quienes prefieren la interpretación más cínica nos señalarán 1) que la BWC explícitamente permite investigaciones ‘defensivas’; 2) que un viejo truismo militar afirma que ninguna frontera realmente divide lo defensivo de lo ofensivo; y 3) que mucha investigación biológica justificada como ‘civil’ tiene ‘uso dual’ para guerra biológica.

Según la revista Science, un grupo de científicos se quejó en 2018, sobre estas líneas, de un programa estadounidense para “usar insectos como áfidos y mosquitas blancas para infectar cultivos con virus diseñados que pueden entregar ciertos genes a plantas maduras.” En la justificación oficial, a esto lo llaman “terapia genética para cultivos.” Pero los críticos señalan que la misma tecnología puede usarse para devastar cultivos y por lo tanto viola la BWC. Es harto curioso, en todo caso, que el financiamiento para un esfuerzo ostensiblemente agrícola venga de DARPA: US Defense Advanced Research Projects Agency—es decir, del Pentágono—.

Lo que más preocupa a algunos, y sobre todo en el contexto de las especulaciones sobre la presente pandemia, es la posibilidad de que los militares estadounidenses tuvieran la intención de utilizar armas biológicas contra poblaciones civiles. Pero, ¿acaso es concebible aquello?

Para tratar de contestar esta pregunta, quizá el contexto más relevante sea lo confesado por el ejército estadounidense en 1975-77, cuando sus voceros fueron llamados a comparecer ante los congresistas, cuyas investigaciones parlamentarias redundaron en una serie de revelaciones asombrosas sobre lo que habían estado haciendo los militares en secreto.

¿Qué se destapó en 1975-77?

En comparecencias ante el senado, los militares confesaron a regañadientes que, en los años 1950-60, habían hecho experimentos secretos para ensayar sus armas de guerra biológica contra la población civil de Estados Unidos.

Hubo un breve escándalo y luego: cortina de humo (nada por aquí): los medios olvidaron el asunto—pero rápido—. Tanto así, que el público general hoy día desconoce el tema, pues medios y académicos ya casi jamás lo mencionan. Un curioso encontrará nada más un salpicado de artículos en publicaciones menores y en revistas especializadas de ciencia que han aparecido, cual nariz de nutria, en brotes irregulares y tímidos al paso de los años. Si bien escasos y parcos, dichos reportes delatan—con total suficiencia—una catástrofe para la democracia estadounidense.

Un ejemplo dramático nos servirá de imagen.

En 1950, según explica Smithsonian Magazine, el gobierno de Estados Unidos organizó una infección bacteriana masiva de sus propios ciudadanos en la bahía de San Francisco. Es posible que esto haya alterado permanentemente la ecología de la región. El microbio liberado, Serratia marcescens, puede causar, entre otras cosas, infecciones de las válvulas del corazón.

¿Sorprendente? ¿Indignante? ¿Escalofriante? ¿Aterrador? Siéntese. Tome aire. Beba un trago. Lo de San Francisco no fue nada.

Aquel colosal experimento—un ataque, si somos muy sinceros—fue tan solo “uno de cientos”—¡cientos!—“llevados a cabo [por el Pentágono] en los años 50 y 60,” escribe Smithsonian.

Todos estos ataques fueron contra la población civil de Estados Unidos. Los afectados se cuentan en millones.

Pero eso de hacer experimentos médicos sin consentimiento del paciente, nos dijeron en la escuela, es cosa de los nazis. Eso lo hacen gobiernos controlados por mafias criminales.

Sí, en efecto.

Algunos nazis por lo menos fueron enjuiciados en Nuremberg (y Adolfo Eichmann, en Jerusalén). Pero los responsables de estos asombrosos crímenes contra civiles estadounidenses nunca fueron enjuiciados. Y no conocemos todo lo sucedido.

Business Insider reporta:

“En un artículo de Newsday de 1995 el reportero Dennis Duggan contactó [por teléfono] al científico retirado del ejército, Charles Senseney, quien testificara sobre los experimentos en el subcomité del Senado en 1975. En su testimonio, había explicado que un foco de luz lleno de bacteria tirado en [el metro] en la Calle 14 [de Nueva York] sin problema llevó la bacteria hasta la Calle 58.

Pero no quiso revelar nada al reportero de Newsday. ‘No quiero ni acercarme al tema,’ dijo Senseney a Duggan. ‘Yo [testifiqué] porque me lo ordenó la gente del Departamento de Defensa. … Mejor cuelgo’. ”

¿Qué testificó Senseney en 1975? Todo lo siguiente:

Luego de haber recibido una orden oficial de destruir sus agentes biológicos (cuando Nixon declaró extinto el programa de guerra biológica), los militares, que tenían una toxina propiedad de la CIA, habían simulado que la entregaban a otro órgano militar, disque para destruirla, pero en realidad se la regresaban a la misma CIA.

