Realeza
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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En un mundo transformado por la globalización que nos sigue asombrando, subsisten muchos gobiernos monárquicos con distintos niveles de importancia en el ejercicio del poder.

Foto: El Debate de Hoy.
Foto: El Debate de Hoy.

Lectura: ( Palabras)

La Revolución francesa cimbró a los gobiernos monárquicos de Europa porque fue la muestra de que el proceso de construcción capitalista era más fuerte que los linajes reales. Y el reclamo de un pueblo que demandaba mejores condiciones de vida resultó más aplastante que la creencia del mandato divino que daba poder a los reyes sobre sus súbditos.

El hecho simple era que los Estados nacionales resultaban más acordes con las tendencias económicas del progreso capitalista y pronto cundió el ejemplo.

A pesar de lo que afirman muchos libros de historia, no fue ése el fin del absolutismo, ni en sentido literal ni en el figurado, porque pasado algún tiempo la humanidad pudo comprobar que los gobiernos representativos no eran la garantía absoluta de la “Liberté, egalité, fraternité” que fue el grito de guerra de la Revolución francesa y hoy su lema.

La libertad guiando al pueblo, Eugène Delacroix
“La libertad guiando al pueblo”, Eugène Delacroix, 1830.

La modernidad no pudo desterrar ciertas tradiciones como el culto a los linajes y la reverencia a la sangre azul, tanto así que hoy en día, en un mundo transformado por la globalización que nos sigue asombrando, subsisten muchos gobiernos monárquicos con distintos niveles de importancia en el ejercicio del poder.

Hay poco más de una treintena de sistemas monárquicos en el mundo. Los absolutos se ubican en Asia y África, mientras que en Europa se trata de monarquías constitucionales o parlamentarias donde el poder de la realeza está disminuido o resulta irrelevante en las decisiones políticas medulares.

Además de alimentar profusamente a las revistas del corazón, de sociales y de la moda que se encargan de deslumbrar a sus lectores con las exquisiteces, frivolidades y derroche de la nobleza, esta clase que todavía forma parte importante de la clase política está siendo severamente cuestionada porque una vez superado el modelo hacendario del viejo régimen, y ante la crisis económica que asedia al mundo en general y a los países europeos en particular, se debate sobre la pertinencia de echar carretadas de dinero a familias que no tienen funciones efectivas de poder.

Naruhito y Masako
Los emperadores Naruhito y Masako seguidos de los príncipes Akishino y Kiko (Foto: Vanity Fair).
Mohammed VI, rey de Marruecos
Mohammed VI, rey de Marruecos (Foto: Atalayar).

El caso de España fue detonador en este sentido. Con un monarca que gozó de respeto y reconocimiento por su importancia en la transición democrática pero con un estilo de vida que dejó ver debilidades imperdonables a los ojos de sus gobernados y con escándalos de corrupción, el Estado se vio en la necesidad de un proceso de transparencia que comenzó por hacer público cuánto cuesta a los españoles sostener a la familia real, en un afán de recuperar un poco del respaldo popular para una monarquía en cuyo seno algunos integrantes se vieron envueltos en sonados escándalos financieros.

Los cuestionamientos a las familias reales no son, por supuesto, sólo económicos. En Bélgica la postura crítica hacia la realeza ha crecido a la par del fortalecimiento del nacionalismo independentista que considera la reestructuración nacional con base en la autonomía de las comunidades como una cuenta pendiente.

Otros señalamientos provienen de que la realeza ya no es tan “real”, pues a diferencia de lo que ocurría antes de la era capitalista, los matrimonios ya no se acuerdan para afianzar alianzas políticas o militares entre las casas reales.

Reyes de España, Juan Carlos y Sofía
Reyes de España, Juan Carlos y Sofía (Foto: Protocolo).

Hoy en día es alarmante que miembros de la nobleza hayan llegado a los altares por amor, o hayan elegido plebeyas o plebeyos para formar matrimonios.

Ésta es la mayor prueba de la decadencia de un mundo en donde las proclamas de igualdad entre los seres humanos están muy bien y son políticamente correctas… hasta que se llega al territorio de los linajes.

Todavía se recuerdan las críticas por el supuesto gesto de lesa majestad de un presidente mexicano que tomó del brazo a Su Alteza Serenísima heredera del Trono de San Jorge. Y las mismas personas decentes se horrorizaron cuando la primera dama de Estados Unidos abrazó el mismo real talle.

