Elvis
Avelina Lésper

Arte y Dinero

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Sin poder cambiar su destino, cumpliendo lo que ya es un arquetipo, fue víctima de la máquina insaciable de la fama.

Lectura: ( Palabras)

Dionisio es un dios de la oscuridad, renegado de la luminosidad del Olimpo, donde Apolo, vertical y celeste, limpio e iracundo, guía a la perfección del espíritu con estricta mirada. Dionisio se debate entre el placer y la muerte, Eros y el Tanatos. Apolo eterno no padece esas dudas, concede a la trascendencia la voz de la bóveda celeste.

En ese eterno insomnio, el placer se acerca, acuoso y brillante, magenta y azul, al final del hilo de la existencia, y en una trampa, nunca lo alcanza, y Dionisio reencarna, roba lo que los dioses envidian: la vida de los mortales, padecerla en su extenuante plenitud. El 8 de enero de 1935 Dionisio renació en Tupelo, Mississippi, y lo bautizaron Elvis Aron Presley. Creció en Memphis, Tennessee.

La música fue su vehículo de erotismo, placer y seducción; rock and roll, country, baladas, Elvis bailaba y cantaba para provocarse a sí mismo, despertar a la masa puritana, sacarla de la represión. La histeria que desataba en mujeres y hombres, fue su alimento y su droga, Dioniso cometiendo el peor de los anatemas: ser objeto de su propia adoración. Elvis fue el fetiche de Elvis. Erotismo de consumo masivo, Dionisio fuera de la oscuridad, en los escenarios de la música, el altar de los nuevos dioses, el nacimiento de la una religión, y la masa se volvió fanática, suicida, imitaron a su dios, lo obedecían ciegamente y lo seguían en peregrinaciones en conciertos, misas paganas de éxtasis y furor.

Elvis gozaba y quería más sexo, drogas, comida, música, y comenzó su siniestro camino hacia Tanatos. Sin poder cambiar su destino, cumpliendo lo que ya es un arquetipo, fue víctima de la máquina insaciable de la fama, eso que lo alimentaba, comenzó a devorarlo. La fama no puede dormir, la adrenalina del escenario se mantiene hambrienta y despierta como la Gorgona. Meperidine o Demoral, opioide con el efecto de morfina, era lo único que al principio dormía a ese Dionisio que sólo existía para ser su propia invención.

La masa fanática amaba más a su dios deprimente, gordo y evidentemente drogado. Antes de ser olvidado y desechado, eligió el lento suicidio de los excesos, ofrecer su sacrificio. La degradación de Elvis quitó otro velo del pudor social y se exhibió, el impulso sexual dejó de ser potencia y juventud, para ser decadencia y perversión. El vestuario cada vez más estrambótico, decorado y cargado de brillos, el sumo pontífice de su religión.

Su cuerpo cedió a los 42 años a la orden absoluta del Tanatos, y Dionisio siguió su trayectoria, reencarnado en dioses efímeros, adorados en esta nueva religión.

Acudí al concierto de Elvis Sinfónico que realizó la Secretaría de Cultura del Estado de México, con la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM), dirigida espléndidamente por el joven y creativo Rodrigo Macías, en Texcoco. Escuchamos entre varias canciones: “Devil in Disguise”, “Don´t be cruel” y “Love me tender”. El espectáculo despertó la euforia del público, el Rey no ha muerto. Estos conciertos acercan al público a la música sinfónica, y hacen que la música popular adquiera su valor cultural. Lo disfruté.

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