Los militares habían inventado pistolas de dardos para infectar personas a distancia con agentes biológicos. Habían inventado, también, disparadores de dardos disfrazados de plumas fuente, paraguas, y bastones para caminar, todos ellos diseñados para transmitir toxinas o agentes biológicos. Y habían desarrollado una tecnología para comprimir y endurecer un agente biológico y convertirlo en un botón de camisa que podía usarse normalmente y meter así el agente biológico a otro país con total inocencia turista. Todas estas tecnologías se compartían con la CIA.

La CIA no informaba a los militares cómo las usaba.

No tenía evidencia alguna de que sus superiores hubieran realmente destruido los otros agentes biológicos en posesión del ejército (los que no entregaron a la CIA).

Los militares habían desarrollado tecnologías para depositar aerosoles bacteriológicos en carreteras y vías del tren. Las especificaciones para dichas tecnologías habían sido entregadas a la CIA.

El Pentágono había desarrollado también tecnologías para infectar sistemas de agua.

Las instrucciones que Senseney recibió (y que afirma que siguió) para destruir tecnologías de hardware nunca fueron ordenes por escrito, ni tampoco especificaban cómo destruirlas.

¿Por qué se destapó esto? Es decir, ¿por qué fue llamado Senseney a comparecer en el Senado en 1975?

Algunos años atrás, en 1967, una investigación de la pequeña revista Ramparts había documentado el control clandestino que había establecido la CIA sobre la National Students Association, por mucho la asociación estudiantil más grande del país. Fue un gran escándalo. Ramparts continuó investigando y los Big Media—para que todos vieran que ellos también investigaban—corrieron a hacer lo propio. El resultado fue una serie de escándalos increíbles (que ahora ya nadie recuerda, porque los medios ya nunca proporcionan este contexto).

Richard Nixon I'm not a crook
Richard Nixon : “¡No soy un criminal!” (Foto: My Daily News).

Ante las revelaciones, que se tambalearon unas sobre otras durante diez años, pudo verse que los servicios de inteligencia estadounidenses habían corrompido todo el sistema: sus tentáculos se extendían sobre una red enorme de asociaciones civiles, fundaciones, organizaciones políticas, y la prensa.

Entonces, en 1975, al año siguiente de que el Presidente Richard Nixon—luego de afirmar “¡No soy un criminal!”—renunciara tras ser acusado de actividades criminales para afectar los procesos políticos en EE.UU. (escándalo Watergate), el Senador Frank Church lanzó una investigación general sobre las actividades secretas de la CIA, de otros órganos de inteligencia, y de los militares. Y ahí comenzó a salir el tema de los experimentos de guerra biológica del Pentágono. Siguieron revelaciones adicionales en 1977, en el Senate Subcommittee on Health and Scientific Research of the Committee on Human Resources.

En el mismo año de 1977, John James Farmer del Centers for Disease Control, del gobierno estadounidense, publicó con otros colegas una nota muy breve en The Lancet afirmando que eran otras variantes de Serratia marcescens—y no la liberada por los militares en San Francisco—las que habían estado enfermando a la gente. Dicha nota, hasta donde he podido ver, no ha sido revisada jamás por nadie, y sin embargo se cita a veces como si de una exoneración se tratara (por ejemplo, aquí). Empero, como explica Leonard Cole, las “infecciones de serratia se registraron en el hospital de Stanford por primera vez en la historia tan solo unos días después del experimento del ejército” (p.96).

Este Leonard Cole, director del Terror Medicine and Security Program (Programa de Medicina Terrorista y Seguridad) de Rutgers New Jersey Medical School, se interesó mucho en el asunto de los experimentos militares luego de las investigaciones parlamentarias, y publicó en 1988 un libro con una investigación histórica, muy detallada, que lleva por título Clouds of Secrecy: The Army’s Germ Warfare Tests over Populated Areas (Nubes de Secretismo: Los Experimentos de Guerra Biológica del Ejército sobre Áreas Pobladas).

Lo que narra Cole eriza los pelos.

senador Frank Church con el copresidente John G. Tower, republicano por Texas
El senador Frank Church, a la izquierda, con el copresidente John G. Tower, republicano por Texas, mostrando una pistola de dardos venenosos; septiembre, 1975 (Foto: Magic Valley/The Associated Press).

Clouds of Secrecy

La historia de esto comienza en la Segunda Guerra Mundial, con el general japonés, el Dr. Shiro Ishii, cuyos desafortunados conejillos de indias fueron prisioneros de guerra indefensos. Según documentación liberada vía el Freedom of Information Act, “por lo menos 3000 personas fueron asesinadas en estos experimentos. Algunos murieron de enfermedades, mientras que otros fueron ejecutados luego de haberlos convertido en ruinas físicas inútiles para estudios adicionales” (Cole, p.13).

