Los hermanos Corzo
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Cuando pienso en lo que les pasó a los hermanos Corzo con su circo en Italia, me acuerdo de lo importante que es la humildad, la generosidad y el agradecimiento, y cómo el ego puede nublar todas esas actitudes y acabar con todo. La historia comienza así:

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#HermanosCorzo

Cuando pienso en lo que les pasó a los hermanos Corzo con su circo en Italia, me acuerdo de lo importante que es la humildad, la generosidad y el agradecimiento, y cómo el ego puede nublar todas esas actitudes y acabar con todo. La historia comienza así:

Era el verano de 1902 y la ciudad de Milán era de las más visitadas de Europa. El circo de Enrico Corzo se presentaba por primera vez ahí y la fama que le precedía al espectáculo que ahí se presentaría era gloriosa.

Los últimos años del siglo XIX, el circo de Enrico Corzo prácticamente había recorrido las más importantes ciudades de Europa y había abarrotado las carpas en cada lugar donde se presentaba.

Don Enrico, un napolitano que en su juventud había iniciado sus caravanas circenses con gitanos del este de Europa, al paso del tiempo fundó, junto con su esposa y un reducido grupo de 10 personas, un circo que había dado de qué hablar en la comuna de Casoria por la calidad y gallardía de sus actos. Tanto él, como su esposa Simona y sus hijos adolescentes, Claudio y Paolo, eran parte de ese espectáculo y cada uno hacía sus acrobacias.

Aquel circo de una pista, con el tiempo, fue creciendo. Cuando por fin tuvieron su gran oportunidad en la ciudad de Roma, el “Gran Circo de Enrico Corzo” instaló tres pistas y presentó a más de 100 artistas en escena. Muchos nuevos actos y acrobacias se incluyeron en el espectáculo e incluso se utilizaron grandes animales como caballos, camellos y elefantes para hacerlo aún más espectacular, convirtiéndose así en el circo más famoso de Europa.

Giuseppe Casorini, amigo de Don Enrico desde sus andanzas con los gitanos, era quien reclutaba al talento que iban encontrando por el sur de Italia y tenía un ojo privilegiado para descubrirlo. Ese verano de 1902, después de caravanas muy exitosas por Londres, París, Zurich y Viena, por fin regresaron a Italia y por primera vez presentarían su espectáculo en Milán, la tierra que vio nacer a Giuseppe. Por esta razón, él se esmeró en conseguir el mejor talento para esas nuevas presentaciones y no sólo buscó talento de Italia, sino de otras partes de Europa y de países más “exóticos”, como la India. Por primera vez se presentaba un domador de osos que venía de la estepa siberiana, una encantadora de cobras traída desde Bombay y un trapecista húngaro que hacía de sus gracias una faena maravillosa.

¡Los clientes quedarán muy satisfechos –le decía entusiasmado Giuseppe a Don Enrico– estamos montando un espectáculo sin precedentes!

Giuseppe gesticulaba con las manos más que con la cara y sus movimientos eran apasionados, como si por primera vez fuera a presentar al circo. Sin embargo, a Don Enrico lo veía ausente, algo desganado y falto de la entereza que lo caracterizaba, por lo que decidió comentarle a la esposa.

Simona, quien se encontraba supervisando el montaje de la gran carpa, vio llegar a Giuseppe y le sonrió automáticamente. Él era muy querido por la pareja Corzo y, además, muy respetado por su talento natural para encontrar a los mejores artistas y manejar tan bien la administración del circo. Para la pareja Corzo, Giuseppe era, además del Director del Circo, un gran amigo al que invitaron desde un principio.

¿Qué te trae por aquí? –preguntó Simona–.

Giuseppe se acercó un poco más para que no le oyeran los trabajadores y le dijo:

He visto a Enrico desganado y ausente, muy raro en él, que siempre está lleno de vigor y entereza.

No durmió bien –contestó Simona– tuvo, además, una fuerte discusión con Paolo justo antes de la cena y eso le cayó mal.

Paolo, el hijo menor de los Corzo, ya para ese entonces era el segundo al mando del circo. Le reportaba a Giuseppe. Su hermano Claudio estaba más bien entretenido con el cuidado de los animales y en perfeccionar su espectáculo con los caballos. El hermano mayor era más “artista” y el menor más “administrador”. 

¡Otra vez discutió con Paolo! –dijo Giuseppe molesto–. Ese muchacho debería entender que todavía le falta mucho por aprender y que debería escuchar más de lo que habla. Por eso Dios nos dio dos oídos y una sola boca, para que escuchemos el doble de lo que hablamos.

Simona escuchaba a su amigo mientras él manoteaba, pero no era la única persona que lo hacía. Paolo, un poco más lejos, escondido detrás de unas pacas, escuchaba la conversación, y molesto pensaba que era importante deshacerse lo más pronto posible de Giuseppe y tomar el control del circo. Sentía que su padre descansaba tanto en las decisiones de Giuseppe, que ahora era el Milanés y no Don Enrico quien realmente manejaba todo. El muchacho sentía que su padre había sido demasiado generoso con Giuseppe y que eso acabaría por darle el control del circo.

Lo que pasaría esa noche, en la primera presentación en Milán, haría que Paolo tomara el control del Circo, pero nunca por lo que él hubiera pensado.

Continúa la historia, la semana que entra.

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