Los hermanos Corzo (última parte)
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Paolo salió del establo todavía doliéndose del golpe y Claudio, al no creer que su hermano cumpliría con lo que dijo, lo siguió con sigilo.

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Lectura: ( Palabras)


CATEGORÍA: De todo y de nada | Opinión


#LoshermanosCorzo

Paolo salió del establo todavía doliéndose del golpe y Claudio, al no creer que su hermano cumpliría con lo que dijo, lo siguió con sigilo.

Paolo caminó de forma apresurada por el área terregosa que separaba al establo de la carpa principal y escuchó claramente que Claudio lo seguía. El sigilo que creyó Claudio tener, no fue suficiente para que su hermano no lo descubriera; sin embargo, Paolo siguió el paso como si no se hubiera dado cuenta de la presencia de su hermano. Entró a la carpa y atrás de él también lo hizo Claudio, escondiéndose detrás de una plataforma de madera que destacaba medio metro sobre el suelo. Ahí se puso en cuclillas y esperó.

Paolo se dirigió a Girolamo, quien supervisaba a un grupo de trabajadores quienes quitaban las cuerdas que delimitarían las filas de los artistas que vendrían a mostrar sus talentos, y le dijo:

―He cambiado de parecer. Seguiremos adelante con el reclutamiento. ¡Ordénales que regresen todo a su lugar y que continúen con su trabajo!

Girolamo le miró extrañado y le contestó:

―Eso es exactamente lo que haría Claudio y precisamente usted me dijo que haría lo cont… –en un momento, Girolamo se quedó en silencio, vio la mirada de su jefe y entendió el mensaje–. La complicidad con la que trabajan estos dos personajes era legendaria. Los dos se miraron fijamente y a Girolamo le quedó claro lo que ahí sucedía. El que no entendía nada era Claudio quien, al estar en cuclillas a la sombra de la plataforma, sólo se limitaba a escuchar el diálogo. Ahora Paolo rompió el silencio.

―No me discutas nada Girolamo. ¡Ustedes que están ahí! –les dijo a los trabajadores que observaban la escena aún con las cuerdas en las manos– Vuelvan a ordenar las cuerdas y dispongan todo para el reclutamiento. ¡No hay tiempo que perder! En cuanto a ti Girolamo, tú y yo tendremos una larga plática en mi vagón. Pero antes, libera a Giuseppe. ¡Es una orden!

Claudio estaba feliz de oír esas palabras. Por fin su hermano había actuado de forma adecuada, pensaba.

Esa noche, después de que Giuseppe estuvo con él y antes de irse a dormir, pasó al vagón de Paolo y se encontró saliendo del mismo a Girolamo, quien al verlo le dijo:

―Señor Claudio, lamento mucho todo el daño que pude haberles ocasionado. Me voy ya –el otra vez ex jefe de seguridad, siguió su paso hacia la salida del circo y se perdió en la oscura noche–.

Claudio entró con su hermano y le agradeció haber cumplido con lo que le demandó. Otra vez era el Claudio sumiso y cordial que Paolo conocía. Éste se levantó de una silla y le dio un fuerte abrazo.

―Lo más importante es hacer grande al circo otra vez y necesitamos de ese nuevo talento. Qué mejor que sea Giuseppe quien los examine. Vayamos a dormir ya, querido hermano. Me has abierto los ojos –comentó Paolo–.

Esa noche los dos hermanos durmieron plácidamente.

El día siguiente fue de mucha actividad para Giuseppe quien manoteaba y daba órdenes por todo el circo para dejar todo perfectamente organizado. A la mañana siguiente las puertas del circo abrirían desde las 5 a.m. para recibir a los cientos de artistas que vendrían de todos los rincones de Europa. Esa noche, todos se fueron a dormir temprano después de la dura jornada de trabajo.

Por fin, el gran día llegó, y como se esperaba, el circo estaba abarrotado desde que abrió sus puertas. Los artistas recorrían aquellas largas filas y, uno a uno, fueron pasando por la mesa de Giuseppe quien, por su forma de trabajar, no dejaba que nadie más estuviera en el privado (que era parte de la propia carpa principal pero perfectamente delimitada para que solo él viera el acto), ni siquiera los hermanos Corzo. Eso era una tradición desde que vivían los padres. Giuseppe saldría una vez que tuviera algún acto que le llamara notablemente la atención y sorprendería con la decisión a los Corzo. Sin embargo, las horas pasaban y Giuseppe no salía. Claudio y Paolo se encontraban cómodamente sentados, observándolo todo, y mientras que uno –el mayor– estaba ilusionado de que saliera Giuseppe ya con el acto del siglo, el otro –el menor– esperaba ese mismo momento para dar su golpe final.