En lugar de enjuiciar a Ishii por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, las autoridades estadounidenses lo protegieron a él y a su equipo a cambio de obtener toda su información (Cole, p.13). Al parecer nadie sabe a ciencia cierta dónde estuvo y qué hizo Ishii a partir de 1947. Pero algunos dicen—¿y por qué no?—que Ishii fue a trabajar en secreto a Fort Detrick, Maryland, donde Franklin Delano Roosevelt había creado el United States Army Biological Warfare Laboratories.

Gabinetes de Clase III en los Laboratorios de Guerra Biológica de EE. UU., Camp Detrick, Maryland
Investigadores de los gabinetes de Clase III en los Laboratorios de Guerra Biológica de EE. UU., Camp Detrick, Maryland; década de 1940 (Foto: Preservation Maryland).

Los escrúpulos de los militares estadounidenses no parecen haber sido más delicados que los de Ishii. El general japonés asesinó alrededor de 3000 personas de países enemigos; los militares estadounidenses rociaron con bacterias a millones de sus propios ciudadanos.

Según explica Leonard Cole, las comparecencias de 1977 en el Senado

“revelaron los alcances impresionantes del anterior programa de guerra biológica. Voceros del ejército confesaron que 239 áreas pobladas de costa a costa habían sido cubiertas de bacteria de 1949 a 1969. Los experimentos cubrieron áreas de Alaska y Hawái y las ciudades de San Francisco, Washington D.C, Key West, y Panama City en Florida. Algunos experimentos fueron más enfocados, como aquellos que rociaron bacteria en el Pennsylvania Turnpike o en el sistema del metro de Nueva York.” (Cole, pp.5-6)

El ejército afirmó que no había monitoreado las estadísticas de salud en las áreas afectadas por sus experimentos. Pero ¿podemos hablar siquiera de ‘experimentos’ si nadie mide? ¿No es más lógico suponer que el ejército afirmó aquello para no tener que rendir cuentas sobre el tamaño preciso de sus crímenes? En todo caso, es asombroso constatar que los legisladores estadounidenses, sin mucho pestañear, aceptaran ese cuento del ejército. Pero lo aceptaron, y “nunca sabremos” escribe Cole, “cuanta enfermedad y muerte pudieron haber causado” los militares (Cole, p.6).

Algún optimista querrá pensar que, bueno, por lo menos esto se exhibió en 1977 y gracias a ello ya no sucede. Pero según Cole semejante optimismo sería enteramente infundado. Nos asegura que “los experimentos de guerra biológica no son cosa del pasado” y que “la posibilidad de volver a rociar al público permanece abierta” (Cole, pp.3-4).

De hecho, “un vocero del ejército testificó en 1977 en comparecencias al Congreso que el ejército podría reanudar los experimentos cuando encontrara un ‘área de vulnerabilidad que justificara experimentos adicionales’. ” Para principios de los 1980s, en el gobierno de Ronald Reagan, los militares ya recomendaban internamente que se empezara a rociar a la gente otra vez (Cole, pp.3-4).

Pero había un estorbo: La Comisión Presidencial para el Estudio de Problemas Éticos en Medicina e Investigaciones Biomédicas y Conductuales. Pues el director ejecutivo de dicha Comisión, Alexander M. Capron, andaba diciendo “que, bajo las reglas existentes, el ejército podía rociar áreas muy pobladas sin informar al público,” y al parecer no convenía que se escuchara eso. Entonces, en 1983, la Comisión de Bioética, “la única comisión federal que atiende problemas éticos concerniendo investigaciones hechas con humanos, fue disuelta” (Cole, p.4).

Al año siguiente de largar al incómodo Capron, escribe Cole.

“en 1984, el ejército quiso agrandar sus instalaciones para experimentos de guerra biológica en Utah de tal suerte que nadie se diera cuenta. En un esfuerzo al parecer diseñado para evitarse comparecencias en el Congreso, trató de ‘reprogramar’ fondos que habían sido destinados para otras cosas.” (Cole, p.4)

Poco después, según un reporte del ejército de 1986, los “experimentos a cielo abierto [habían] sido reanudados, por lo menos de forma limitada. Dado que los experimentos se hacen en secreto, no sabemos cuánta gente está siendo expuesta, o que planes habrá para experimentos futuros.” Cabe sospechar que aquellos planes eran ambiciosos, pues el mismo año, “en 1986, el presupuesto del gobierno de Reagan para guerra química y biológica excedió [USD] $1000 millones, a comparar con solo [USD] $160 millones en 1980, si bien los detalles eran sobre todo secretos” (Cole, pp.3-4).

¿Por qué se ha experimentado con armas biológicas sobre la población civil estadounidense?

