“3 días en Mayo”: obra que deja lecciones
José Elías Sahab

De todo y de nada

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#DecisionesOportunas El sábado pasado fui al teatro con mi esposa y unos amigos a ver la obra “3 días en mayo”. Me encanta el teatro y, particularmente, la Ciudad de […]

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#DecisionesOportunas

El sábado pasado fui al teatro con mi esposa y unos amigos a ver la obra “3 días en mayo”. Me encanta el teatro y, particularmente, la Ciudad de México tiene una muy buena cartelera para disfrutar múltiples obras todo el año. La vorágine de esta ciudad, con su tráfico, sus manifestantes y su contaminación, se compensa bien con la maravillosa oferta de entretenimiento, gastronomía y museos que nos ofrece. Por ahí escuché que es la Ciudad que tiene más museos en el mundo.

 

En esta ocasión fuimos al Centro Cultural Helénico a ver una puesta en escena que relata de una forma clara, amena y bien actuada, lo sucedido durante tres días en mayo de 1940 en las oficinas del recién nombrado Primer Ministro Winston Churchill. En estas reuniones, lo acompañaban el Ministro de Asuntos Exteriores, Lord Halifax, el ex primer ministro Neville Chamberlain y 2 fieles miembros del partido laborista. Uno de ellos, su sucesor como Primer Ministro en julio de 1945, Clement Atlee.

 

La obra aborda la posibilidad que tuvo Gran Bretaña de pactar con los Nazis, lo que probablemente hubiera cambiado el curso de la historia tal y como la conocemos. Al final, Churchill nunca pactó con Hitler y durante un año combatió a los alemanes; recordemos que el resto de Europa ya se había rendido. Luego los Nazis le declaran la guerra a los rusos y bueno, todos sabemos el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Esto último no es el tema de mi artículo de hoy y estoy seguro que los historiadores narrarían mejor los hechos que mi persona. El tema que quiero resaltar, y que me hizo reflexionar, es la importancia de tomar decisiones a tiempo. Cuántas veces no tomamos decisiones porque les estamos dando vueltas y vueltas y, cuando por fin lo hacemos, ya es muy tarde, no sirven de nada o no tienen ningún significado. Seguro alguno de ustedes ha conocido a alguna pareja que, por no divorciarse a tiempo, hicieron pedazos sus familias y les hicieron más daño por mantenerse juntos; o aquella persona que siempre fue infeliz en un trabajo y no tomó la decisión de renunciar a él y que, cuando por fin lo hizo, era ya una persona amargada y triste.

 

Tomar decisiones es una actividad que se nos pone en la mesa todos los días de nuestra vida. Al final… es una elección. Desde cosas sin importancia, como decidir si ponerme una corbata azul o amarilla, hasta decisiones trascendentales para nosotros y para los demás. Incluso, como en el caso de la decisión de Churchill, trascendental para un continente (y el mundo) entero. Churchill tuvo las agallas de tomar una decisión valiente: no pactar con los Nazis, incluso en contra de los argumentos que con mucha sensatez presentó su Ministro de Asuntos Exteriores (no se las voy a platicar porque vale mucho la pena ver la obra). Así, hay veces en la vida que incluso a pesar de que todos opinen lo contrario, hay que tomar ciertas decisiones siguiendo a nuestro intelecto, corazón, instinto y pasión. En esa valentía de ser responsables de nuestras decisiones, está nuestra grandeza; pero de nada nos sirve si no las tomamos a tiempo. Probablemente Hitler habría pasado por encima de Gran Bretaña si la decisión de Churchill se hubiera postergado. Porque a la decisión le siguió la acción, fortalecida con el apoyo de su pueblo y otros países para enfrentar al enemigo y, a la postre, ganar la guerra.

 

Que nuestras decisiones sean reflexionadas el tiempo suficiente (no más, todos en nuestros corazones sabemos el tiempo adecuado) para después tomar acción y transformar nuestras vidas en algo mejor.

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