Una amistad en la Guerra Fría ‒ Parte 2
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Corría el año de 1974 en Londres. Vladimir había llegado la noche anterior y se desveló un poco viendo a Harold Wilson, Primer Ministro británico, dando un discurso ante el Partido Laborista; por lo que esa mañana se sentía un poco mareado

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CATEGORÍA: De todo y de nada | Opinión


 

#Amistad

 

Corría el año de 1974 en Londres. Vladimir había llegado la noche anterior y se desveló un poco viendo a Harold Wilson, Primer Ministro británico, dando un discurso ante el Partido Laborista; por lo que esa mañana se sentía un poco mareado. Era 3 octubre y el chipi chipi afuera no paraba.

 

Ese día, nublado y lluvioso –típico de Londres– empezaba la convención de médicos, así que lo primero que hizo Vladimir fue investigar dónde se hospedaba su amigo John. Quería sorprenderlo, visitándolo antes de que iniciara el evento por la tarde. Sólo así podrían platicar con toda libertad. El precio que tenía que pagar el soviético para contar con el apoyo de su gobierno, e ir por el mundo dando conferencias, consistía en reportar todo lo que hacía; y no debía salirse de la agenda pactada. Este viaje no era la excepción por lo que tendría que ingeniárselas para encontrarse con su amigo. La agenda oficial decía que toda la mañana estaría en su hotel preparando sus conferencias y participaciones. Además, sospechaba que muy probablemente, de su propia embajada, tenían a alguien con la encomienda de vigilarlo permanentemente.

 

La salida de Vladimir del hotel fue memorable y años después, específicamente a finales de los años noventa, los dos amigos lo recordarían riéndose a carcajadas.

 

Vladimir bajó a la recepción del hotel, impecablemente vestido, y rápidamente un muchacho se le acercó para ponerse a sus órdenes de parte de la Embajada Soviética. Vladimir confirmaba sus sospechas, no se le separarían. Fue entonces que decidió poner su ingenio a prueba.

 

“Muchacho, como sabes, estaré en mi cuarto trabajando toda la mañana; pero necesito que subas conmigo para hacer una investigación. No perdamos el tiempo”, dijo Vladimir. El muchacho no tuvo tiempo ni de reaccionar. En menos de tres minutos ya se encontraba voluntariamente aislado y a oscuras, en el baño del cuarto del Dr. Nevski, y esperando 4 horas a que éste le abriera. El muchacho, según se lo hizo saber Vladimir, entendía que su colaboración sería de gran importancia, ya que después de estar encerrado por 4 horas, el Dr. le tomaría sus signos vitales y registraría la reacción que el enclaustramiento provoca en un ser humano. “Podremos encontrar juntos la cura para la claustrofobia” le dijo Vladimir al joven.

 

Por fin, después de 30 años, esa mañana del 3 de octubre de 1974, Vladimir volvería a ver a quien le salvó la vida en la Segunda Guerra Mundial. El Grosvenor House fue testigo de ese abrazo fraterno, una apasionada plática, intercambio de fotos de esposas e hijos y planes profesionales futuros. El cariño era el mismo. Parecía que no había pasado un solo día desde la última vez que se vieron. Platicaron cómo defendieron su amistad y se comprometieron a seguir haciéndolo.

 

Vladimir, ahora un prominente gastroenterólogo, le obsequió un libro a John mismo que, aunque estaba en ruso, recibió con profundo aprecio porque el autor era el propio Vladimir; y traía lo último en información sobre tratamiento hepático.

 

El aprecio y respeto intelectual del médico norteamericano por su colega soviético era enorme y así se lo hizo saber impulsando a Vladimir a seguir por ese camino. A la postre, ese impulso del Dr. John Clayton haría que el Dr. Nevski se convirtiera en uno de los mejores cirujanos del mundo.

 

Los años pasaron y coincidieron en otros foros. En la década de los ochenta lograron juntar a las familias y el régimen soviético era más tolerante con el Dr. Nevski quien, para ese entonces, ya era tan afamado que una afrenta de su propio gobierno hubiera tenido impacto en todo el mundo. Vladimir seguía viviendo en Moscú y desde ahí crecía su fama, mientras que John ya había vivido en 3 países diferentes (Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá) y dentro de Estados Unidos, en tres ciudades distintas (Baltimore, Boston y Nueva York). A sus 70 años, John se estableció en Los Ángeles para retirarse, e invitó a su amigo Vladimir y su familia a que lo visitaran. La noticia que tenía que darle, no era nada agradable. Corría el año de 1985… (continúa la próxima semana).

 

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