Ha tenido que transcurrir siglo y medio desde que los sistemas monárquicos comenzaron a ser derribados para que se ponga a debate la pertinencia de esta forma de gobierno.

la reina Isabel y el príncipe Carlos
La reina Isabel y el príncipe Carlos (Foto: Gala).

Al igual que entonces se ha cuestionado el punto más débil: el dinero. Las monarquías menos asediadas son las que tienen, por ejemplo, un papel activo para promover el comercio de sus países, pero no ocurre en todos los casos.

El ciudadano medio de los reinos comienza a incomodarse con una clase que no sabe bien a bien qué beneficios reporta en un contexto de crisis.

Se sabe que la realeza británica cuesta al erario más de 76 millones de libras, más de dos mil millones de pesos, mientras que la familia real española, más modesta cual corresponde a un pueblo católico y recatado, recibirá cerca de ocho millones de euros, unos 200 millones de pesos.

Habría que decir que muchos Estados llamados democráticos tienen diferencias superiores y escandalosas entre las percepciones de sus gobernantes y el ingreso medio de sus ciudadanos, aunque, al menos en el plano formal, ese debate puede dirimirse en las urnas.

O sea, que ni la sangre real se ha librado de los embates de la modernización, así sea moderada.

Qué tiempos aquellos los de la disputa entre Eduardo III y Felipe de Valois por unos territorios franceses. Han pasado más de 700 años, pero todavía hoy las casas reales suspiran por la validez del lance.

Eduardo III y Felipe de Valois
El tributo del rey Eduardo III de Inglaterra (1312-1377) a Felipe VI de Valois (1294-1350), rey de Francia, en 1330. Miniatura de “Les grandes chronicles de france” de Jean Fouquet (1420-1481).

Como Felipe insistiera en que los territorios eran suyos, Eduardo le exigió someterse a la verificación suprema de su autenticidad como soberano galo: encerrarse en una jaula con leones hambrientos.

Esto hoy nos parece una gansada, pero en aquella era de los reyes taumaturgos, era un artículo de fe que ningún león devoraría, ni rasguñaría siquiera, a un auténtico monarca.

Parece que Felipe, con toda la majestad que por designio divino cargaba a cuestas, no aceptó someterse a tan pedestre verificación.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

( Palabras)

Carece de fundamento el rumor de que, por instrucciones de Palacio, el canciller Marcelo Ebrard exigirá disculpas al Kremlin por la descortesía asestada a los herederos del trono de Moctezuma.

A Federico Acosta y a María Fernanda Olivera, decimocuarta generación de la realeza azteca, nunca se les impidió el ingreso a la ceremonia en la catedral de San Isaac por la sencilla razón de que no fueron requeridos.

Las dinastías del orbe no reconocen más descendencia imperial mexicana que la de Maximiliano, aunque en el gran cenáculo de Bruselas se debate la legitimidad del linaje de Iturbide.

Así que nadie en su sano juicio esperaba a los herederos de Quetzalcóatl en la ceremonia en la que el legítimo aspirante al trono de los zares, el mofletudo gran duque de Rusia Jorge Mikhailovich Romanov y la otoñal Rebecca Bettarini, formalizaron su noviazgo en la señorial catedral de San Petersburgo el pasado primero de octubre.

Mil invitados de 20 casas reales ‒salvo la mexicana, como ha quedado aclarado‒, atestiguaron la primera boda Romanov en más de un siglo desde el asesinato del zar y la zarina a manos de los bolcheviques y el fin de la monarquía imperial. La última pareja en casarse fue el príncipe Andrei Alexandrovich de Rusia y Elisabetta di Sasso-Ruffo en junio de 1918.

El príncipe Andrei Alexandrovich de Rusia y Elisabetta di Sasso-Ruffo
El príncipe Andrei Alexandrovich de Rusia y Elisabetta di Sasso-Ruffo, 1937 (Foto: Swain/Bibelots London).
El príncipe Andrei Alexandrovich de Rusia y Elisabetta di Sasso-Ruffo.

En el aristocrático sarao deslumbraron la princesa Leia de Bélgica, la reina Sofía de España, el príncipe Rodolfo y la princesa Tilsim de Liechtenstein, así como Luis Alfonso de Borbón y la guapa Margarita Vargas, además del gentil Simeon II, último zar de Bulgaria, de cuyo brazo, como siempre, iba doña Margarita.

También fueron testigos de la felicidad de los contrayentes Eduardo Pío de Braganza, aspirante al trono de Portugal, su mujer Isabel Heredia y su hijo, Alfonso, los duques de Anjou y Manuel Filiberto de Saboya. Por supuesto el príncipe Leka de Albania no podía faltar.

