El valor del ser humano: las comunidades indígenas
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Hoy, 9 de agosto de 2017, se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas; por lo que aproveché esta conmemoración de una población de más de 350 millones de seres humanos, que representan 5% de la población…

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Hoy, 9 de agosto de 2017, se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas; por lo que aproveché esta conmemoración de una población de más de 350 millones de seres humanos, que representan al 5% de la población mundial, para hablar del valor del ser humano. Más cuando en México representan al 10%, aproximadamente, del total de nuestra población y son parte fundamental de la identidad mexicana, es decir, de nuestra propia identidad.

Cuando los colonizadores europeos –de todos los países– llegaron a América, los indígenas ya estaban ahí; o quizás deba decir, nosotros ya estábamos ahí. El lector podría pensar “José Elías tiene razón, los indígenas son otros, no nosotros”; y tal vez se deba porque yo soy de origen libanés, o usted es de origen español o italiano. Para el caso es igual, nos sentimos ajenos a nuestras comunidades indígenas que, paradójicamente, en nuestro país, son el origen de todo.

El problema está en que, a lo largo de la historia, “el indígena”, quien representa las raíces más profundas de nuestros países, ha sido relegado y abusado por los grandes conquistadores. En México se les ha despreciado, explotado y relegado hasta convertirlos en una de las comunidades más vulnerables del país, con un índice de pobreza, educación y desarrollo bajísimos. ¿Por qué? Debe haber mil razones y los eruditos en estudios indígenas estarán más versados para dar su opinión sobre las causas sociales, políticas y económicas del porqué de dicha vulnerabilidad. Yo me quiero enfocar en otra razón, probablemente más general, que hace que estas comunidades (y muchas otras) vivan en desventaja y sean discriminados: se nos ha olvidado el valor del ser humano.

Suena jalado de los pelos, pero sí, se nos ha olvidado o lo hemos puesto por detrás de todos los otros factores que nos identifican y nos caracterizan. Me explico: por encima del valor del ser humano hemos puesto todo tipo de cosas como son el género, el origen, el color de los ojos, la religión, el color de la piel y me podría seguir con una infinidad de etcéteras que, como sociedades, nos han dividido y provocado, en mi opinión, toda clase de discriminación, abusos, maltrato e incluso guerras que hemos visto a lo largo de la historia y vemos en nuestra vida presente.

Es importante entender que antes que ser hombre o ser mujer, somos seres humanos; antes que ser chinos o mexicanos, somos seres humanos; antes que ser pobres o ricos, somos seres humanos; antes que ser católicos o ateos, somos seres humanos; antes que ser indígenas o colonizadores, somos seres humanos. Al hacer consciente que, antes de cualquier diferencia que podamos tener con cualquiera otra persona tenemos la coincidencia de ser seres humanos, nos hacemos más empáticos con el de al lado, nos volvemos más solidarios con los demás y nos preocupamos porque estén bien.

Reconcentrar nuestra mente en el origen de quiénes somos nos hace mejores seres humanos y, por ende, mejores comunidades. Una forma simple de entender esto es imaginarnos un bebé. Todos los bebés nacen desnudos y sin maldad. Sólo los muy retorcidos podrían pensar que un bebé representa un peligro o un problema para la sociedad. En mi opinión nada representa de una forma más pura y maravillosa la esencia del ser humano como un bebé; sin embargo, desde que nacen, los cargamos de miles de temas que los marcarán en sus vidas porque ponemos por delante todo lo que a nosotros nos cargaron para crear una realidad de encono y discriminación moldeada por el hombre a través de los siglos. Si aquel bebé es de género femenino y nace en Arabia Saudita, probablemente estará predestinada a taparse la cara, a no poder dar su opinión y a ser relegada por el hombre a un segundo plano; si aquel bebé es de raza negra, y nació en una comunidad rural de Alabama, probablemente sea discriminado simplemente porque su color de piel es diferente. Si aquel bebé nace en una familia que profesa cierta religión, será visto por los fanáticos de las otras religiones como un infiel, que no alcanzará la salvación u otras gracias, simplemente porque profesa una religión distinta.

En el caso del indígena es claro. Si eres un bebé que nació en Chiapas, en una comunidad tzotzil, entonces serás discriminado por otros mexicanos mestizos. ¿Qué lata, no? Ahora resulta que, por la ubicación geográfica donde naces o por las características físicas que tienes al nacer, ¡ya eres clasificado y juzgado!

Para esos bebés –y todos los demás, para ser más claro– la vida se les pone peor al paso del tiempo, porque además de las cargas de origen –que ya otros seres humanos les pusieron– salen las nuevas derivadas de sus acciones: sus preferencias sexuales, su condición económica, sus hábitos culturales, gustos y hasta sus vocaciones; todas estas son juzgadas y, una vez más, se ponen por delante del ser humano.

A las comunidades indígenas se les ha menospreciado por el simple hecho de conservar sus costumbres y tradiciones, cuando lo que debemos celebrar son esas diferencias que nos dan características propias. Las diferencias nos dan colorido en la vida, nos ponen retos y nos dan muchas cosas, es importante celebrar las diferencias, no denostarlas. Al final todos somos, antes que nada, seres humanos. Por eso, todos somos indígenas, hombres, mujeres, negros, amarillos y blancos. Si no nos olvidamos de eso tendremos mejores comunidades, ciudades y países. El ser humano, por el simple hecho de haber nacido, ya es valioso y ni sus características físicas, ni sus preferencias y, ni siquiera sus conductas, pueden ni deben borrar ese valor del ser.

Buena semana.

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Carlos Sandoval R.

Estimado José Elías, comparto contigo que lo que nos puede permitir superar las “diferencias” es la comprensión de que todos compartimos la esencia de ser seres humanos.
Abrazo.
Carlos Sandoval

Romualdo Telleria B

Pepe Elias
No hay nada mes injusto que por cosas ajenas al ser Humano, nos asignan una posición social y la vida es muy diferente a la gente que tuvimos la fortuna de tener una familia que ha crecido en la sociedad y las personas que nacen en el campo Mexicano que es los que nos dan de comer, Creo que en lo personal tengo que hacer conciencia que somos todos iguales y debemos ayudar con nuestro tiempo, dinero e inteligencia para que México sea una patria solidaria con los que menos tienen y estar conciente que es una obligación para nosotros y para nuestros hermanos es un derecho legítimo, Hidalgo tiene muchas zonas donde debemos trabajar y con gusto los invitamos a que recorramos el estado y buscar la prosperidad de Todos

Buen día, debemos continuar reforzando los valores fundamentales de una buena sociedad y convivencia: primero antes que nada la Dignidad Humana, la Solidaridad, la Subsidiaridad y la Justicia, para avanzar en el desarrollo y bienestar como País. Un abrazo

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