La magia del poder
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Cuando se habla del poder, cada persona tiene su definición, su conexión con esa palabra, así como su opinión positiva y negativa sobre el mismo. Hay quienes dicen que, si se es poderoso se tiene todo…

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Cuando se habla del poder, cada persona tiene su definición, su conexión con esa palabra, así como su opinión positiva y negativa sobre el mismo. Hay quienes dicen que, si se es poderoso se tiene todo; y algunos otros dicen que el poder hace que uno lo pierda todo. Hay quienes aseguran que, para construir cosas, hay que tener poder; y otros que dicen que es precisamente el poder lo que ha destruido cosas. El poder construye y destruye naciones, dirán otros. La realidad es que el poder, desde el enfoque que lo vea uno, es lo mejor que puede existir o lo peor que pueda existir, dependiendo de quién lo ejerza.

Todos los seres humanos, desde tiempos inmemorables, hemos tenido una relación con el poder y hemos ejercido el poder de alguna u otra manera. Ese poder que se define por la Real Academia Española (RAE) como “Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo”. La capacidad de hacer alguna cosa es sin duda la relación más íntima y cercana que el ser humano tiene con el poder. Hasta la persona más sometida y controlada que exista en el universo “puede”, en su pensamiento, mandar al diablo al que lo somete, “puede” pensar que está en un lugar maravilloso en su imaginación o “puede” planear la gran salida de esa situación de sometimiento. Pero también el ser humano, desde siempre, ha tenido relación con la otra definición que da la RAE: Poder es “Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo”. Aquí la cosa se pone más interesante porque, entonces, va aparejada una responsabilidad. Si alguien tiene esa clase de poder, invariablemente sus decisiones van a afectar a los demás. En qué medida y con qué resultado afecte, dependerá del grado de poder que se ejerza; si el resultado del poder ejercido es positivo, es entonces donde se genera la magia, ese “Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo” como le definiría la RAE.

Los grandes líderes, a quienes hemos venerado con el pasar de los siglos, han sido atractivos o “mágicos” por la forma en que han ejercido el poder y por la forma en que han trascendido por las decisiones que tomaron. Para mí, entre otros muchos líderes que seguro están por ahí, están los ejemplos de Cristo, Buda, la reina Isabel, Morelos, Gandhi, Churchill o Gorbachov. Todos ellos han trascendido afectando positivamente al ser humano en su espiritualidad, condición humana o libertad (cada quien en lo suyo, aclaro).

La magia del poder está en que sea utilizado para bien y para los buenos propósitos. Hemos visto cómo se ha usado el poder para tantas cosas malas, que ya muchas veces lo vemos como algo negativo. El filósofo y escritor Goethe se fue al extremo diciendo que “Todo aquel que aspira al poder ya ha vendido su alma al diablo”. Creo que el alemán es un poco exagerado, pero hay algo cierto en esa frase lapidaria. Claramente, muchos hombres y mujeres que han sido poderosos de forma positiva y han trascendido positivamente en los demás, no aspiraban al mismo. El poder les llegó como consecuencia de sus actos, palabras, conductas y determinación y así tuvieron seguidores y se volvieron poderosos. Jesucristo o Gandhi son claros ejemplo de esto.

Me encanta la frase atribuida al historiador inglés Thomas Macaulay que dice: “La prueba suprema de virtud consiste en poseer un poder ilimitado sin abusar de él”. Como decía al principio, tener poder es una responsabilidad y sin duda se es virtuoso si, teniendo poder, se ejerce de manera adecuada, constructiva, justa y generando valor para el mayor número de personas.

Hoy en todo el mundo tenemos poderosos, pero no en todos lados hay esa magia del poder, ese poder que trasciende, enriquece y fortalece. Creo que ahí está la diferencia entre un buen líder y un poderoso. Por principio, el buen líder tiene poder, pero lo ejerce para lo bueno; el mal líder, a quien sólo menciono como “el poderoso”, no usa el poder para lo bueno y desvirtúa esa magia que puede ser el poder, ese hechizo o encanto que tiene cuando es bien utilizado.

Se ejerce poder para lograr resultados. Desde niños lo entendemos de forma natural. El niño que llora y recibe su leche, ejerce poder sobre su madre para obtener de ella un resultado. Todas nuestras decisiones tienen una dosis de poder. El hecho de decidir es poderoso en sí mismo. Por eso veo con tristeza a las naciones o individuos que están en situaciones en las que su libertad de elección es limitada o prácticamente nula. En países como Corea del Norte o Venezuela, donde las libertades son cada vez menores y el individuo cada vez cuenta menos, el poder ejercido por unos cuantos ha acabado con todo. Ahí vemos el claro ejemplo de un poder que perdió su magia, que fue utilizado para controlar, para socavar dignidades y para denigrar al ser humano. En esos países se exterminó, espero de forma temporal, aquella máxima de uno de los más grandes escritores que nos ha dado la humanidad: Séneca. Él se refirió al poder de la siguiente manera: “El hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo”. En eso, creo yo, radica la magia del poder y se parte para trascender en los demás. Nunca dejemos entonces que nos quiten ser dueños de nosotros mismos, aunque nos lo pinten muy bonito y generoso.

Buena semana.

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AlbMed

En base a Goethe quien dijo que el que aspira al poder ha vendido su alma al diablo y con eso de que ¨puedo resistir todo menos la tentación¨(Wilde), y con el entendido que alcanzar la santidad es el máximo poder porque es aquél que ha vencido al diablo. Será que la mera aspiración al mismo, acerca a las personas a ese fuego que los acerca a la santidad? Será que el simple hecho de invitar al diablo a un duelo ya te hace grande?

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