¡Sólo gente decente! Cristianos viejos, como corresponde a la descendencia de monarcas colocados en el trono por la voluntad divina.

Pero me distraigo de la crónica. La novia lució una tiara del diseñador francés Chaumet, engastada con dos enormes diamantes centrales y 438 más modestos. Los anillos de boda fueron de la casa Fabergé, of course.

Algo que en México inquietó al ala radical del PRD y a la disidencia anti-Pionyang del PT, fue que el Águila Bicéfala Imperial haya lucido en el bordado del velo de siete metros de la novia gentilmente transportado por una parvada de jóvenes de las mejores familias.

dinastía Romanov, boda real Rusia, octubre 2021
Foto: El Tiempo.
la primera boda real romanov 2021
Foto: Quien.

Cómo es imposible que tal muestra de lesa majestad haya pasado desapercibida en la metrópoli que hasta 1991 fuera Leningrado, los mexicanos seguidores del héroe de la Estación de Finlandia especularon que, en la mejor tradición de la KGB, el Kremlin habría alentado la sorprendente exhibición monárquica para distraer al mundo de las broncas que tienen las vacunas rusas, cuya calidad es semejante a la de los Sukhoi Superjet 100 que llevaron a la quiebra a Interjet.

Aunque el jefe de prensa de Putin, Dmitri Peskov, salió a aclarar que el presidente de la Federación nunca tuvo intención de felicitar a los recién casados. “Este evento nada tiene que ver con nuestro interés”, asentó.

Cierto que los Romanov carecen de status legal desde que la dinastía fue derrocada en 1917, pero la boda, dicen los observadores, es un claro intento para reinsertarse en la vida pública rusa y dar el toque de gloria imperial del que carece la madre Rusia desde la caída del comunismo hace 30 años.

“Es un evento de gran significado histórico para una de las más importantes dinastías del mundo”, dijo el historiador Russell Martin, autor de un libro sobre los matrimonios Romanov. Como asesor de la familia, Martin estuvo al pendiente de que la ceremonia se mantuviera dentro de las más estrictas tradiciones reales.

Peskov y Putin
Dmitri Peskov es vocero de Putin desde el año 2000 (Foto: Kommersant/Shutterstock).

Pero de nuevo me aparto de la crónica. Rebecca, bendita sea, se convirtió a la fe ortodoxa con el nombre de Victoria Romanova. Pero no siendo de sangre real, su suegra, la gran duquesa María Vladimirovna, tomó la sabia decisión de limitarle el acceso a los títulos reales, pues aunque los nobles de hoy mal que bien han aceptado ciertas prácticas de la democracia, para todo hay límites.

Aún así, los ángeles cantaron en la punta de un alfiler en alabanza del amor al fin bendecido de los contrayentes y el fin del rubor de la buena sociedad que durante años sufrió en su seno una relación, digamos, pecaminosa.

Será culpa del cambio climático, de la crisis de los migrantes, de la zozobra en los mercados financieros, del maldito virus que salió más tenaz que un testigo de Jehová, o de la infausta noticia de que Donald Trump fue echado de la lista de los más ricos de Forbes, no lo sé, pero noticias de eventos como el que tuvo lugar bajo la cúpula dorada de San Isaac ya no son bien recibidas.

Jorge Mikhailovich Romanov y Rebecca Bettarini
El duque de Rusia Jorge Mikhailovich Romanov y Rebecca Bettarini (Foto: Yahoo).

No entiendo por qué la vida y costumbres de las clases dominantes generan tanta incordia entre las masas. Anteriormente el pueblo abarrotaba las grandes avenidas y se disputaba los balcones para mejor ver las procesiones reales. Hoy campea la envidia y la mezquindad. Un querido amigo, antiguo militante del PC que habitó una celda en Lecumberri, tuvo un ataque emético al ver la fotografía de los cadetes rusos que con sus espadines trazaron una bóveda sobre los novios a la salida de la catedral. “Ojalá sean los bisnietos de los que ametrallaron a Nicolás II”, exclamó con desprecio.

Así, apenas circulan las crónicas ya brota la inquina. En reacción al desaire asestado a los herederos del trono de Moctezuma, tengo noticias que desde la Profesa algunos se organizan para solicitar a Marx Arriaga incluir en los libros de texto gratuitos una reseña de cómo nuestros ancestros estudiaban el movimiento de las estrellas y desarrollaban altas matemáticas cuando los antepasados de los Romanov cazaban bisontes en las estepas de siberia.

Esto me parece francamente desproporcionado.

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