Hace un rato ya y durante un tiempo largo, ¿décadas?, estuve en la creencia de que los orígenes de la banca se establecían en ciudades europeas como Amberes, en Bélgica, o Ámsterdam, en Holanda, por ahí de finales del medioevo. Recuerdo perfectamente cuando una amiga versada en arquitectura e historia me contó, en una de mis primeras visitas a los Países Bajos, que algunos pudientes representantes de la comunidad judía se sentaban en una banca en algún sitio público, que bien podía ser un parque, a realizar transacciones financieras. Estas transacciones que generalmente eran préstamos cuyo pago se establecía a una “x” tasa de interés en un plazo determinado, establecían una relación entre el banquero y el solicitante del crédito que debía pagar en tiempo y forma para seguir siendo sujeto de confianza, es decir, sujeto de crédito ¿te suena familiar? Seguramente los hombres que iban a pedir estos recursos pecuniarios le decían a su mujer o a sus empleados o colegas: “Ahora vengo, voy a la banca” y así se definió el nombre que hasta la fecha identifica a esta industria de productos y servicios financieros. Bueno, eso es lo que yo creía que era el origen de la banca, y aunque no es del todo falso, tampoco es completamente cierto. Quizá esta banca medieval y de principios del Renacimiento sí es precursora directa de la banca moderna. Sin embargo, el concepto de la banca como sistema de relación financiera y crediticia tiene mucha más cola, (¿que le pisen?) y se va a épocas tan antiguas como la Mesopotamia donde comienza el primer banco de comerciantes. En estos bancos de comerciantes, aproximadamente en el 2000 a.C., el valor de intercambio eran los granos y se hacían préstamos de estas semillas a agricultores y negociantes que llevaban bienes en la región de Fenicia, Asiria y Babilonia.

Posteriormente, en la Grecia Antigua y durante el Imperio Romano, el concepto incluyó nuevos productos y servicios. Estos consistieron en aceptar depósitos y cambiar dinero. Estos dos servicios se incorporaron para resolver dos necesidades de la comunidad. Estas acciones que hoy son cosa de todos los días, representaban verdaderas innovaciones para la época. El primer servicio nuevo, aceptar depósitos, se genera a partir de que se detectó la necesidad de brindar seguridad a los viajeros al disminuir el riesgo cuando llevaban dinero de una localidad a otra. El cliente podía entregar dinero en una ciudad y recogerlo con un banquero filial en otra ciudad de Europa. De esta manera el cliente no se arriesgaba a que el dinero le fuera sustraído o a un asalto con lujo de violencia en el trayecto de una localidad a otra. El otro servicio fue el cambio de moneda. La moneda oficial, el dinero corriente en cada país o región era distinto, tenía diferentes denominaciones y valores, por lo que el deseo de negociar, comerciar, incluso, la necesidad de sobrevivir (comer, beber, hospedarse) obligaba a tener moneda local. Estas formas de servicios financieros fueron una creación humana que se presenta naturalmente a partir del desarrollo de las civilizaciones y hasta en la antigua China o en la India se cuenta con evidencia arqueológica de los préstamos monetarios.
Hasta aquí estamos hablando de una serie de servicios básicos de banca que dan origen a la banca moderna que ahora sí nos pone en las postrimerías de la Edad Media y al inicio del Renacimiento. En Florencia, Venecia y Génova, se establecen los primeros bancos de “marca”, el apellido de las familias Bardi, Peruzzi y Medici se asocia a estos inicios de la banca del s. XIV. Fueron bancos famosos, con sucursales en distintos lugares de Europa. Así se expandió la banca en el s. XVI, hasta el norte de Europa, durante la República de los Países Bajos y en el s. XVII hasta Londres. La banca no tuvo una importante evolución durante los siglos XVIII y XIX. Es hasta el desarrollo de las telecomunicaciones y la informática en el s. XX que los bancos y las operaciones bancarias pudieron tener un crecimiento dramático. Se crearon grandes firmas internacionales, los bancos estatales o de origen nacional se reforzaron y fue necesario establecer una banca central en cada nación para que la transparencia, la “mesura” y la honestidad contaran con un marco normativo de regulación bancaria que limitara el poder del banquero para que no se abusara de los clientes poniendo leoninas tasas de interés.

En la evolución de la banca el camino de finales del s. XX y lo que va del s. XXI ha desembocado en una súper rápida tecnologización. De la banca electrónica a la que se podía acceder por internet desde finales del XX, dándonos la posibilidad de tener acceso al banco desde casa o desde la oficina, hemos llegado al punto en el que el banco va con nosotros. Pasar a una sucursal o expedir un cheque se va volviendo cada vez más anticuado. Incluso, en muchas ocasiones nos encontramos con que ni siquiera tenemos efectivo encima. No hay una moneda para el viene, viene o un billete para el pago del estacionamiento en un centro comercial. Ya no vamos a cajeros automáticos. Las wallets o carteras electrónicas permiten utilizar dinero electrónico (existente, aunque intangible), la banca virtual va con nosotros y podemos hacer desde consultas de saldo hasta inversiones en divisas o en bolsa desde un smarthphone.
La ganancia para el usuario de productos y servicios bancarios es la conveniencia del acceso global 24 por 7 desde cualquier lugar y, en teoría, con absoluta transparencia y una mayor seguridad. Estas nuevas condiciones de la banca implican nuevos riesgos y preocupaciones por los hackers, los virus y la conexión cifrada llena de contraseñas en las que dirimir la responsabilidad del banco o del usuario ante un posible robo de identidad digital y de uso de los recursos financieros del contratante es una angustia permanente para muchos que se resisten al cambio digital.

Finalmente, es posible que con el paso del tiempo y la evolución de la banca terminemos haciendo pagos y transferencias con sólo pensarlos. Lo que no cambiará es el hecho de que los bancos son negocios en los que te cobran por prestarte, te cobran por guardar tus recursos y te cobran por administrarte. Te dan rendimientos, sí. Jamás en la proporción de la ganancia que generan, sin embargo, esto no es inmoral. Lo único que debe cuidarse es que el negocio del dinero no sea la usura y que tenga un fin que apoye el desarrollo económico y financiero de la sociedad en su conjunto.
Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.