Una amistad en la Guerra Fría ‒ Parte 3
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Corría el año de 1985… para Vladimir y Dasha llegar a Los Ángeles fue muy sencillo, el problema fue trasladarse a Palm Desert donde los recibirían los Clayton.

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CATEGORÍA: De todo y de nada | Opinión


#Amistad

Corría el año de 1985… para Vladimir y Dasha llegar a Los Ángeles fue muy sencillo, el problema fue trasladarse a Palm Desert donde los recibirían los Clayton. Su casa de retiro estaba más lejos de lo que imaginaba la pareja rusa y el calor agobiante de septiembre hacía que el pobre doctor casi se desmayara. El transporte enviado por John tenía aire acondicionado –que no funcionaba particularmente bien– pero aun así Vladimir, Dasha y su hijo Borya padecieron el calor durante todo el camino. Sólo se refrescaron cuando llegaron a casa de John y María Clayton, quienes los recibieron con una gran sonrisa y una jarra llena de limonada helada. La emoción de ambos por verse de nuevo fue evidente, pero sobre todo les alegraba haber podido juntar a las familias una vez más. En esta ocasión, Leopold y Grace, los hijos de John, presentaron por primera vez a sus hijos a la familia Nevski.

Los nietos de John eran muy simpáticos y fue lo único que aminoró el mal rato que pasaron cuando, sin siquiera decir “agua va”, John lanzó el siguiente comentario: “Amigo, disfrútenme ahora porque muy pronto ya no estaré con ustedes. Una cirrosis está acabando con mi vida”.

Para todos, esta noticia cayó como un verdadero balde de agua fría (incluso hizo que el reciente “ice-bucket challenge” se viera como de principiantes), pero para Vladimir fue un momento de reflexión. Su mentor y maestro padecía una enfermedad que él conocía a profundidad porque no sólo la entendía por ser doctor, sino porque su especialidad como gastroenterólogo fue en tratamiento y cura de males hepáticos. John lo sabía y por eso cuando soltó la noticia no le quitó la mirada de encima a su amigo. Era un escenario un tanto dramático. Mientras María y Dasha lloraban y se lamentaban, y los hijos de ellos comentaban angustiados lo que pasaba, John y Vladimir guardaron silencio viéndose el uno al otro y no parecían escuchar lo que estaba pasando a su alrededor. Parecía que de forma telepática se estaban comunicando porque hasta esbozaron una leve sonrisa de complicidad sin romper aquel contacto visual.

Al final fue Vladimir quien rompió el silencio y dijo: “No te morirás, yo te operaré”. Se hizo un silencio sepulcral y todos voltearon a ver al médico soviético. Entonces John dijo: “No es posible, necesito un trasplante en menos de un año y a mi edad la lista de espera es muy larga, buscan salvar a los jóvenes. No hay muchas posibilidades que aguante”. “No aquí…” ―contestó Vladimir― “… en Moscú. Pero deberás seguir al pie de la letra todo lo que te pida, sino no funcionará”. John aceptó, pero nunca se imaginó que no sólo tendría que seguir los cuidados médicos que le pidió Vladimir, que incluían estudios, alimentación, cambios en su estilo de vida, etcétera, sino también ciertos protocolos, camuflajes, cambios de nombre y conductas más propias de un espía que de un paciente, que lograron llevar a John Clayton a Moscú, que fuera tratado como un paciente ruso y pudiera –en menos de siete meses– conseguir un trasplante de hígado sano, lo cual le permitió vivir hasta los 93 años de edad.

Sobra decirles que el trasplante de hígado –por cierto, todo un éxito– lo llevó a cabo el propio Dr. Vladimir Nevski; así como que esta amistad entrañable, que entre otras cosas logró salvarles la vida a ambos en diferentes momentos, se mantuvo más firme y sólida que el régimen soviético.

La década de los noventa la vivieron entre reconocimientos internacionales y conferencias en conjunto. Los rusos y los norteamericanos los ponían de ejemplo de amistad y los fotografiaban juntos como símbolo de buena relación entre las dos naciones.

Pasaron juntos el año nuevo del cambio del milenio en Moscú y festejaron la vida y la amistad que uno le había regalado al otro por más de 50 años. En 2008, John murió por causas naturales en paz, lleno de amor y rodeado de su esposa, hijos y nietos; y a Vladimir se le pidió que diera el último mensaje en su funeral. Al final de su discurso dijo: “Que todos tengamos la riqueza y privilegio de tener un gran amigo. Concéntrense en que sea GRAN amigo, con mayúsculas. Yo tuve uno y se llamó John Clayton”.

Esta historia nos deja, para la reflexión, elementos maravillosos que considero son esenciales en una amistad:

Confianza – Elemento fundamental para toda relación. Como en todas las peripecias que a los 70 años tuvo que hacer John para entrar a La Unión Soviética. Sólo éstas darían para escribir un libro completo y no me caben en este artículo. Únicamente lo pudo hacer porque tuvo confianza plena en su amigo y esa confianza lo llevó a que le salvara la vida.

Valor – Como cuando Vladimir burló a la KGB para ver a su amigo en Londres y, aunque en la historia suena hasta chusco por cómo lo hizo, imagínense atreverse a burlar a una fuerza como la KGB soviética en esa época.

Lealtad – Como cuando ninguno negó la amistad con el otro, incluso en condiciones extremas y peligrosas que pudieron haber puesto en riesgo no sólo su libertad, sino su vida.

Admiración – Como la que Vladimir siempre sintió por aquel Doctor que le salvó la pierna, y la vida en la Segunda Guerra Mundial, inspirándolo a dedicarse a la medicina y convertirse en uno de los mejores gastroenterólogos del mundo.

Generosidad – Como la que John tuvo con el soldado enfermo al que no sólo salvó, sino que visitó e inspiró para que se dedicara a la medicina.

Espero que esta historia, sacada enteramente de mi imaginación, les haga reflexionar sobre la importancia de contar con buenos amigos. Uno o muchos, pero como dice Vladimir, que sea una GRAN AMISTAD. Si ya lo tienen, procúrenlo.

Depende de nosotros hacer GRANDES amistades y es parte de por qué estamos en esta vida.

Les deseo una buena semana.

P.D. Dejaré de escribir por un par de semanas, nos leemos de nueva cuenta el 6 de septiembre.

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