Habían pasado muchas horas y Giuseppe todavía no encontraba a ninguno de los artistas lo suficientemente atractivos. Domadores de animales, juglares, payasos, magos, trapecistas, cientos de personas que realmente no impactaban, ni le llenaban el ojo al experto milanés.

Paolo, que quería acabar con todo esto rápido, era el más impaciente; él tenía claro el numerito que iba a montar. Cuando Giuseppe saliera con el artista elegido, lo haría pedazos sin siquiera verlo y acabaría con el milanés de una vez por todas (ya tenía a Girolamo listo, con un grupo de policías de la municipalidad a quienes habían comprado) y tomaría el control del circo. ¡Pero ya casi era de noche y Giuseppe no salía!

Entonces, decidió entrar abruptamente para acabar con todo de una vez, no fuera a ser que no pudiera hacerlo después. Irrumpió dentro del privado y tras él, Girolamo y los policías que parecieron aparecer de la nada. La gente que quedaba, gritaba y Claudio trataba de pararlos. La violación de la tradición del reclutamiento en privado era el mayor ultraje que se le podría hacer al circo, pero eso no pareció importarle a Paolo.

Los policías golpearon a Giuseppe, tirándolo al piso, a la vez que empujaron a los artistas que todavía estaban ahí.

―¡Este señor nos ha tenido horas esperando, en un proceso largo y caro y no nos dio resultados! –gritó Paolo para que todos lo escucharan–. Estoy claro de que a cada artista que entrevistó le cobró una cuota –inventó el joven Corzo ya en su locura provocada por la ira– y además, no dio resultados. ¡Llévenselo!

El pobre de Giuseppe, todo golpeado logró musitar en voz baja mientras era arrastrado: ―La tengo.

Claudio, que estaba atemorizado por lo que veía lo escuchó y le dijo a Paolo:

―Ya oíste hermano, ¡Giuseppe lo tiene!

―No, no, la tengo –volvió a mencionar Giuseppe, señalando a una anciana que había sido empujada y se encontraba tumbada–.

Era una mujer de unos 80 años, con el pelo blanco y un chongo. Sus arrugas le cubrían toda la cara y tenía una especie de bata como vestimenta. Llamaba la atención su edad, ya que en esa época la gente vivía muchos menos años.

Paolo la volteó a ver y se puso rojo del coraje. Les dijo a todos en forma de sorna:

―Este señor nos trae a una vieja y dice que es su artista. El “gran Giuseppe” caza talentos maravilloso. ¡Eres un fiasco! –cuando dijo eso aprovechó para patearle el estómago mientras seguía tirado–. Ahora se giró para encontrarse con la viejita y de forma intimidante le preguntó:

―Y… ¿usted qué hace?

―Yo imito a las aves –respondió tímidamente la anciana–.

Paolo se enfureció a tal grado con la respuesta que, además de golpear todo lo que se encontraba a su paso, ordenó a los golpeadores que sacaran a todos de su circo y se llevaran a Giuseppe de ahí.

Claudio también fue golpeado por Girolamo y sacado de ahí. El golpeador lo disfrutaba, era su venganza contra el hermano.

Toda la escena era caótica. El circo era una ruina. Los trabajadores y los artistas que habían trabajado por años con los Corzo ahora salían despavoridos del circo, perseguidos por policías mafiosos, y todo lo que con tanto aprecio y valor habían construido Enrico y Simona, tristemente, se había terminado.

Claudio se lamentaba de cómo Giuseppe había fallado en esta ocasión que era de vital importancia para el circo.

Girolamo se lamía las heridas golpeando y destruyendo a quien, y a lo que se le cruzara enfrente, por el maltrato que según él había recibido.

Giuseppe se lamentaba de su pésima decisión de no abrir su proceso a todos y seguirlo manteniendo en secreto, porque así le dictaba la “tradición”.

Paolo sabía que había acabado con todo, pero al poco tiempo se arrepentiría de ni siquiera haber dejado a la pobre viejita mostrar su talento.

Los pocos artistas que quedaban vieron cómo la viejita, que había sido empujada, se incorporaba para ponerse de pie y salir de ahí… ¡volando!

Tuvieron en sus manos el mejor acto en la historia del circo, pero sus actitudes y acciones no les permitieron darse cuenta de eso.

― ― FIN ― ―

 

Nos leemos la próxima semana.

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