Una amistad en la Guerra Fría ‒ Parte 1
José Elías Sahab

De todo y de nada

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El pasado sábado se celebró el Día Internacional de la Amistad, y por eso hoy tocaré ese tema con una historia, deseándoles a todos mis lectores que siempre tengan buenos amigos.

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Lectura: ( Palabras)


CATEGORÍA: De todo y de nada | Opinión


#Amistad

El pasado sábado se celebró el Día Internacional de la Amistad, y por eso hoy tocaré ese tema con una historia, deseándoles a todos mis lectores que siempre tengan buenos amigos. Pueden ser muchos, o incluso tratarse sólo de uno, pero lo importante es que sean muy buenos, en todo el sentido de la palabra. Como Vladimir y John.

 

John Clayton nació en Allentown, Pennsylvania, en 1915. Se tituló como médico de la Johns Hopkins Medical School y en 1944, junto con otros médicos estadounidenses, fue enviado al frente de guerra en Alemania; precisamente para atender a soldados aliados que habían caído heridos.

 

Entre camas de heridos ‒la mayoría de gravedad, otros mutilados y en un escenario que bien podríamos calificar como de horror‒ John conoció a un muchacho que había sido herido en una pierna, misma que estaba a punto de serle amputada por un torpe médico. El muchacho temblaba y sudaba. Y no era para menos ya que, en las horas anteriores, los tres soldados a los que se les había amputado un brazo o una pierna, habían fallecido minutos después por lo que el joven soldado, que no rebasaba los 18 años, sentía que sus horas estaban contadas.

 

John se acercó y le preguntó “¿Cómo te llamas?”. El muchacho simplemente respondió “Vladimir”. El médico se inclinó, le sonrió y decididamente le dijo: “Te salvaré esa pierna, no te dejaré morir”.

 

Aquel muchacho, que efectivamente fue salvado por John Clayton, es Vladimir Nevski. Un notable médico ruso que encontró inspiración en un doctor norteamericano, quien no sólo le salvó la vida, sino que en días posteriores de haberle sacado las balas, salvado la pierna y estabilizado su salud, le visitó y acompañó durante su recuperación. John le habló de la importancia de su profesión, haciéndole ver que la preparación del médico era, en gran medida, de lo que dependía, literal, salvar vidas o no. El muchacho quedó inspirado y decidió que, al regresar a la Unión Soviética, estudiaría medicina y se dedicaría a salvar vidas.

 

Pasaron muchos años, pero John y Vladimir siempre se las ingeniaron para seguir en contacto. Vladimir efectivamente estudió medicina en la Academia Médica de Moscú, y su tesis doctoral se la dedicó al doctor John Clayton. En 1954 eso no era muy bien visto en la URSS, ya que Estados Unidos era el enemigo público del régimen soviético. Para John tampoco fue fácil saber de Vladimir. Las cartas que recibió de Vladimir en las que le informaba que había logrado convertirse en médico, así como su respuesta de felicitación y agradecimiento por su dedicatoria, fueron interceptadas… y John fue llamado a declarar por los Macarthistas quienes lo acusaban de comunista sin ningún argumento. Él siempre platicó su historia, así como de la amistad a larga distancia que lo unía con Vladimir. Nunca negó al amigo y, si no acabó detenido, fue porque su esposa Therese estaba de alguna manera emparentada con el Presidente Eisenhower. Eso sí, se llenó de enemigos que lo veían con recelo y desconfianza.

 

A pesar de esto, el intercambio de cartas se siguió dando. En los sesenta, cuando la guerra fría estaba en pleno apogeo, ahora era Vladimir quien recibía presiones de la KGB Soviética. Un grupo dedicado a investigar subversión interna lo detuvo camino al hospital donde trabajaba y fue llevado a un tenebroso cuartel de la KGB. Su esposa Dasha no supo de él en dos días, pero sospechaba que la KGB se lo había llevado. Ella veía, como siempre, que su marido platicaba en todos los foros, seminarios y reuniones sobre el Dr. John Clayton, y cómo éste no sólo le había salvado la vida, sino que había sido su fuente de inspiración y seguía siéndolo. Los médicos soviéticos también lo veían con recelo y desconfianza, y Dasha se temía lo peor: que la KGB lo tomara por espía, por su relación con un ciudadano estadounidense. Cuando Vladimir por fin regreso a su casa, se encontraba muy golpeado y Dasha lo curó y cuidó por las siguientes semanas. Él no dejaba de enorgullecerse de no haber negado a su amigo en ninguno de sus interrogatorios y de que, al final, lo hubieran dejado en paz porque seguro creyeron en lo que les había contado.

 

En los setenta, Vladimir ya se había convertido en un afamado médico de clase mundial y era ejemplo para los soviéticos en foros internacionales. Vladimir Nevski era apoyado por su gobierno para ir por el mundo, dando conferencias sobre diferentes tópicos. Por fin, en 1974, supo que en un foro que se realizaría en Londres, vería al Dr. John Clayton, quien también era un afamado médico que viajaba por todo el mundo dando conferencias. Ambos sabían de la fama del otro, ya que el intercambio de cartas nunca cesó; y no sólo eso, ahora compartían información que iban obteniendo de los estudios e investigaciones médicas que llevaban a cabo en sus respectivos países. La emoción que sentía Vladimir por volver a ver, 30 años después, a aquel hombre que le había salvado la vida en la Segunda Guerra Mundial, era indescriptible. Los días anteriores al Congreso no pudo dormir. Sabía que volvería a ver a su mejor amigo. (Continúa la siguiente semana).

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