Los Hermanos Corzo – Parte 4
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Faltaban sólo dos días para que se abrieran las puertas del circo a los nuevos talentos, quienes se entrevistarían con Giuseppe y Claudio

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Lectura: ( Palabras)


CATEGORÍA: De todo y de nada | Opinión


#HermanosCorzo

Faltaban sólo dos días para que se abrieran las puertas del circo a los nuevos talentos, quienes se entrevistarían con Giuseppe y Claudio. Todo estaba dispuesto. Una gran carpa tendría lista una serie de cuerdas que delimitarían por dónde iría la fila que recorrerían los aspirantes a ser reclutados para ser parte del más famoso circo de Europa.

Claudio, igual que todas las mañanas, pasó a saludar a su hermano menor para ver cómo iba con su recuperación y en esta ocasión, para su sorpresa, no lo encontró en su cuarto dentro del vagón principal del tren que solían utilizar cuando salían de gira.

¿Dónde está mi hermano? –preguntó Claudio a la enfermera que lo había cuidado desde que enfermó unos meses atrás–.

Paolo salió desde muy temprano. No sé dónde está –contestó la enfermera–.

¿Podía salir? ¿Estaba totalmente recuperado? –la pregunta de Claudio parecía más bien un reclamo–. No podía entender cómo, ni la enfermera, ni el doctor, ni el propio Paolo, le habían dicho que su hermano ya estaba recuperado al 100 por ciento.

Su hermano lleva días en perfectas condiciones y nos pidió, tanto a mi como al doctor, que no dijéramos nada –respondió la enfermera–. Se ha estado reuniendo fuera de este vagón, todos los días muy temprano, con Girolamo; pero siempre está de regreso antes de que usted lo visite. No entiendo por qué ahora ya no regresó.

Claudio se molestó muchísimo con la enfermera y se preocupó por el circo. Girolamo había sido reclutado por Paolo como jefe de seguridad del circo y había sido abusivo con el personal, a quienes amedrentaba a cambio de dinero. En cuanto Giuseppe se enteró de esto, lo echó del Circo y nunca se lo dijo a Paolo, quien en esos momentos se encontraba muy delicado. Cuando Claudio, en una de sus visitas a su hermano, se lo contó, éste montó en cólera y con la poca fuerza que tenía trató de incorporarse para golpearlo, sin éxito. A partir de ahí, las visitas que diariamente le hacía Claudio a Paolo se volvieron frías y sin diálogo ya que Paolo se limitaba a voltearle la cara a su hermano y cerrar los ojos, echado en su cama de latón.

Claudio salió del vagón de Paolo en busca de Giuseppe. Tenía que avisarle que su hermano estaba completamente recuperado y que seguro tramaba algo porque, sino no habría razón para que se juntara con el ex jefe de seguridad del circo. A lo lejos, cerca de la entrada vio a una muchedumbre que, de forma curiosa, observaba algo. Claudio no podía ver qué era. El sudor frío le caía en su cara mientras corría. Cuando llegó al grupo, Claudio no pudo entender lo que estaba sucediendo; Girolamo, junto con otras personas, que por sus uniformes podría ser identificados como policías, tenían sujetado a Giuseppe de pies y manos, boca abajo.

Paolo observaba la escena tranquilo, y solo se repetía en voz alta, aunque realmente era más para sí mismo, ¡Se está haciendo justicia, se está haciendo justicia!

Claudio, que aunque era el hermano mayor, siempre fue dominado por Paolo, esta vez sí levantó la voz, se hizo paso entre la muchedumbre del personal que se encontraba ahí y fue directamente hacia Girolamo.

¡Suéltalo! –exclamó Claudio–.

¡No lo soltará! –intervino Paolo–. Tú estuviste a cargo del circo mientras yo estuve convaleciente y te lo agradezco, pero eso ya se acabó. Ya estoy bien y estoy de regreso. Giuseppe estará detenido porque Girolamo descubrió que robaba una parte de los ingresos del circo de la caja; Por eso, en cuanto tuvo la oportunidad, lo corrió del circo argumentando que amedrentaba y le sacaba dinero al personal.

Todos los empleados del circo escuchaban estupefactos las mentiras que decía Paolo y que le fueron alimentadas por el jefe de seguridad. Todos habían sido víctimas de Girolamo y, quienes conocían a Giuseppe, sabían que jamás se robaría nada. Giuseppe era de una sola pieza y nadie creía lo que Paolo decía. Sin embargo, nadie tuvo las agallas de defender al pobre de Giuseppe, tristemente, ni siquiera Claudio. La muchedumbre se fue dispersando y todos regresaron a sus obligaciones. Paolo en unos cuantos minutos había acabado con el sueño de toda una comunidad circense que con ilusión y empeño había trabajado en los últimos meses.

Esa tarde, mientras Claudio cepillaba a uno de sus caballos, Paolo entró al establo.

Siento mucho tener que actuar así –comenzó Paolo la conversación mientras observaba lo ordenado que se encontraba todo– tú sabes que yo siempre respeté a Giuseppe y si no lo corrí fue porque para ti era importante que siguiera en el circo y también para honrar a nuestros padres.

Claudio se limitó a levantar la mirada para verlo y continuó cepillando al caballo. Por dentro estaba muy triste y luchaba para, por fin, sacar al Claudio que pudiera enfrentar a su hermano. Mientras tanto, Paolo seguía con la conversación, que más bien parecía un monólogo.

Sé que pasado mañana llegarán cientos de personas de todos los rincones de Europa para reclutar talento. Creo que fue una decisión absolutamente atrabancada y que estoy seguro no mediste. Te dejaste llevar por lo que te sugirió Giuseppe. Sabes hermano, ese es tu problema, siempre te has dejado llevar por los demás y nunca has tenido el carácter de defender lo que tú quieres y sueñas. Por eso te dejas influenciar por un oportunista como Gius… –Paolo no pudo terminar la frase. De un puñetazo certero, Claudio le había callado la boca a su hermano menor que ahora gemía tumbado en el establo–.

¡Llevaremos a cabo el reclutamiento! –dijo con toda autoridad Claudio–. Este circo nos pertenece a los dos y no se tomarán decisiones que no sean colegiadas. Tú irás en este momento a liberar a Giuseppe. Asimismo, Girolamo se va del circo; a menos que quieras que el personal lo denuncie por todas las arbitrariedades que cometió.

Paolo respiraba profundo tumbado en el piso. Su frustración y enojo sólo era opacado por el desconcierto de ver a su hermano que, por primera vez, se defendía. Por unos segundos sintió hasta cierto orgullo por Claudio, pero cuando se incorporó ya estaba montado en furia y planeaba su ataque final. No con golpes. Paolo llevaba su odio y rencor a otros niveles. Ya en esos momentos estaba planeando su contraataque, pero a su hermano solo le respondió:

Qué bueno que sacaste tu enojo, era lo que quería provocar en ti.

Entonces, harás lo que te estoy pidiendo ¿verdad? –dijo Claudio muy molesto, empuñándole la mano una vez más, esta vez sin golpearlo.

Está bien, querido Claudio, haré lo que me pides –contestó Paolo con buena cara, retorciéndose de odio y rencor por dentro–.

Hasta la próxima semana en que concluye esta historia.

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