Funciones ejecutivas, neuroeconomía y “Yo, robot”
José Luis Díaz Gómez
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Desde hace décadas las ciencias cognitivas llaman funciones ejecutivas a las operaciones mentales que intervienen en la formulación de planes, la toma de decisiones, la dirección y regulación de la conducta en referencia a las…

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CATEGORÍA: Ciencia y tecnología | Mente y Cuerpo | Opinión


“Desde hace décadas las ciencias cognitivas llaman funciones ejecutivas a las operaciones mentales que intervienen en la formulación de planes, la toma de decisiones, la dirección y regulación de la conducta en referencia a las consecuencias de los propios actos. Las funciones ejecutivas se han denominado de esta manera –que evoca a un director de orquesta o una gerente empresarial– porque supervisan o modulan otras tareas cognoscitivas para proveer organización, sentido y estrategia a la acción motora. Dichas funciones contribuyen crucialmente a la adaptación de la acción cuando se requiere por situaciones imprevistas, lo cual implica reconocer obstáculos, inhibir actos ineficaces y establecer maniobras alternativas. Es importante estipular que el pionero en el análisis de las funciones coordinadoras del lóbulo frontal fue el eminente neuropsicólogo ruso Aleksandr Románovich Luria en las décadas de 1930 a 1950.

Además del concepto y el estudio de las funciones ejecutivas, otros investigadores denominaron memoria de trabajo a la operación cognitiva que se aplica durante las tareas elaboradas en el tiempo presente. Se puede decir que la memoria de trabajo es el proceso requerido para integrar los eventos sensoriales entre sí y acoplarlos con la expresión motora y con las circunstancias del entorno en el que el sujeto opera. De esta manera, para ordenar y llevar a cabo las tareas que se encuentran en proceso, la memoria de trabajo constituye un taller móvil que engancha e incorpora las percepciones y los afectos, los pensamientos y las imágenes mentales, los planes y las acciones. El modelo tradicional de la memoria de trabajo incluye un módulo rector denominado ejecutivo central que recluta y aplica las operaciones resolutivas en el tiempo presente. Se puede considerar una función propia de la autoconciencia, pues provee una dirección voluntaria a la atención y al movimiento. De esta manera se vinculan las funciones ejecutivas y la memoria de trabajo para abordar el sentido de agencia no sólo en términos del sistema cerebral que involucra al lóbulo frontal, sino de la autoconciencia necesaria para que el sujeto ejerza estas funciones de alto nivel.

El registro de la actividad de neuronas individuales y las técnicas de imágenes cerebrales efectuadas en primates y humanos que llevan a cabo complejas tareas sensorio-motrices han permitido identificar redes y circuitos de neuronas comprometidos en las funciones ejecutivas, la toma de decisiones y las acciones voluntarias. Existen múltiples evidencias de que el lóbulo frontal humano, en especial la corteza prefrontal, interviene en la anticipación y establecimiento de metas, la formulación de planes y programas, el inicio de operaciones motrices, la autorregulación de tareas y la habilidad de llevarlas a cabo. El análisis reciente, pero muy vigoroso y abundante, del papel del cerebro en la toma de decisiones y la evaluación de riesgos y recompensas, ha dado origen a la interdisciplina de la neuroeconomía. Las imágenes cerebrales obtenidas durante procesos de decisión económica han mostrado que los modelos tradicionales de racionalidad basados únicamente en variables externas de costo y beneficio son incompletos porque no consideran los procesamientos de información de orden cognitivo, afectivo y volitivo que llevan a cabo los individuos.

La tendencia fenomenológica y situada de la ciencia cognitiva actual toma en cuenta a la experiencia del mundo que tiene cada persona como un factor esencial, la cual determina en buena medida la forma en la que las funciones superiores del cerebro se manifiestan en operaciones ejecutivas sobre el entorno. En concordancia con este punto de vista, más que localizar a cada una de las operaciones cognitivas en módulos particulares del cerebro, la evidencia experimental y la formulación teórica subrayan la vinculación funcional en extensos sistemas neurales integrados por diversos módulos y operaciones conjuntas, entre las que sobresale el lóbulo frontal humano.

Las funciones ejecutivas y los procedimientos de la memoria de trabajo en los humanos dependen de áreas de los lóbulos frontales que crecieron aceleradamente en las últimas etapas evolutivas que dieron origen al Homo sapiens. Significativamente, las zonas frontales que aseguran estas funciones son las últimas porciones del cerebro en madurar, tanto durante la evolución de los primates y los homínidos, como en el desarrollo del infante humano. Ciertamente estas funciones juegan un papel destacado en la integración de las civilizaciones porque intervienen en el sentido de responsabilidad social de los individuos. En consecuencia, la disfunción frontal que afecta las funciones ejecutivas se asocia con actos impulsivos y problemas interpersonales, como ocurre en muchos enfermos psicópatas.

Uno de los más conocidos y entusiastas proponentes del concepto de funciones ejecutivas ha sido el profesor ruso Elkhonon Goldberg, quien se formó inicialmente con Aleksandr Luria en Moscú antes de ubicarse en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York. En uno de sus textos conjetura lo siguiente:

Entre todos los procesos mentales, la formulación de metas es la actividad más centrada en el actor (…) se trata de “yo necesito” y no de “esto es así.” Por ello, la emergencia de la capacidad para formular metas debió ligarse inexorablemente a la emergencia de la representación mental del self (…) y a la evolución del lóbulo frontal.

El sentido de agencia distingue las acciones que emprende voluntariamente el propio sujeto de otras muchas que asume por causas externas a su voluntad. Desde sus inicios, la neurofisiología descubrió que todo movimiento autogenerado es identificado como tal por el cerebro, dándole a la criatura un sentido privativo y directo para diferenciar el movimiento originado y accionado por sí mismo del producido por fuerzas externas. De esta manera el organismo de un individuo nota –literalmente en el acto– si es ejecutor de una acción propia o no lo es. La base fisiológica de esta distinción entre movimiento autogenerado y accidental consiste en una copia eferente, que vimos en la pasada entrega como un dispositivo básico de la autoconciencia propuesto por la neurofisiología desde sus orígenes. En efecto, Hermann von Helmholtz planteó a mediados del siglo XIX la pregunta clave de cómo es posible que veamos el mundo estable cuando la imagen del campo visual se mueve constantemente en la retina. Esta función corporal explica la estabilidad de la percepción visual, a pesar del movimiento de las impresiones llegadas a la retina, producto de los movimientos de los ojos, la cabeza y todo el cuerpo.

Esta asombrosa función tácita e implícita del yo corporal explica que un conductor no se maree cuando maneja un automóvil o que ninguna persona pueda hacerse cosquillas a sí misma. Tampoco parece posible hacerle cosquillas a un robot, lo cual revela su carencia de autoconciencia: no hay un yo robótico, aunque quizás Isaac Asimov estaría en desacuerdo. En el tercer relato de su célebre libro Yo, robot (1950) aparece Cutie, un tipo de robot tan avanzado que desdeña a los humanos y se autoproclama profeta de los robots. Los pilotos de la nave no logran convencerlo por medio de la razón de que sólo es una máquina. Le hubieran mostrado que no siente cosquillas…

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