El Ciruelo
José Elías Sahab

De todo y de nada

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Hace 6 años, junto con mis dos hijos mayores –que en esa época tenían 8 y 5 años–, sembré un ciruelo en el jardín de la casa.

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Lectura: ( Palabras)


CATEGORÍA: De todo y de nada | Opinión


#ElCiruelo

Hace 6 años, junto con mis dos hijos mayores –que en esa época tenían 8 y 5 años–, sembré un ciruelo en el jardín de la casa. Cuando lo sembramos, prácticamente era una varita o un mini tronquito. Ahí les expliqué que ese árbol, con los cuidados adecuados, crecería y daría frutos. Luego, me acuerdo que los llevé al súper y les enseñé las ciruelas que estaban dispuestas en el área de frutas y verduras, y les dije que ese árbol daría las mismas frutas. Los dos me voltearon a ver con cara de incredulidad, sobre todo el menor.

Como les comenté, ya transcurrieron 6 años, y apenas la semana pasada me comí una ciruela de ese árbol. ¡Tengo que presumir que es la mejor ciruela que me he comido en mi vida! Hoy, el árbol mide más de tres metros y en esta época del año luce exuberante, lleno de hojas verdes, frondoso y hermoso.

Pero pasaron muchas cosas para que ese árbol diera frutos y en ese proceso estuvimos a punto de tirarlo dos veces; los dos últimos años lo defendimos de ardillas que se habían comido las ciruelas, y superamos nuestro escepticismo al pensar que nomás no iba a dar nada y nos estorbaría en el jardín. Hubo años donde no sólo no dio frutos, ni siquiera tuvo hojas o éstas se le caían rápidamente. Era increíble ver cómo el ciclo de las estaciones acababa con el árbol en invierno (quedaban puras ramas) y cómo, con el paso de la primavera, crecía y florecía. Eso sí, no daba ni media ciruela.

Al cuarto año, por fin, un domingo de mayo mi hijo entró del jardín y me dijo:

―Papá, unas ciruelas verdes están colgando del árbol. ¡Son cuatro!

Claro que toda la familia salimos entusiasmados al jardín y vimos cómo, tímidamente, cuatro bolitas verdes colgaban del ciruelo. No sabíamos si el árbol iba a dar ciruelas verdes o moradas, que son los dos colores que yo conocía en ciruelas. La realidad es que, sin referirme particularmente al color, todavía estaban “verdes” y no debíamos cortarlas. Ahí les recordé cuando estuvimos a punto de tirarlo porque sólo estorbaba y no daba nada, y lo bueno que había sido esperar y tener paciencia. Así que dejamos el árbol y pasaron los días y las semanas. No crecieron nuevas ciruelas y las cuatro que estaban creciendo se volvieron moradas (lo que claramente indicó que el árbol daría ciruelas moradas).

Otro domingo salí con la intención de cortarlas y me topé con tres ardillas que, fascinadas, se comían las ciruelas ya maduras. Rescaté una ciruela mordida y le pude sacar una foto. Fue todo. El jardinero nos dijo que seguramente el próximo año nos daría más ciruelas pero que, si no hacíamos algo, las ardillas se las comerían. Planteamos (el jardinero y yo) diversas estrategias, desde envenenar a las ardillas –a lo cual mis hijos y mi mujer de forma unánime y rotunda se negaron, viéndome con horror como si fuera el “mata ardillas”–, hasta poner una especie de red que protegiera a los frutos en la primavera. Sobra decir que optamos por la red.

Así, llegó el siguiente año, con mucha red y más ciruelas (como 10, no crean que tantas). La infalible red fue vulnerada, una vez más, por las golosas ardillas, quienes se las comieron toditas. El coraje que hice fue de muy buenas dimensiones y, ahora que lo recuerdo, creo que mi familia me veía como si me estuviera chalando. Claramente, había tenido un objetivo inicial: sembrar un árbol con mis hijos que, con el tiempo, diera frutos y los pudiéramos comer juntos. Era una forma muy gráfica de explicar cómo funciona la vida en muchos sentidos, pero era importante lograr el objetivo.

El jardinero y yo, esta vez, nos pusimos más creativos y colocamos unas figuras de búhos, de esos que se consiguen en tiendas tipo “Triunfo de la Ciudad de México” y santo remedio. Las ardillas no se acercan al árbol y el búho sirve como una especie de “espanta ardillas”. Esta primavera por fin logramos que más de una treintena de ciruelas se cosecharan de ese árbol que plantamos y que, después de sus primeros dos años, parecía no tener futuro.

Ahora que mis hijos vieron (y vivieron) de forma tan gráfica que logramos el objetivo planteado desde el principio, que era ver crecer algo que habíamos sembrado nosotros, que nos dio frutos y que pudimos disfrutarlos, estaban felices. Entonces, ahora sí, viene la plática de reflexión (ahora tienen 14 y 11, respectivamente):

‒ La idea inicial fue sembrar el árbol; hasta ese punto, todavía no existía nada.

‒ Con algo de conocimiento (como sembrar el pequeño tronquito), pusimos la idea en acción, con un objetivo claro.

‒ Con determinación, paciencia, creatividad y, claramente pasando por momentos en donde estuvimos a punto de cortar el árbol, logramos nuestro objetivo (poder cosechar y comer ciruelas de nuestro árbol).

En cualquier tema en nuestras vidas, les dije, tenemos que pensar y actuar como lo hicimos con relación al ciruelo. Ninguna empresa nació grande, con deliciosos frutos y de varios metros de altura. Todas pasaron por momentos en que el tronco era pequeñito, donde al ir creciendo se le secaban las ramas y, seguramente, hubo ocasiones en que sus dueños pensaron en cerrarlas. También, siempre hay ardillas, que son los obstáculos a los que se tienen que enfrentar las empresas; pero pudo más el sueño, el objetivo claro, la determinación, la paciencia y la creatividad, para que éstas crecieran, maduraran y dejaran dividendos, dinero pues –le dije a mi hijo menor, porque no entendió el concepto de dividendo (los frutos)–. Eso sí, en cualquier empresa que se dispongan iniciar, el trabajo apasionado y constante les ayudará a ver sus sueños hechos realidad y sus árboles frondosos, con fuertes ramas y llenos de frutos. Eso es lo equivalente a los cuidados que le hemos procurado a nuestro ciruelo, regándolo, dándole buena tierra y buenos nutrientes.

Creo que entendieron mi mensaje –y estaré ahí para repetírselos hasta el cansancio–, pero… que el ciruelo que está en el jardín sea mi cómplice en esta enseñanza, ayuda también a que lo recuerden cada que lo vean; sobre todo cuando no quieran escuchar los consejos de su padre.

¡Buena semana!

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Alberto Armendáriz Ch.

Excelente forma de Educar para la Vida, José elías

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