En 1981, Edward J. Nevin 3ro. y su familia demandaron al gobierno EE.UU., alegando que Serratia marcescens, la bacteria liberada de forma masiva sobre San Francisco en 1950, había matado a su abuelo. Del otro lado, el gobierno presentó a sus expertos, entre ellos el antes mencionado Dr. John James Farmer del Centers for Disease Control. Cole analiza con detalle todos los problemas asombrosos (por obvios) con el análisis que presentaron Farmer y los expertos del gobierno para exonerar a los militares del fallecimiento del Sr. Nevin. A pesar de estos problemas, Nevin perdió el juicio; en parte, segun Cole, porque el juez tenía un sesgo bien documentado a favor de los militares (Cole, pp.85-104).

Este juicio ilustra, pues los militares y políticos responsables de los experimentos de guerra biológica, llamados a comparecer por la defensa, se vieron obligados a presentar una justificación para lo que habían hecho:

“anteriores oficiales militares y políticos responsables de administrar aquel programa testificaron que, si estuvieran todavía a cargo, continuarían rociando en el día presente a la población. Obtener datos para la seguridad nacional, según su testimonio, era la prioridad dominante.” (Cole, p.7)

serratia marcescens, virus
Serratia marcescens, la bacteria liberada sobre San Francisco (Imagen: Nathan Reading/Flickr).

Señalo dos cosas sobre esto. Primero, si el objetivo era “obtener datos,” entonces sí estaban midiendo, contrario a lo que los mismos militares afirmaron cuando les preguntaron cuánta gente habían dañado.

Segundo, eso de “para la seguridad nacional,” tiene, a nivel discurso, una estructura de gramática política obligada para los gobernantes, quienes deben afirmar siempre que ‘defienden al pueblo,’ pues afirmar lo contrario sería invitar una revolución. Entonces, dijeron, querían “obtener datos para la seguridad nacional.” Pero entonces, ¿qué estaban diciendo? Esto: que atacaron a los estadounidenses para proteger a los estadounidenses. La familia Nevin—a nombre de los millones rociados sin consentimiento alguno—contestó: ¡Mejor no me ayudes, compadre!

La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, te ataco para protegerte. Así habla un Estado totalitario, dijo George Orwell: expresa sin cese—con el aplomo e inocencia de una verdad de Perogrullo—eslóganes absurdos.

La interpretación que disuelve el absurdo es la siguiente: los militares estadounidenses usan a sus ciudadanos como conejillos de indias para desarrollar armas biológicas ofensivas; la seguridad de sus civiles les importa un comino.

Y la de sus propios soldados. Se ha documentado que,

“Durante los años 1960, como revelaron otros documentos, el ejército liberó gases y drogas alucinógenas en experimentos al aire libre en Maryland y Utah. Miles de soldados fueron expuestos. Poco después de destaparse estos reportes en 1979, el ejército anunció que trataría de contactar a las víctimas para ver si había efectos de largo plazo. Desde entonces, nunca se volvió a oír del ejército sobre este tema.” (Cole, pp.18-19)

¿Qué implica este contexto?

Estamos sufriendo una pandemia que posiblemente fue causada por un coronavirus de murciélago cuyas funciones fueron ‘aumentadas’ en el Instituto de Virología de Wuhan bajo supervisión de los militares chinos.

Y resulta, como detallé en mi anterior artículo, que el gobierno de EE.UU. ha estado enviando financiamiento y apoyo científico a la principal sospechosa de liberar el SARS2, la ‘batichica’ Zhengli-li Shi del Instituto de Virología de Wuhan.

Wuhan Institute of Virology
Instituto de Virología de Wuhan (Foto: UK News/Yahoo).

Entonces, para contextualizar las actividades del gobierno norteamericano, debiera publicarse en primera plana del New York Times o del Washington Post, o en un prime time de CNN o FOX News, donde los ciudadanos estadounidenses y del mundo puedan verlo, un resumen retrospectivo de las investigaciones de guerra biológica de aquel gobierno, como hemos hecho parcialmente aquí.

Hecho lo cual, debiera ponerse sobre la mesa la siguiente pregunta: ¿No sería que en Wuhan se ‘aumentan’ virus para avanzar el desarrollo de armas biológicas estadounidenses?

Pero ni pío.

En mi siguiente artículo abordaré la pregunta tabú.


Francisco Gil-White, antropólogo político, es uno de los investigadores más citados del ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México). Ha escrito para VOCES otros artículos sobre la pandemia de coronavirus: Coronavirus SARS2: ¿De dónde vino? ¿Y qué nos depara?, Coronavirus: ¿Y la pandemia social?, COVID-19 y la controversia sobre el dióxido de cloro, La Gran Pelea del Covid: burócratas de salud vs. doctores

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